La Obra de misericordia espiritual “instruir a los ignorantes” vista a través de las pinturas de Bloch y el fresco dedicado a santa Francisca Cabrini.
Jesús es el Maestro por excelencia, siempre dispuesto a manifestar el amor misericordioso con palabras y ejemplo de vida. Esta entrega ha inspirado a numerosos artistas al plasmar pasajes cumbres del Evangelio.
Las pinturas de C. H. Bloch: el sermón de las Bienaventuranzas
Sobresale el ciclo de pinturas realizado en el castillo de Frederiksborg, en las proximidades de Copenhague, por Carl Henrich Bloch entre 1865 y 1879, entre las cuales descuella la de las Bienaventuranzas.
Carl nació en Copenhague en 1834. Siendo un joven y prometedor estudiante, obtuvo una “beca de viaje” que le posibilitó recorrer Holanda, Francia e Italia, estableciéndose en Roma, donde conoció a su esposa, madre de sus ocho hijos, y se vinculó con los más destacados creadores plásticos.
En el lienzo del sermón de la montaña, Jesús cuenta con un amplio espacio a su alrededor y toma asiento sobre la roca como en una cátedra; eleva el brazo derecho señalando al cielo y contempla a la multitud con mirada solemne. Intensa es la atención de los oyentes, pues infinita es la sabiduría del Maestro. El sermón de las Bienaventuranzas está dirigido a cada ser humano como la revelación capital de Cristo a los hombres.
El pintor logra exteriorizar cada sentimiento que sacude el corazón y el intelecto de los presentes mediante una luz diurna nítida y tonalidades firmes en los rostros en primer término, los cuales se difuminan con suavidad hacia la lejanía para recrear el eco conmovedor de la escucha.
El fresco de Pasquale Arzuffi: santa Francisca Cabrini
En las mismas décadas en que Carl creaba estas composiciones, despuntaba en Italia la labor pedagógica de una joven de constitución delicada pero resuelta a proclamar la misericordia divina: Francisca Cabrini. Nacida en Sant’Angelo Lodigiano en 1850 y huérfana desde temprana edad, se graduó como maestra y empezó a enseñar catecismo a los niños, aun frente a la incomprensión de las autoridades civiles.
En san Francisco Javier reconoció su ejemplo de vida, tomando su nombre al consagrarse mediante los votos. Hacia 1880 ya había fundado el Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón y emprendido continuos viajes para instruir a los ignorantes y propagar la misericordia de Dios.
Fue el Papa León XIII quien le asignó Occidente como horizonte de apostolado. Miles de emigrantes italianos sobrevivían en Europa y singularmente en los Estados Unidos, desconociendo por entero la lengua y las costumbres locales.
Los barrios marginales y colmados de desamparados se convirtieron en sus primeras aulas, tal como plasma un cuadro de Ciotti. Afrontó esta penuria con el desvelo de una gran madre cristiana y promovió la edificación de escuelas e internados. A la humildad de los inicios se sumaron centros de enseñanza secundaria, oratorios festivos, clínicas y hospitales.
Guiada por la caridad, se adentró junto a sus religiosas en las prisiones, convencida de que la formación intelectual y moral es indispensable para devolver al hombre su dignidad. Otra notable pintura de Cesare Secchi la inmortaliza durante el conflicto bélico en Alaska, auxiliando a soldados heridos y enseñando costura y bordado a sus hijas.
Fue amparo y madre de millares de emigrantes, rigiendo a las directoras de sus obras con la templanza y afabilidad aprendidas de su Maestro Jesús.
Las vidrieras de la iglesia de Sant’Angelo Lodigiano ilustran las jornadas de sus viajes, que la llevaron a cruzar diecinueve veces el océano e incluso a atravesar la cordillera de los Andes a lomo de mula. En la oración descubrió la inspiración de sus empresas y la fuerza para instruir e inculcar el amor misericordioso.
Desde los Estados Unidos partió hacia Nicaragua, Argentina, Perú, Chile, España, Inglaterra e Italia, regresando luego a territorio estadounidense, donde permanecería definitivamente.
Falleció entre sus emigrados en Chicago en 1917, y su cuerpo fue trasladado a Nueva York, a la Mother Cabrini High School, descansando junto a sus hijos.
Su existencia íntegramente entregada a la docencia constituye un testimonio luminoso de la Iglesia para exhortarnos a instruir cristianamente, en todas las dimensiones de la vida, a quienes carecen de instrucción.
El fresco del ábside de la Basílica de Sant’Angelo Lodigiano, obra de Pasquale Arzuffi, atestigua la devoción que esta comunidad profesa por una mujer humilde y eximia formadora que continúa enseñándonos hoy la misericordia.
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