Sequela Crucis
Lecturas: Jr 20,7-9; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27
Todas las Lecturas de hoy (Jr 20,7-9; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27) nos subrayan que la cruz no es otra cosa que el don de amor completo, el vaciarse por los demás, según el ejemplo de Jesús. En la Eucaristía, también nosotros, transformados en Cristo, debemos convertirnos como él en oblación total de amor. Así el papa Benedicto XVI commentaba la segunda Lectura (Rm 12,1-2): “En griego culto espiritual se dice «logikè latreia», culto «lógico» («razonable»)… En la mística griega… el Logos divino reza en el hombre mismo y así asume al hombre en su pertenencia a Dios… Cristo nos asuma a nosotros mismos en su ofrenda, nos «haga logos»… Su presencia nos lleve consigo, de modo que nos convirtamos con él en «un solo cuerpo y un solo espíritu»… Oremos para convertirnos nosotros mismos en Eucaristía con Cristo y así ser gratos a Dios… Por esto somos invitados a ofrecer nuestros cuerpos como culto según el Logos, es decir, a ser atraídos en toda nuestra existencia corpórea a la comunión con Cristo, a la comunión de amor con Dios. Esto significa nuestra «metamorfosis», nuestra transformación del esquema de este mundo, del compartir lo que se piensa, dice y hace, a la inserción en la voluntad de Dios”. Debemos, es decir, oponernos a la lógica mundana (“¡No os conforméis a la mentalidad de este siglo!”: Rm 12,2), que es lógica de egoísmo, de opresión, de poder, y vivir en la dimensión eucarística del don y del servicio. Ante la cultura imperante hace falta por tanto un radical no conformismo, hay que ser centros de “resistencia”, tendiendo solo al “tèleion” del que habla el apóstol (“lo que es perfecto”: Rm 12,2), que es solo el amor (Col 3,14).
El Evangelio (Mt 16,21-27) nos recuerda que no existe “sequela Christi” que no sea también “sequela Crucis”. La cruz es una llamada para todos: es cruz aceptar el tiempo de la enfermedad, de la incomprensión, de la persecución, de la muerte; es cruz ser marginados por ser creyentes, no hacer carrera por rechazar los compromisos; es cruz ser objeto de burlas por rechazar las relaciones prematrimoniales; es cruz la renuncia a abortar de una madre soltera, aceptar a un hijo fruto de violencia, rechazar para sí cuidados incluso importantes que podrían perjudicar al hijo en gestación; es cruz, si se es abandonado, no volver a casarse, permaneciendo “eunucos por el Reino de los cielos” (Mt 19,12), o perdonar al cónyuge adúltero; es cruz la fidelidad a veces a un alto precio del casado o del célibe consagrado; es cruz para el divorciado vuelto a casar la obediencia a la abstención eucarística; es cruz para el creyente homosexual la llamada a la castidad; es cruz compartir los propios bienes con los pobres; es cruz estar en todo caso del lado de los pequeños, de los que sufren, de los oprimidos…
Escribía el hermano Christian, el prior de los siete monjes asesinados hace unos años en Argelia: “A Cristo se le pidió elegir entre dos estabilidades: el trono o la cruz. Cristo eligió la cruz: hizo de ella su trono, el estrado de su reino. Desafortunadamente, a menudo a lo largo de la historia la Iglesia ha preferido el trono. Sobre todo después del edicto de Constantino”. Proclamaba monseñor Pierre Claverie, obispo de Orán, en una homilía unos cuarenta días antes de ser asesinado: “Me han preguntado a menudo: «¿Qué hacéis allí? ¿Por qué os quedáis?». Estamos allí a causa de este Mesías crucificado… La Iglesia se engaña a sí misma y al mundo cuando se pone como potencia en medio de las otras, como una organización, aunque sea humanitaria, o como un movimiento evangélico espectacular. Puede brillar, pero no arder del amor de Dios, «fuerte como la muerte» (Ct 8,6). Se trata en efecto precisamente de amor, ante todo de amor y solo de amor. Una pasión de la que Jesús nos ha dado el gusto y trazado el camino: «No hay amor más grande que dar la vida por los propios amigos» (Jn 15,13)”.

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