Se abre una nueva etapa para los niños con discapacidad auditiva en Burundi. La Congregación de las Hermanas denominada «Familia de los Discípulos de Cristo», FDC por sus siglas, se dispone a abrir, en la cabecera municipal de Rutana, provincia de Burunga, una escuela con internado orientada a los niños sordos. Denominada Escuela para sordos «Madre de la Esperanza» de Rutana (ESMMER), esta nueva obra educativa dará la bienvenida a sus primeros estudiantes durante el curso escolar 2026-2027.
Esta iniciativa representa una respuesta tangible a la necesidad de escolarización de los menores sordos, quienes a menudo enfrentan múltiples trabas para alcanzar una preparación adecuada. Se enmarca, además, en la labor educativa y evangelizadora de la Congregación, empeñada en promover la dignidad humana e impedir que nadie quede al margen del camino.
Una obra al servicio de la dignidad de cada niño
Para las Hermanas Discípulas de Cristo, todo niño posee el derecho inalienable a la formación, al acompañamiento cercano y a un entorno propicio que le permita desplegar sus capacidades.
Bajo este principio, la Congregación decidió extender su apostolado pedagógico hacia los niños que viven con sordera. Junto a la institución que ya gestiona para niños oyentes, inaugura ahora una sede acondicionada especialmente para responder a las necesidades de los alumnos sordos.
La labor docente otorgará un protagonismo indiscutible a la lengua de signos, un recurso insustituible para que los educandos interactúen, adquieran conocimientos y formen parte activa de la comunidad escolar.
Esta obra se asienta de este modo en los fundamentos de la Familia de los Discípulos de Cristo: colaborar, a través de la enseñanza, en la realización integral de la persona y en la conformación de una sociedad donde cada individuo halle su lugar.
Un internado que responde a una necesidad real
Entre las grandes fortalezas del centro escolar destaca su servicio de internado. Esta infraestructura posibilitará recibir a niños de diversos puntos del país, en particular de Rutana, Buyumbura, Rumonge, Makamba, Ruyigi y Gitega.
Antes de comenzar el primer curso de la enseñanza primaria obligatoria, los escolares recibirán clases de lengua de signos para afianzar los cimientos indispensables de su posterior etapa formativa.
Las inscripciones iniciales confirman el notable interés suscitado por la apertura. Los varones abarcan el 64,7 % del alumnado matriculado, mientras que las niñas representan el 35,3 % de los registros.
Estos datos ponen de relieve la urgencia de redoblar los esfuerzos para garantizar a las niñas sordas una incorporación justa y equitativa al entorno escolar.
«Necesitamos escuelas adecuadas»
Detrás de este proyecto escolar se hallan los testimonios de personas sordas que se vieron obligadas a derribar incontables muros para acceder al aprendizaje.
Nshimirimana Marie, quien logró cursar estudios en la universidad y hoy se desempeña profesionalmente en una entidad bancaria de Buyumbura, comparte las adversidades que encaró durante sus años formativos.
Relata que, ante la falta de intérpretes, se veía obligada con regularidad a interpretar los labios del profesor o a intentar asimilar la materia a partir de lo anotado en la pizarra. Procuraba también mostrar la lengua de signos a los compañeros contiguos, con el fin de que pudieran aclararle más tarde los conceptos que no había logrado captar.
Bajo su mirada, estos obstáculos van más allá del colegio. Afectan de igual forma a la atención sanitaria, a la vida eclesial y al uso de dependencias públicas.
Lamenta profundamente aquellas situaciones en que las personas sordas no logran dialogar con el personal sanitario ante la carencia de mediadores capacitados en lengua de signos.
Su voz desvela una realidad con frecuencia postergada: la ausencia de vías comunicativas idóneas puede erigirse en un grave impedimento para el pleno goce de los derechos más elementales.
La educación comienza en la familia
Nshimirimana Marie pone de relieve también el papel primordial de los progenitores. Cuando estos no manejan la lengua de signos, experimentan dificultades para comunicarse con sus hijos y transmitirles, desde su más temprana infancia, las pautas y principios formativos para su maduración.
Recuerda que los pequeños que no oyen albergan las mismas inquietudes humanas y afectivas que el resto: sienten alegría y pesar, aman, albergan ilusiones, conocen la incertidumbre y reclaman manifestar con autonomía sus emociones y requerimientos.
Por ello, anima a fortalecer cuantas medidas posibiliten que los escolares sordos crezcan comunicándose a través de su propio lenguaje.
«Hay que enviar a los niños sordos a la escuela desde la edad más temprana»
Niyomukiza Francine, originaria de Musongati, gozó de la oportunidad de dar sus primeros pasos educativos en un centro de Mushasha, en Gitega, donde se empleaba la lengua de signos.
Esta vivencia le permitió comprobar el incalculable valor de una metodología adaptada. No obstante, al ingresar más tarde en centros de educación secundaria compuestos casi en su totalidad por alumnos oyentes, los escollos resurgieron.
Menciona haber sido reprendida en ocasiones junto al grupo sin comprender el motivo de la sanción, dado que sus compañeros desconocían la lengua de signos y no estaban en condiciones de narrarle lo acaecido.
De su testimonio emana una petición dirigida a los hogares: los niños sordos han de ser escolarizados desde la más tierna edad y contar con un apoyo apropiado, en lugar de permanecer recluidos en las viviendas familiares y dedicados a los quehaceres domésticos, las labores del campo o la vigilancia de los rebaños.
Una gran esperanza para las familias
Para los padres y madres de niños sordos, el nacimiento de la Escuela «Madre de la Esperanza» se vislumbra como un auténtico motivo de ilusión.
Akimana Beni, vecino de la localidad de Ngozi, en la provincia de Butanyerera, celebra la puesta en marcha del proyecto. A su juicio, el colegio brindará a las familias un entorno donde sus pequeños serán bien recibidos, formados y guiados con calidez.
Con todo, los desafíos son amplios. Las escuelas especializadas para la comunidad sorda son todavía escasas en Burundi y sus plazas resultan insuficientes. Muchos niños permanecen desvinculados de las aulas o inician su escolarización con demoras notables.
La creación de esta nueva escuela supone por tanto un avance crucial, al tiempo que recuerda la imperiosa necesidad de multiplicar iniciativas en beneficio de un modelo educativo accesible e inclusivo.
Una misión que continúa en la esperanza
Con la Escuela «Madre de la Esperanza», las Hermanas Discípulas de Cristo dan testimonio palpable de su entrega incondicional a los niños más frágiles.
Esta labor escolar no se limita a la transmisión de conocimientos académicos. Pretende guiar a personas capaces de desarrollarse con dignidad, potenciar sus cualidades, integrarse activamente en el tejido social y labrar su propio porvenir.
Para la Familia de los Discípulos de Cristo, este centro ratifica la fecundidad de un servicio que sitúa al ser humano en el centro prioritario de toda intervención educativa y pastoral.
En Rutana se abren las aulas bajo una convicción nítida y rotunda: ningún niño debe verse privado de su derecho al estudio a causa de una limitación física.
Y para los niños sordos que en breve cruzarán las puertas de la Escuela «Madre de la Esperanza», representa ante todo una promesa viva: la oportunidad real de aprender, comunicarse, madurar y mirar al futuro con renovada confianza.

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