Desde Papúa Nueva Guinea, las Hermanas de la Transfiguración de Bereina relatan el día a día de su comunidad: la labor de la Clínica Santa Rita, la emergencia del VIH, la cercanía con madres e hijos y el cariño hacia los ancianos, custodios de la fe y la memoria en las aldeas.
El compromiso de la Clínica Santa Rita y la emergencia sanitaria
La misión se compone de encuentros cotidianos, manos que curan, oración compartida y pequeños gestos capaces de devolver dignidad y esperanza. Así lo manifiestan las Hermanas de la Transfiguración en una carta desde Bereina, donde su presencia se entrelaza con la vida de las familias, los niños, las madres y los ancianos del lugar.
Entre las labores más intensas destaca la Clínica Materno-Infantil Santa Rita, que asiste a mujeres embarazadas, madres jóvenes con recién nacidos, niños y adolescentes. «Aquí las personas acuden buscando atención médica, pero también mucha escucha y comprensión».
La colaboración con el hospital público comarcal avanza con buenos frutos, aunque los desafíos siguen siendo mayúsculos. Entre ellos destaca la emergencia del VIH, declarada crisis nacional por el gobierno en junio de 2025, que golpea con especial dureza a su provincia, donde se concentra la mayor tasa de contagios del país.
«En la clínica, los números se convierten en historias de dolor, vergüenza, estigma, soledad y violencia», explican. Detrás de los datos estadísticos hay personas reales, familias vulnerables, mujeres que afrontan la enfermedad sin apenas recursos y niños necesitados de tratamiento ininterrumpido.
«No nos queda otra opción que caminar juntos, brindar esperanza y animar a las madres y a los padres a no rendirse, a creer que cada uno de ellos y de sus hijos es valioso e irrepetible, y que la constancia con la medicación ofrece un horizonte de vida».
Palabras que condensan el corazón de su entrega. El rostro de esta crisis lo encarna el caso de una joven madre a quien las hermanas identifican como P. Tenía dos niñas: la mayor alumna en la escuela de la congregación y la menor nacida hace apenas cinco meses. Pese a la dedicación médica recibida, la mujer falleció.
«Su partida nos produce un profundo dolor, pero también nos hace conscientes de la complejidad de las situaciones que encontramos a diario».
La desazón se centra ahora en el porvenir de las dos huérfanas y en quienes cuidarán de ellas. También en aquellas madres que abandonan la terapia o no se la suministran a sus hijos por desconocimiento, temor o angustia. Es junto a ellas donde las religiosas quieren permanecer, para que «mediante pequeños signos de cariño y cercanía, empiecen a confiar y a reconocerse queridas y dignas de ser sanadas».
La cercanía con los mayores y la oración en los poblados
Más allá de la atención sanitaria, la misión cobra vida en el cuidado de las relaciones y la cercanía con quienes corren el riesgo de quedar en el olvido. Muestra de ello es el homenaje brindado a los mayores, los bubu, agasajados por la comunidad parroquial el pasado 26 de julio.
«Fue una celebración sencilla y profundamente hermosa. Nuestros ancianos sintieron el cariño y el respaldo de toda la comunidad».
La atención a la tercera edad no concluye en las festividades: se renueva en las visitas a domicilio y en la Comunión llevada a los enfermos que no pueden asistir al templo por motivos de salud o dificultades en los caminos rurales.
«Comprobamos que llevar la Comunión a un abuelo significa convocar en oración a toda la aldea. Un grupo numeroso suele acompañarnos en el trayecto y se une a la celebración, convirtiéndola en un auténtico momento de catequesis comunitaria».
La entrega de las Hermanas de la Transfiguración en Bereina se consolida mediante una presencia constante, dispuesta a acoger el dolor y a no dejar a nadie desamparado. Una misión que no promete resolver todos los pesares, pero que elige caminar hombro con hombro junto a quienes sufren.
«Os agradecemos formar parte de esta misión con vuestras oraciones, vuestra amistad y vuestro generoso apoyo», concluye su testimonio. Un agradecimiento que invita a sentirse parte viva de una Iglesia que, en Bereina como en cualquier rincón del mundo, traduce el Evangelio en obras concretas de consuelo, dignidad y esperanza.
Foto de hermana Anna Pigozzo
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