Del sitio de la Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI, el comentario a la segunda obra de misericordia espiritual
(Dr. Giovanni Cervellera, Presidente de A.I.Pa.S.)
Si invirtiéramos los términos de la frase, leeríamos: “ignorar a los maestros”, y captaríamos gran parte de la actitud contemporánea hacia la transmisión del saber. Pablo VI ya había intuido la dificultad de escuchar a los maestros, afirmando positivamente: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros». La intolerancia hacia los profesores se convierte, a menudo, en rechazo de las enseñanzas. ¿Qué sentido tiene, por lo tanto, proponer de nuevo una formación si quien ignora no desea escuchar?
La orientación de esta obra de misericordia podría resolverse fácilmente en una exhortación a impartir lecciones, sin sopesar sus consecuencias y sin preocuparse por el resultado, casi en una especie de resignación justificada por el dicho: «unos siembran y otros siegan». Enseñar no consiste en la pura transmisión de conocimientos, sino que significa forjar una relación que permita adquirir un nuevo saber. Fuera de una relación significativa, es imposible aprender.
Surgen de inmediato otras preguntas: ¿Qué enseñar? ¿Cómo enseñar? ¿A quién enseñar?
En cuanto al contenido, podemos decir que todo conocimiento humano está contemplado en esta obra. Aunque, tratándose de misericordia espiritual, podríamos vernos inclinados a considerar que solo se debe hablar de temas religiosos. El contexto social presente, que denota un escaso conocimiento de los fundamentos de la fe, impulsa a insistir en estos aspectos. Y es conveniente que haya una recuperación, bajo el riesgo de presenciar una generación que, al no reconocer los símbolos religiosos, se vuelva incapaz de comprender su propia cultura y, finalmente, a sí misma.
El conocimiento espiritual, por consiguiente, jamás debe desligarse del conocimiento humano. Forma parte constitutiva de este y, por ende, únicamente en una acción pedagógica integral puede darse una auténtica comprensión del ser humano en su plenitud. Un bajorrelieve de Canova, esculpido en 1795 bajo el título: «Instruir a los ignorantes», ilustra certeramente esta idea. Una madre acompaña a su hijo mientras hace las tareas, mientras enfrente cuatro mujeres aprenden respectivamente: la oración, la costura, el bordado y el tejido. Toda enseñanza se concibe como una labor meritoria.
Para comprender el “cómo”, fijémonos en el célebre pasaje de Jesús a los doce años en el Templo de Jerusalén. La tradición suele afirmar: «Jesús enseñaba a los doctores en el templo», destacando a nuestra mirada el asombro ante un niño instruyendo a los sabios. El texto evangélico es en verdad más exacto y menos milagrero: «lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas». (Lc 2, 46). Jesús escucha e indaga. Su forma de permanecer y, por ende, de enseñar consiste en: escuchar y preguntar. Estos dos verbos resultan cruciales en la vida de relación, y en especial en la experiencia de quien se hace compañero de camino de las personas que sufren. Nunca se insistirá bastante en recordar que la actitud de escucha es la única que permite hacer llegar un mensaje. Además, que un muchacho se sitúe en el centro de la escena nos brinda otra indicación, avalada por aquel otro pasaje del Evangelio en el que Jesús nos llama a «hacerse como niños».
Solo puede enseñar quien se hace “pequeño”, humilde, ignorante. Ni siquiera haría falta acudir al Evangelio. Bastaría evocar las diversas vivencias personales en las que resulta difícil aprender de quien se muestra presuntuoso, prepotente y altivo, lejos de hacerse “pequeño”. El Evangelista concluye el relato expresando: «y Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia». El encuentro en el Templo contribuyó a la maduración sapiencial de Jesús. De forma similar, la labor docente de cualquier educador representa para él mismo un aprendizaje continuo.
El auténtico maestro no pretende ser el centro de atención, no se sube a la cátedra ni se afana por demostrar su valía, sino que siente un aprecio sincero por el educando y dedica todas sus energías al discípulo. La sabiduría que posee el formador sirve para afianzar su presencia, para asegurarse de su capacidad docente. Ningún libro escrito puede reemplazar la lectura de ese “texto” vivo que cada ser humano brinda a quien conversa con él. A modo de sello, la advertencia evangélica refuta la presunción humana y abre las puertas a lo infinito: «Uno solo es vuestro maestro».
¿Hacia quién orientar, pues, la enseñanza? Sin lugar a dudas, hacia quien manifiesta deseos de aprender. No hay aprendizaje si no brota la motivación interior. Nada resulta factible si se cierra con cerrojo el corazón y la mente. No obstante, existen amplias opciones de suscitar el clima propicio que invite a formular la pregunta. En este punto cobra gran valor el arte del pedagogo. Por lo demás, ninguna barrera de pertenencia tiene cabida: todos son destinatarios legítimos de un posible aprendizaje.
Por último, como complemento a una formación de corte “occidental”, habitualmente reducida al ámbito intelectual, se viene insistiendo recientemente en la “formación del corazón”. Dicho en síntesis, se trata de un enfoque que asocia las ideas con las emociones y los sentimientos. Debe tenerse cautela, no obstante, ante cualquier deriva racionalista que recurra a métodos tradicionales limitándose a cambiar los contenidos. La formación del corazón demanda método, estilo y sustancia originales y, muy especialmente, la entrega plena de quien aspira a vivir esta obra de misericordia.
(Texto de noviembre de 2016)
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Fuente: Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI
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