- El Salmo 23 consta de dos partes. La primera es un ritual para la admisión de los peregrinos al Templo de Dios: los peregrinos, llegados a las proximidades del Templo, plantean la pregunta: “¿Quién subirá al Monte del Señor? ¿Quién estará en su lugar Santo?”; y los sacerdotes responden iluminando a los fieles sobre las disposiciones necesarias para entrar en el Templo de Dios: “Quien tiene manos inocentes y corazón puro, quien no pronuncia mentira, quien no jura en daño de su prójimo”. Los peregrinos a su vez responden: “Esta es la generación que lo busca, que busca tu rostro, Dios de Jacob” (vv. 1-6).
- La segunda parte del Salmo fue probablemente compuesta y cantada para celebrar la primera entrada solemne del arca de la Alianza en la tienda construida por David en Jerusalén (2 Sam 6,12-17). A las puertas de la tienda un cortejo de sacerdotes canta una especie de invitación: “Levantad, puertas, vuestros dinteles; alzaos, puertas antiguas, y entrará el rey de la gloria”. El coro de los fieles pregunta: “¿Quién es este rey de la gloria?”; los sacerdotes responden: “El Señor, fuerte y poderoso, el Señor poderoso en la batalla”. En ese momento las puertas se abren de par en par y el arca hace su entrada, signo de la presencia del Señor que, como un caudillo victorioso, camina a la cabeza de su pueblo (vv. 7-10).
- El Salmo 23 ofrece a cada uno de nosotros preciosas enseñanzas: indica las condiciones necesarias para acercarse a Dios, para ser “Santos”. La santidad, la “qedoshá” es propia de Dios, y sobreentiende el estar “puestos aparte”, la alteridad, tanto desde el punto de vista cultual como moral. Pero “«santos» son siempre y únicamente los «santificados», y el pasivo indica la acción divina… Santificar es «asunto de Dios y no de los hombres» (Blumhardt el Viejo). Dejémonos invadir por la Santidad de Dios, no interponiendo obstáculos a la venida del Señor en nosotros.
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