La obra de misericordia corporal «dar posada al peregrino» vista a través de los lienzos de diversos artistas
Una de las obras de misericordia corporales que más nos interpela en la actualidad, dada la realidad social que atravesamos, es acoger a los forasteros y dar posada al peregrino.
Por peregrino entendemos al extranjero, al caminante que viaja de un lugar a outro con frecuencia en medio de la precariedad y el desasosiego, en busca de un destino seguro. Innumerables peregrinos, incluso bajo amenaza de muerte, han debido dejarlo todo atrás para afrontar rutas llenas de peligros.
Caravaggio (1571-1610) convirtió este acontecimiento en una obra maestra. El «Descanso en la huida a Egipto», conservado en la Galería Doria Pamphilj (1597), relata precisamente la travesía que José emprendió para proteger a su familia, guiándolos hacia las tierras desconocidas de Egipto.
El artista, guiado por una sentida fe en la misericordia divina, recrea la escena con ternura sincera, plasmando los vínculos más entrañables y capturando la pausa del camino con espontaneidad y realismo.
Se trata de una familia humilde. María duerme apaciblemente con la cabeza apoyada en la de su hijo. Mientras una mano reposa sobre su regazo, la otra sostiene con cuidado al pequeño para evitar que caiga, dormido en brazos de su madre sin percibir el peligro exterior.
José permanece despierto y vigilante, sentado sobre el saco de víveres propio de los campesinos, junto a una cantimplora, sosteniendo una partitura abierta. Con su destreza técnica e inventiva, Caravaggio recrea lo que pudo haber ocurrido en aquel instante de reposo.
Aquí confluyen lo divino y lo humano. Es Dios mismo quien prodiga hospitalidad a estos caminantes enviando un ángel lleno de dulzura. Esta figura radiante, en el centro de la escena, ofrece consuelo entonando una melodía armoniosa con su violín.
El paisaje natural circundante ofrece un remanso de calma. Una luz vespertina tamizada y tonos cálidos bañan la composición, inmortalizando el descanso tras una extenuante jornada de camino.
El temperamento apasionado del pintor y su empeño por plasmar la realidad sin artificios lo llevaron por los barrios de Roma, donde aprendió su oficio. Caravaggio conoció la estrechez económica, pues parte de sus contemporáneos tildaba sus cuadros de un realismo crudo.
Fue el cardenal Borghese quien advirtió su genialidad y le encomendó, entre 1604 y 1606, la realización de la Virgen de los peregrinos para la iglesia de San Agustín en Roma. La obra supuso una ruptura con la imaginería tradicional, donde María aparecía coronada y rodeada de coros celestiales.
La Virgen con el Niño se asoma en el umbral de una vivienda sencilla, vestida con modestia y con el peinado característico de las mujeres del pueblo. Con serenidad contempla a los dos caminantes arrodillados con las manos juntas, conmovidos ante su presencia.
En aquellos tiempos las peregrinaciones se realizaban a pie. En el jubileo de 1600 Caravaggio observó de cerca a esos devotos humildes que cruzaban largas distancias sostenidos por la fe.
El Niño, protegido por su madre, levanta su mano en señal de bendición y mira con cariño a los devotos de ropas gastadas que aguardan esperanzados. Los tonos terrosos y la iluminación rasante realzan la profunda piedad de los sencillos y desfavorecidos.
Sus pinturas recuerdan la dignidad que Dios reconoce en los pobres y pecadores, acogiéndolos con su inagotable misericordia.
Quienes hoy buscan asilo en nuestras tierras no siempre presentan la actitud recogida de los peregrinos de Caravaggio, pero siguen siendo personas en dificultad a las que no se les puede negar la caridad de la misericordia.
Imagen de portada: Wikipedia

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