Actualizar las Obras de Misericordia con la mirada do padre Ferdinando Colombo
En las Escrituras encontramos numerosos ejemplos de duda. Recordemos, por ejemplo, la vacilación de Zacarías ante el anuncio del ángel en el templo: “¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad” (Lc 1, 18).
Frente a esa duda se contrapone la duda serena de María: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34).
Recordemos también a Nicodemo, quien visita a Jesús de noche para disipar sus inquietudes: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” (Jn 3, 4), “…¿cómo puede hacerse esto?” (Jn 3, 9), así como al joven rico que pregunta al Señor: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”, o el testimonio del evangelista Mateo sobre el último encuentro del Resucitado con los apóstoles: “Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, lo adoraron; algunos, sin embargo, dudaron.” (Mt 28, 16-17).
Muy conocido resulta el pasaje de Tomás, en el que la duda se exterioriza con fuerza, como un reto provocador: “…Si no veo” (Jn 20, 24-29). En este caso, conmueve la actitud de Jesús: no huye ante la duda de Tomás, sino que atiende su deseo de comprobación.
Nuestras dudas ante situaciones dolorosas como una enfermedad incurable, la muerte de un joven o la violencia persistente hallan también cabida en el Evangelio.
El grito del Señor en la cruz
La duda más elocuente la vislumbramos en el clamor del Señor en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!”, donde observamos que frente a la muerte, Jesús, en su condición humana y en profunda solidaridad con el dolor del hombre, experimenta la niebla densa de la incertidumbre.
Lejos de suponer una ruptura con la fe, la duda forma parte de la experiencia creyente en el Dios vivo manifestado en la humanidad de Jesús de Nazaret.
Amado, acogido y escuchado
Por todo ello, considero que quien experimenta la duda no debe ser juzgado, sino amado, recibido y escuchado con enorme consideración y cercanía.
Para hallar la fortaleza necesaria, hagamos memoria de la misericordia de Dios con nuestras preguntas, rogándole nos inspire a tratar las dudas ajenas con delicadeza y humildad.
Quienes creemos debemos permanecer atentos: el creyente no posee la verdad de manera excluyente, sino que camina como un constante buscador, aun confesándola con alegría.
Dar un buen consejo implica manifestar cercanía, amor y respeto hacia el prójimo. Así actuó Jesús: cercano a sus discípulos, a los enfermos y a los pecadores.
En una sociedad marcada por el individualismo y el relativismo, aconsejar a quien duda suele contemplarse con reservas.
Reflexión y oración
Asimismo, sabemos que si un consejo no brota de la oración y de una sincera reflexión, corre el peligro de tornarse en imposición; en cambio, brindar una orientación prudente representa un tesoro incalculable.
Es necesario cultivar la medida idónea en este ejercicio de caridad moral.
«Aplacando la sed de verdad del que duda, con un sabio consejo que viene del Señor, habrás cavado para él un pozo de agua fresca».
Comprobamos con frecuencia que muchas personas, abrumadas por la incertidumbre, acuden al tarot, a los horóscopos o a la adivinación.
Esto refleja la desorientación contemporánea junto al anhelo legítimo de hallar luz y sosiego duraderos.
El Consejo
El Consejo, con mayúscula, es uno de los siete dones del Espíritu Santo.
Este don ilumina el interior y enseña la manera adecuada de actuar y hablar según los designios de Dios.
Otorga la capacidad de interpretar la historia, y en particular los acontecimientos complejos, bajo la mirada divina.
No se trata de una facultad meramente humana, sino de una gracia que Dios concede; basta abrir el corazón para recibirla.
Por consiguiente, la primera pauta es implorar la luz del don de Consejo para apreciar la situación planteada tal como Dios la contempla.
¿Qué diría Jesús ahora?
¿Cómo valoraría Él la dificultad que se nos presenta? Cuanto más unidos vivamos a Dios, dejándonos modelar por su Palabra, más capacitados estaremos para obrar con sabiduría y comunicar palabras de esperanza (Massimo Papotti).
Un testimonio sobre el consejo al necesitado compartido por el Papa Francisco:
“Recuerdo una vez en el santuario de Luján, mientras confesaba ante una hilera extensa. Se acercó un muchacho moderno, con aretes y tatuajes, a confiarme una situación bastante compleja.
Me contó: le relaté todo esto a mi madre y ella me aconsejó: acude a la Virgen y ella te indicará el camino. Aquella mujer poseía el don de consejo. No sabía resolver el conflicto de su hijo, pero le señaló el sendero adecuado.
Ese es el don de consejo. Aquella madre sencilla brindó a su hijo la mejor respuesta. El joven me dijo: miré a la Virgen y comprendí lo que debía hacer. Todo quedó dicho entre la madre, el joven y la Virgen.
Este es el don del consejo. Madres, pidan este don para guiar con acierto a sus familias.”
Oración
Secuencia al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres, ven, dador de las gracias, ven, luz de los corazones.
Consolador magnífico, dulce huésped del alma, suavísimo consuelo.
En la fatiga, reposo; en el calor, abrigo; en el llanto, consuelo.
¡Oh luz felicísima!, llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda divina, nada hay en el hombre, nada que sea inocente.
Lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está herido.
Doblega lo que es rígido, calienta lo que es frío, endereza lo extraviado.
Concede a tus fieles, que en ti confían, tus sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales la eterna alegría. Amén
Ilustración de la hermana Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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