(Prof. Massimo Petrini, presidente del Instituto de Teología Pastoral Sanitaria)
La inhumación como modelo de sepultura cristiana
Diferenciándose del significado atribuido a la momificación, al embalsamamiento o a la cremación, en los que en ocasiones se oculta la idea de que la muerte supone la aniquilación absoluta del ser humano, la piedad cristiana ha adoptado la inhumación como modelo de sepultura para el creyente.
Por un lado, recuerda la tierra de la cual fue formado (cf. Gn 2, 7) y a la que ahora regresa (cf. Gn 3, 19; Sir 17, 1); por otro, evoca la sepultura de Jesús, grano de trigo que cayó en la tierra y dio fruto abundante (Jn 12, 24).
El Catecismo de la Iglesia Católica precisa: «Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal, que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo».
El simbolismo de la sepultura y la fe en la resurrección
La tradición católica siempre ha conferido a la sepultura un sentido arraigado en la fe. La muerte no constituye el final irreversible de la existencia frente a la disolución biológica en el seno de la tierra; indica la culminación del peregrinaje terrenal orientado hacia la plenitud y recapitulación de la vida, cimentada en la certeza pascual que manifiesta el Crucificado resucitado.
La aportación propia del cristianismo no se limita al acto material del entierro, sino a un simbolismo que proclama la esperanza en la resurrección, estructurado en tres verdades esenciales:
- la tierra donde descansa el cuerpo es imagen de germinación, lugar donde germinará la plenitud de la vida según el Espíritu (cf. 1Cor 15, 44);
- la sepultura refleja el descanso sereno de un sueño en el que la comunión con los difuntos pasa a vivirse en un plano espiritual renovado;
- el seno de la tierra simboliza aquel espacio invisible en el que se despliega una vida eterna compartida entre vivos y difuntos.
Las disposiciones de la Iglesia sobre la cremación
El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, constatando que en la actualidad se halla extendida la cremación debido a las nuevas circunstancias sociales, detalla lo establecido por la disciplina canónica: «A quienes hayan elegido la cremación de su cadáver se les pueden conceder las exequias cristianas, a menos que su elección responda a razones contrarias a la doctrina cristiana».
No obstante, la Iglesia exhorta a no conservar en el ámbito doméstico las cenizas de los familiares, encomendándolas a una digna sepultura hasta que Dios resucite de la tierra a quienes reposan en ella y el mar entregue a sus muertos.
La comunión con los difuntos y la esperanza cristiana
San Juan Pablo II afirmó: «El hombre surge de la tierra y a la tierra vuelve (cf. Gn 3, 19): he aquí una realidad evidente que nunca se debe olvidar. Sin embargo, también experimenta el deseo inextinguible de vida inmortal. Por esta razón, los vínculos de amor que unen a padres e hijos, esposos y esposas, hermanos y hermanas, así como los lazos de verdadera amistad entre las personas, no se dispersan ni terminan con el acontecimiento ineludible de la muerte. Nuestros difuntos continúan viviendo entre nosotros, no solo porque sus restos mortales descansan en el cementerio y su recuerdo forma parte de nuestra existencia, sino sobre todo porque sus almas interceden por nosotros ante Dios».
Certezas que iluminan el dolor y el sufrimiento humano ante la pérdida. La sepultura se custodia también en el corazón de los allegados, quienes, mitigado el quebranto inicial, experimentan una cercanía espiritual reconfortante: el ser querido permanece como compañero en el camino, a la espera del encuentro escatológico final.
(Texto de noviembre de 2016)
Imagen creada digitalmente por espacio + spadoni
Fuente: Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI
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