Una obra de misericordia a la semana con… Carlo Miglietta | 7. ENTERRAR A LOS MUERTOS

17 de October de 2025

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La Iglesia no afirma la inmortalidad del alma, sino que en su “Credo” proclama: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna” (Símbolo de los Apóstoles); “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” (Símbolo Niceno-Constantinopolitano), como recuerda la Segunda Lectura (1 Cor 15,20-26).

Asimismo, la Iglesia Católica proclamó con Pío XII en 1950 la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, prototipo de todo creyente. San Justino señalaba: “Cuando encuentres a quien se llama cristiano, pregúntale: «¿Crees en la resurrección de los muertos o en la inmortalidad del alma? Si te responde: «La inmortalidad del alma», no es cristiano»”.

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Enzo Bianchi reflexiona: “Parece que la resurrección de la carne, la de nuestros propios cuerpos, es la «cosa» más extraña que la fe cristiana nos pide creer. Los estudios sociológicos revelan que, si bien la mayoría cree en Dios, ni el 20% cree en la resurrección de la carne… Al hablar del más allá, surgen confusiones y se alude a la reencarnación (noción difundida apenas hace un siglo por el espiritismo). Muchos ignoran que en las religiones orientales la reencarnación es una condena de la cual urge liberarse”.

La revelación bíblica ensalza la dignidad del cuerpo humano, llamado a la redención: “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Cor 6,13). Dios mismo ama nuestro cuerpo, morada del Espíritu Santo (1 Cor 6,19).

En la consumación escatológica, nuestros cuerpos serán transformados: “Se siembra corruptible, resucita incorruptible; se siembra vil, resucita glorioso; se siembra débil, resucita lleno de fuerza” (1 Cor 15,42-44). Serán nuestros propios cuerpos, en auténtica continuidad e identidad glorificada, al igual que Cristo resucitado, a quien sus discípulos pudieron tocar y con quien compartieron la mesa (Lc 24,41-43; Jn 20,27).

Ya desde el Nuevo Testamento la resurrección corporal fue incomprendida en Corinto, obligando a san Pablo a prevenir contra visiones puramente alegóricas (2 Tim 2,16-18). Como afirmó el justo Job: «Esta carne mía verá al Salvador» (Job 19,26-27).

Enterrar a los muertos

El Antiguo Testamento testimonia la reverencia hacia los difuntos: Abrahán sepulta a Sara (Gén 23,6); José entierra a Jacob (Gén 50,7.14); y Tobit arriesga su vida y sus bienes para dar digna sepultura a los hermanos fallecidos (Tob 1,17-20), perseverando en esta Obra de Misericordia frente a las burlas de sus vecinos (Tob 2,1-9).

En el Evangelio, la mujer en Betania unge anticipadamente el cuerpo de Jesús para la sepultura (Mt 26,6-16); José de Arimatea pide con valentía el cuerpo del Señor a Pilato depositándolo en su propia tumba (Mt 27,57-60); y Nicodemo aporta valiosas esencias aromáticas (Jn 19,38-42).

El libro del Eclesiástico nos exhorta: “Hijo, derrama lágrimas por un muerto y entona el lamento; sepulta luego su cuerpo según su rito y no descuides su sepultura” (Sir 38,16).

La pastoral del duelo

Las comunidades parroquiales deben contar con agentes capacitados para acompañar el duelo y liberar este momento sagrado del mercantilismo consumista.

El funeral cristiano no es un homenaje mundano a la biografía del difunto, sino la proclamación solemne del Misterio Pascual de Cristo resucitado. Tal como advertía Mons. Cesare Nosiglia: “Conviene evitar discursos personales improvisados durante la despedida litúrgica, reservando recuerdos testimoniales para la vigilia o el cementerio, y manteniendo el ambón consagrado con exclusividad a la Palabra divina”.

Símbolos ajenos, músicas profanas o aplausos desvirtúan el sentido de las exequias, cuya finalidad es encomendar el alma a la divina Misericordia.

La cremación es admitida siempre que no responda a intenciones opuestas a la fe. No obstante, la Iglesia no autoriza esparcir las cenizas porque «impide la posibilidad de expresar con referencia a un lugar preciso el dolor personal y comunitario. Además, dificulta el recuerdo de los muertos, extinguiéndolo antes de tiempo. Para las generaciones sucesivas, la vida de quienes las precedieron desaparece sin dejar rastro» (Ritual de Exequias, n. 165), desaconsejando también guardarlas en el ámbito doméstico privado.

Resulta fundamental acompañar a los deudos con cercanía solidaria tras el sepelio, brindando ayuda fraterna en sus necesidades humanas y espirituales.

“En el servicio pastoral de las exequias anunciamos con firmeza una comunión mayor que la separación y una vida más fuerte que la muerte” (Mons. C. Nosiglia).

Imagen creada digitalmente por spazio + spadoni

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