La obra de misericordia espiritual « Rezar a Dios por los vivos y por los muertos »: del cuadro de Millet al de Luigi Nono
Considerando que Jesús, en su infinita misericordia, siempre ha rezado por todos nosotros y continúa haciéndolo en su tiempo eterno, rezar por los demás constituye una caridad de intercesión irreemplazable por los vivos y por los difuntos.
El Ángelus de Millet
Jean-François Millet (1814-1875), uno de los máximos exponentes del realismo, recordaba: “Este es un cuadro que pinté recordando los tiempos en que trabajábamos en el campo y mi abuela, cada vez que oía tañer la campana, nos hacía parar para rezar el ángelus en memoria de los pobres difuntos”.
Lleva precisamente el título de “El Ángelus” este lienzo, hoy en el Museo de Orsay de París, encargado en 1857-1859 y profundamente admirado por Salvador Dalí. Procedente de una familia campesina, Millet se sintió siempre cautivado por la vida rural y campesina debido a esa sincera humildad nacida de la aceptación consciente de su labor ante Dios.
En esta obra, ambos campesinos se detienen al son de las campanas de Chailly-en-Bière, que parecen marcar los ritmos y el discurrir de las labores del campo. Tras soltar la carretilla y la horca, el hombre se descubre la cabeza con reverencia, mientras la mujer se inclina devotamente para pronunciar su plegaria.
La magia del recogimiento está plasmada con insólita intensidad; la escena queda realzada por una luz crepuscular en el horizonte que siluetea a los personajes y la llanura donde apenas se perfila la aguja de una iglesia, envolviendo el cuadro en una atmósfera de nobleza moral y misericordia religiosa hacia el prójimo.
La Isla de los muertos de Böcklin
El misterio de los recuerdos entrelazados con el dolor evoca con fuerza la idea del cementerio como espacio de silencio y recogimiento, donde se procura aceptar la pérdida a través de la oración y la esperanza cristiana.
“La Isla de los muertos” de Böcklin, realizada en diversas versiones cuya primera data de 1880 y se custodia en el Museo de Arte de Basilea, vinculada en origen al fallecimiento de su hija durante su estancia en Florencia entre 1874 y 1885, aúna dos visiones opuestas del tránsito de la muerte a la eternidad.
Arnold Böcklin
Nacido en Basilea en 1827 y fallecido en Fiesole en 1901, fue uno de los creadores que plasmó con singular maestría la tensión entre vida y muerte. En este cuadro sitúa en el centro una isla pequeña y monumental que emerge sobre aguas oscuras, ante un cielo velado de nubes grises.
Una barca avanza hacia la isla transportando a una figura enigmática vestida de blanco, como estatua funeraria, que parece custodiar un féretro dispuesto en la proa, mientras el barquero hunde los remos sin quebrar el silencio. Los peñascos escarpados que cobijan un espeso grupo de cipreses velando el acceso invitan a la oración, gracias a una luz que aviva los colores naturales y atenúa el rigor del duelo.
Vincenzo Cabianca
Un aliento de humilde esperanza orientada hacia la belleza de la plegaria se halla en varias telas de Vincenzo Cabianca, nacido en Verona en 1827 e muerto en Roma en 1902. Muy cercano a los macchiaioli toscanos, sobresalió como intérprete de lo cotidiano, explorando el claroscuro mediante manchas yuxtapuestas de color.
En los lienzos titulados “Maitines” (“Mattutino”) y “Las Monjitas” (“Le Monachelle”), se percibe con hondura el sosiego consagrado a la oración. Desde el rezo solitario de un presbítero hasta el recogimiento de unas monjas asomadas al mar desde un convento o ermita, el ánimo se dirige a la inmensidad divina. Es la oración por vivos y difuntos que los protagonistas viven en paz apartados del bullicio, llamándonos a apreciar esta esencial Obra de misericordia.
Luigi Nono
Otro agudo observador de su época fue Luigi Nono (1850-1918), figura destacada de la escuela veneciana y docente de pintura en las Academias de Venecia y Bolonia.
A él debemos una obra que nos traslada al tiempo en que las familias se congregaban a rezar en los patios y plazoletas rurales: “La oración de la tarde” (“La preghiera della sera”).
La escena transcurre en la plazuela de Tortesen (Feltre), donde una comunidad campesina se congrega junto a un muro con una hornacina. Hombres, mujeres, ancianos y niños, arrodillados con nobleza, miran hacia el santuario cuya advocación queda oculta, concentrando el valor en el fervor del pueblo.
Los tonos cálidos de las ropas, del empedrado rústico y de las viviendas, conjugados con el verde arbolado del que asoma una cumbre nevada, hacen partícipe a quien contempla esta sentida oración por los vivos y por los difuntos.
Nuestra plegaria no puede equipararse a la de Jesús en el huerto de Getsemaní, tan angustiada y compasiva con el dolor humano, pero siempre ha de ser un pilar diario que nos sostenga de día y en las noches de desvelo.

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