Dar de beber a los sedientos: comentario de la Pastoral de la Salud

24 de March de 2025

Redacción
Italia Italia

Dar de beber a los sedientos: atención al otro
Dar de beber puede convertirse en un gesto sencillo y concreto de atención, acogida y cuidado.

Desde el sitio web de la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud de la CEI, el comentario a la segunda obra de misericordia corporal (por don Tullio Proserpio, capellán del Instituto Nacional del Cáncer de Milán).

Una expresión bien conocida por todos, capaz de manifestar una invitación concreta a la solidaridad con quienes padecen esta necesidad. Resuena con fuerza el tema del agua tal como se describe en los Evangelios. Recordamos varios de sus pasajes: el encuentro de Jesús en el pozo con la Samaritana, cuando fatigado del camino se sienta junto al pozo (Jn 4,6); Jesús crucificado cuando exclama: «Tengo sed» (Jn 19,28); y contemplando que Jesús ya había muerto, uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al instante brotó sangre y agua (Jn 19,34).

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El encuentro en el pozo y la sed de relación

En particular, el episodio de la Samaritana pone de manifiesto la honda sed y la urgente necesidad de una relación verdadera y auténtica. En este pasaje, tanto Jesús como la mujer samaritana se acercan al pozo impulsados por la sed (en realidad Jesús acusa el cansancio del viaje; sin embargo, al llegar la mujer, le pide: «Dame de beber»).

Jesús se atreve a mostrar su propia necesidad, su imposibilidad de obrar en solitario; expone su propia pobreza. Únicamente quien comparte la misma condición de vulnerabilidad puede aproximarse con verdad al hermano. Compartir con sencillez la propia pequeñez abre un espacio fecundo para una relación genuina, custodiada por las manos de Dios.

Esto fue precisamente lo vivido por la Samaritana, hasta el extremo de que tras encontrarse con Jesús, el evangelista anota: «Dejó su cántaro, marchó a la ciudad…» (Jn 4,28). Esto parece revelarnos qué colmó verdaderamente la sed de ambos: el encuentro auténtico, es decir, ¡la relación misma! Un vínculo que renueva las fuerzas de ambos; el horizonte se ensancha y florece de nuevo la esperanza: «¿No será este el Mesías?».

El cuidado y la esperanza compartida

Un reciente estudio elaborado en el Instituto Nacional del Cáncer de Milán (“La esperanza en los pacientes oncológicos: la centralidad de las relaciones como aspecto determinante”) subraya el papel primordial de los vínculos afectivos para acompañar el camino del enfermo e infundir verdadera esperanza.

Quienes se encontraban con Jesús y entablaban relación con Él salían renovados, demostrando que su presencia reconfortaba a cuantos le abrían el corazón. En cierto modo, Cristo es el bálsamo capaz de aportar consuelo, sosiego y bienestar al cuerpo y al alma.

La relación nunca deja indiferente; exige implicarse. Quizá sea este uno de los motivos por los que a veces se rehúye: sabemos cómo entramos, pero ignoramos cómo saldremos de ella. No es posible prever de antemano lo que se suscitará en el interior de quien se dispone a acoger el dolor ajeno. El estudio mencionado señala que cuanto más digno de confianza se muestra el interlocutor, con mayor fuerza brota la esperanza.

La fe cristiana sitúa la relación de persona a persona en su núcleo; el Dios cristiano es un Dios personal. Todo ser humano anhela estos lazos fraternos al haber sido modelado a imagen y semejanza de Dios, llevando grabada en su alma la impronta del amor trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El rostro de Dios en la cercanía humana

La relación no se posee, se vive; es un proceso continuo y dinámico. La necesidad de comunicación fraterna pone de relieve lo más auténtico de nuestra condición humana. Así lo atestiguó Jesús a lo largo de su paso terrenal: en constante sintonía con Dios Padre, como relatan los Evangelios.

Percibimos en nuestro tiempo una patente deshumanización. Quienes profesan la fe están llamados a transparentar la ternura divina siguiendo el ejemplo de Jesús, cuya profunda humanidad cautivaba a sus contemporáneos.

Un hombre así, realizado y cercano al que sufre, conmovido ante el dolor ajeno… solo podía ser Dios. Este es el Rostro que debemos testimoniar. Como miembros de la Iglesia, sentimos el compromiso de no desfigurar ese Rostro que continúa fascinando tanto a creyentes como a no creyentes.

Un hombre que acoge, consuela, llora, ríe y comparte la cotidianidad de su pueblo. Lejos de toda ingenuidad: un hombre que calma la sed ardiente del alma humana. Capaz de mostrar firmeza y repulsa ante la doblez, la hipocresía y cuando se anteponen las normas al valor sagrado de la persona.

La cercanía con quienes afrontan la enfermedad, la angustia o la aflicción revela la enorme esperanza depositada en la Iglesia. Cobran entonces pleno sentido las palabras de Jesús: «Alzad vuestros ojos y mirad los campos, que ya están dorados para la siega» (Jn 4,35).

Todo se dirime en la calidad humana de los lazos que tendemos. De ahí la urgencia de cultivar una madurez que, más allá de lo doctrinal, sea ante todo hondamente humana. Nos corresponde caminar juntos para forjar una alianza comunitaria fraterna, convencidos de que «nunca se espera en soledad, sino con los demás y para los demás».

Imagen creada digitalmente por espacio + spadoni

Fuente: Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud de la CEI – Don Tullio Proserpio

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