XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

12 de octubre de 2026

matteo

Fe y Estado

Lecturas: Is 45,1.4-6; 1 Ts 1,1-5; Mt 22,15-21

Las Lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre el espinoso problema, para el creyente, de las relaciones entre la Fe y el Estado. En la primera Lectura (Is 45,1.4-6) el rey persa Ciro (557-529 a. C.), aun siendo un pagano (Is 45,4-5), es elegido por Dios para liberar al pueblo elegido de la esclavitud de Babilonia, y a él se le atribuyen títulos reservados a los jefes de Israel y al Mesías futuro: Pastor (Is 44,8) e incluso “Ungido”, “Mesías” (Is 45,1).

El libro de los Proverbios exhorta: “Teme al Señor, hijo mío, y al rey; no te rebeles ni contra el uno ni contra el otro” (Pr 24,21): según la enseñanza rabínica, la sumisión al soberano era debida también cuando se trataba de una autoridad extranjera. Pablo, como buen Rabí, es quien más sostiene, en el Nuevo Testamento, esta afirmación que a nosotros nos plantea en cambio muchos interrogantes: todo poder político está establecido y ordenado por Dios, para el bien de los hombres (Rm 11,4). Las autoridades son “leitourgoì theou” (Rm 11,6), liturgos, empleados de Dios, a quienes obedecer, honrar, y por quienes rezar (1 Tm 2,2; cfr. 1 P 2,17). Pero por otra parte Pablo sabe que está al servicio de un Crucificado, es decir, de un condenado a muerte por parte del Estado (Hch 3,13; 13,28), como lo fueron también los mártires de la fe (Rm 8,36); en un durísimo pasaje, reprocha a los cristianos que se hagan “juzgar por los injustos (ndr: los paganos) en vez de por los santos…, gente sin autoridad en la Iglesia” (1 Cor 6,4-7); Pablo sabe también por la tradición judía (piénsese en la historia de los Macabeos: 1 Mac 2,19-22; 7,30…) que en ciertos casos se debe rechazar la obediencia al Estado; él mismo afirma que la autoridad “está al servicio de Dios para tu bien” (Rm 13,4), y que por tanto si no está obrando para el beneficio común puede ser contestada; finalmente el Apóstol, ligando la sumisión a la autoridad política a “razones de conciencia” (Rm 13,5; cfr. 2,15), admite por tanto una “objeción de conciencia”…

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El cristiano no está fuera del mundo sino que está en el mundo (Jn 17,15), y por tanto, nos dice el Evangelio de hoy (Mt 22,15-21) debe “dar al César lo que es del César” (Mt 22,21). El discípulo de Jesús no se desentiende de la realidad de la “polis”, sino que como sal (Mt 5,13) y levadura (Mt 13,33), la debe transformar desde dentro: “La Iglesia… camina junto con toda la humanidad y experimenta junto con el mundo la misma suerte terrena, y es como el fermento y casi el alma de la sociedad humana… La Iglesia cree poder contribuir ampliamente a hacer más humana la familia de los hombres y su historia” (Gaudium et spes, n. 40).

La posición del creyente es por tanto esencialmente de respeto y de colaboración con la autoridad del Estado. Pero el cristiano sabe también que hay un solo Señor, Jesucristo (1 Cor 8,6; 12,4), ante el cual debe “doblarse toda rodilla en los cielos, en la tierra y bajo tierra” (Flp 2,10): ya “en pie en medio del trono” está “el Cordero inmolado” (Ap 5,6), “Señor de señores y Rey de reyes” (Ap 17,14); a él se le ha dado “todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Por tanto es necesario “dar a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), y por ende “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

Por eso el creyente no duda en anunciar el juicio contra la autoridad política inicua y su caída, como hace el Apocalipsis respecto a la Roma de Nerón y de Domiciano (Ap 17,1-19,10): “El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política (Mt 22,21; Hch 5,29)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2242; cfr. Gaudium et Spes, n. 74).

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