Del sitio del Secretariado Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI, comentario a la quinta Obra de misericordia espiritual
(por don Enzo Misuriello, capellán de la Fundación Piccola Opera Charitas)
La fragilidad humana y la fortaleza de la gracia
La quinta Obra de misericordia espiritual nos invita a perdonar los agravios sufridos y, al interpelar de lleno el orgullo, resulta la más ardua de todas, aparentemente inconcebible en una sociedad donde la humildad, raíz del perdón, se considera signo de debilidad.
La fragilidad humana resiente el esfuerzo que exige perdonar, mas el cristiano halla seguridad en la palabra: «todo lo puedo en aquel que me conforta».
Escribía San Agustín: «Tú dirás: “Pero yo no soy Dios, soy un pecador”. Da gracias a Dios de que admites tus faltas. Perdona, pues, para que se te perdone. Nuestro mismo Dios nos exhorta a que le imitemos».
El perdón incondicional y la medida evangélica
En verdad, el perdón sin condiciones constituye un rasgo cristiano primordial que mana de Cristo, quien en lo alto de la cruz, manifestando de modo sublime la misericordia del Padre, implora: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
El perdón recibido debe ser asimismo entregado. Al otorgarnos el “Padre Nuestro”, el Señor nos enseña a suplicar el perdón de nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, agregando: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
El perdón cristiano carece de límites. Ante la pregunta de Pedro sobre cuántas veces convenía perdonar, el Señor afirmó el deber de perdonar siempre y refirió la parábola del siervo malvado que, habiendo obtenido el perdón de su amo, fue incapaz de perdonar a un consiervo. «Dios perdona siempre, siempre. Pero pide que yo perdone. Si yo no perdono, en cierto sentido cierro la puerta al perdón de Dios».
Un camino interior y el testimonio de Carlo Castagna
El perdón es el fruto maduro de una búsqueda interior en la que florece la entrega al prójimo, a pesar de las heridas y del mal padecido. No minimiza la culpa ajena ni ignora la falta, sino que la encara con el amor nacido de la gracia, capaz de transformar los vínculos quebrantados. No responde a un impulso repentino, sino a un continuo aprendizaje del perdón en las faltas cotidianas y los pequeños agravios, pues «el que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel».
El testimonio de Carlo Castagna resulta sumamente ilustrativo. El 11 de diciembre de 2006 perdió a su esposa, a su hija y a su nieto, cruelmente asesinados por dos vecinos; no obstante, concedió de inmediato el perdón, provocando el asombro y la admiración de la opinión pública. El acontecimiento, recordado como la “Masacre de Erba”, se conoce también como “El perdón de Erba”, título del volumen que compila sus declaraciones.
En ellas manifiesta: «Mi esposa y yo teníamos presente una frase grabada en la fachada de un templo próximo a Erba, referida a la cruz: “Si me acoges te sostengo, si me rechazas te aplasto”. El perdón no procede de la condescendencia ni de mis fuerzas: es un don concedido por Dios para que la vida recomience. A diario siento su partida y su cercanía. Cada 11 de diciembre a las 20:05 percibo un estremecimiento, el frío de la muerte. Mas la vida sigue con la convicción de que me acompañan. Al entrar en mi alcoba siento a Paola junto a mí, unida a mis oraciones. No existe otra vía. Ante cualquier circunstancia, el cristiano debe oponer a la radicalidad del mal la radicalidad del bien, incluso en una vivencia desgarradora como la mía. Como Dios nos ama, así debemos amar a nuestros enemigos. “¿Qué mérito tenéis –dice el Evangelio– si amáis solo a los que os aman?”».
Del sufrimiento a la bienaventuranza de la misericordia
El dolor acentúa la dificultad de perdonar. En ocasiones, la persona enferma debe disculpar la incomprensión y la falta de delicadeza de quienes la asisten. ¡Cuán gravoso se torna el perdón ante fallos médicos que desencadenan la muerte! Sin embargo, en medio del dolor pueden brotar caminos nuevos hacia la reconciliación.
Desde la psicología positiva se señala que «el perdón (forgiveness) ayuda a la persona a desprenderse de situaciones altamente estresantes, propicia actitudes constructivas y mejora la convivencia, superando el aislamiento en el que el rencor (unforgiveness) amenaza con recluirnos».
Ofrecer el perdón con sentido evangélico es atender al llamamiento: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». Es significativo que en el Evangelio de Lucas este llamado se concrete en una invitación a la compasión: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». Consiste en encarnar la bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».
(Texto de noviembre de 2016)
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Fuente: Secretariado Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI
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