Una obra de misericordia a la semana con… Carlo Miglietta | 5. PERDONAR LAS OFENSAS

15 de August de 2025

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El perdón, don supremo de amor: la Obra de misericordia con Carlo Miglietta

El perdón, el máximo de los dones

El verbo hebreo slh, el término más común para designar el perdón, significa borrar el recuerdo del mal recibido. Otras veces se emplea nasa’, que denota alzar para remover, pero también quitar, eliminar. La palabra “perdonar” en griego es afiêmi, que significa: “despedir, dejar ir, permitir, conceder, no impedir, partir”. Palabra semejante traducida por “perdón” es apoluô, que quiere decir: “liberar, despedir, dejar libre, soltar”. El perdón es, por lo tanto, aniquilación del mal cometido, liberación de una carga que nos oprime, liberación completa de la negatividad de nuestra vida.

En lengua italiana, el vocablo “perdonare” está compuesto por el prefijo “per-”, que denota plenitud y abundancia, y el verbo “donare” (donar): por tanto, significa “donar completamente / del todo, donar en grado sumo / con abundancia”. Dicho de otra manera, “perdonar” es el verbo “donar” en superlativo.

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Puesto que Dios es Amor, es don gratuito, la expresión culminante de Dios es el perdón: “Cual es su grandeza, tal es su misericordia” (Sir 2,18).

Toda la patrística ha afirmado que la grandeza divina resplandece más en la misericordia que en la misma creación. Tomás de Aquino señala: “Es propio de Dios usar de misericordia: y en esto se manifiesta de modo especial su omnipotencia”.

El perdón de los pecados es certeza de Fe para el creyente: en el Símbolo apostólico proclamamos: “Creo en el perdón de los pecados”.

Toda la Sagrada Escritura constituye un cántico al perdón de Dios.

Dios olvida los pecados

Dios no se limita a perdonar siempre: olvida totalmente nuestros pecados. Nada que ver con la habitual imagen de un Dios que nos aguarda al final de los días con una balanza para calibrar el bien y el mal, o con un cuaderno donde estarían registradas minuciosamente todas nuestras acciones.

“Decían los rabinos que Dios posee una facultad que los humanos no tenemos: la de olvidar los pecados que cometemos; olvidarlos porque han sido borrados y, en consecuencia, considerados como no cometidos. Nosotros podemos perdonar, mas no olvidar; Dios, en cambio, cuando perdona los pecados, los olvida” (E. Bianchi).

Maravilloso: según la Escritura, nuestros pecados son “arrojados a lo hondo del mar” (Miq 7,19), quedarán “blancos como la nieve y como la lana” (Is 1,18), resultarán “disipados como niebla y como nube” (Is 44,22), ¡porque Dios olvida de verdad todas nuestras faltas!

Llama la atención cómo Dios en la Escritura no pretende que el hombre le pida perdón formal: reclama la conversión, es decir, que retorne a la senda de su realización y dicha, pero no una disculpa para con Él: basta contemplar la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Su amor es tal que ni siquiera se considera ofendido por nuestros pecados, sino que otorga a todos sin condiciones la inmensidad de su misericordia. El único perdón que nos pide solicitar es el debido a los hermanos, para reconciliarnos con ellos. Su dolor radica en nuestra bienaventuranza perdida, no en el ultraje recibido. ¡A tal altura llega la grandeza de su Amor!

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos

¿Por qué entonces, en la oración que Jesús nos enseñó, decimos: “Perdona nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6,10)? ¿Por qué el perdón de Dios aparece condicionado a nuestro mutuo perdón? A menudo nos parecería más honrado suplicar: “¡Perdona nuestras deudas muchísimo más de lo que nosotros perdonamos a nuestros deudores!”.

El Antiguo Testamento ya advertía con firmeza: “Perdona la ofensa a tu prójimo y entonces, cuando pidas, te serán perdonados los pecados. Si un hombre guarda rencor a otro hombre, ¿cómo se atreverá a pedir la salud al Señor? No tiene piedad de un hombre semejante a él, ¿y se atreve a rezar por sus propios pecados? Él, que no es más que carne, guarda rencor; ¿quién expiará sus faltas?” (Sir 28,2-5). Y la tradición judía sostiene que en el Día de la Expiación (Yom Kipur) se perdonan únicamente los pecados cometidos contra Dios, mientras que para las faltas contra los demás “el Yom Kipur concede el perdón solo si antes uno se ha reconciliado con su hermano”.

No nos hallamos ante la lógica mercantil del do ut des, característica de diversas religiones: estamos en el corazón del cristianismo. Rogar una gracia a Dios exige asumirla al instante y comenzar a vivirla: solo podemos impetrar la reconciliación divina si nos convertimos en reconciliación viva para los hermanos.

El auténtico amor a Dios se refleja en el amor al prójimo: “Este es el mandamiento que recibimos de él: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4,21); “Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5,23-24).

Jesús ratifica reiteradamente esta enseñanza: “Perdonad y seréis perdonados… porque con la medida con que midiereis se os medirá en correspondencia” (Lc 7,36-38); “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14-15).

No olvidemos que el perdón de Dios siempre antecede a nuestra reconciliación fraterna. Lo esclarece el Padre Nuestro del Evangelio de Lucas: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros (kaì gàr autoì) perdonamos (aphìomen) a todo el que nos debe” (Lc 11,4). La redacción pone de relieve que nuestra capacidad de perdonar nace del hecho de que Dios nos ha perdonado con anterioridad: se recurre al presente, “perdonamos”, y no al aoristo que remite al pasado, como en Mateo.

El vínculo entre ser perdonado y perdonar es inseparable. La carencia de reconciliación bloquea la efusión de la misericordia divina. Jesús ilustra con lucidez esta realidad en la parábola del siervo despiadado, a quien el Señor condona una deuda colosal (diez mil talentos) y es incapaz de perdonar una nimiedad a un compañero (cien denarios), concluyendo: “Entonces el señor lo hizo llamar y le dijo: «Siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?». Y, lleno de indignación, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo debido. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano” (Mt 18,23-35).

Estamos ante un misterio. El amor de Dios nos precede: es gratuito y viene a nuestro encuentro mientras aún somos pecadores. Si debiéramos esperar a estar perfectamente reconciliados con todos para presentarnos ante el Señor, nunca osaríamos acudir a su presencia.

Sin embargo, el Amor infinito de Dios se detiene cuando el corazón rehúsa abrirse al prójimo. La cerrazón ante el hermano neutraliza la acción de la gracia.

Señala el Catecismo de la Iglesia Católica: “Ahora bien —y esto es algo tremendo—, este flujo de misericordia no puede llegar a nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido… Al negarnos a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra y su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre” (n. 2840).

En palabras del Papa Francisco: “Dios perdona siempre, siempre. Pero pide que yo perdone. Si yo no perdono, en cierto sentido, cierro la puerta al perdón de Dios”.

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