Visitar a los enfermos: comentario de la Pastoral de la Salud

13 de May de 2025

Redacción
Italia Italia

Visitar a los enfermos y compartir
Estar junto a quien sufre significa no dejarlo solo y compartir con él el peso de la enfermedad.

Del portal de la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud de la CEI, el comentario a la quinta Obra de Misericordia corporal (por don Carmine Arice, director del Secretariado Nacional para la Pastoral de la Salud 2012 – 2017).

La misericordia concreta en el juicio evangélico

En el relato evangélico del juicio final (cf. Mt 25,31-46) resuena la amonestación de Jesús: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Es una advertencia certera, pues al atardecer de la vida seremos examinados en el amor y no en las buenas intenciones. Ni siquiera nuestro acto de fe resulta suficiente para ser reconocidos bienaventurados por el Padre de Jesucristo, pues «la fe actúa por el amor» (Gál 5,6), nos recuerda el apóstol san Pablo.

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La misericordia «se hace». Escribía el Papa Francisco en la Bula de convocación del Año Jubilar: «La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo» (Bula n. 6). Por esta razón, la Iglesia proclama las Obras de Misericordia.

La quinta Obra de Misericordia corporal es visitar a los enfermos. Bien podemos entender que en el verbo «visitar» se halla implícito el de asistir y cuidar. La visita a los enfermos constituye un momento de gracia donde la comunidad eclesial acerca la luz del Señor a quienes padecen dolor, asumiendo con humildad que Cristo Jesús se identificó de forma plena con el enfermo, no con el visitante.

La sacramentalidad de la persona enferma

Revestido de «sacramentalidad crística», el enfermo invita al visitante a compartir un espacio de despojo, fragilidad y pobreza. Él encarna a la comunidad creyente que anhela contemplar el rostro de Cristo llagado. Al percibir esta sacramentalidad y su dignidad inquebrantable, el visitante ingresa en la estancia del doliente con delicadeza y reverencia profunda.

El sufrimiento y la enfermedad asaltan al ser humano como salteadores; del mismo modo que en la parábola del buen samaritano golpearon al hombre herido. Sumada a la molestia física, la persona enferma padece una soledad que en sus trances más agudos puede convertirse en desconsuelo.

El dolor aísla

«Quien sufre con intensidad contempla desde su quebranto, con dolorosa lucidez, el mundo exterior: todos aquellos pequeños artificios en los que habitualmente flotan las cosas ante una mirada saludable se han disipado; más bien, se sitúa ante sí mismo despojado de adornos y de vanos colores».

La dolencia, la indigencia y la aflicción lastiman profundamente a la persona, aunando al quebranto corporal una herida moral. El despojo con el que el herido queda en la narración evangélica simboliza el pudor herido de todo enfermo. En su interior anidan siempre, aun sin palabras, la sed de sentido y la carga de sus inquietudes vitales.

Visitar al enfermo supone ofrecer con mesura, caridad y destreza una compañía que permita vadear juntos la tormenta de la enfermedad, mitigando el aislamiento y haciéndole sentir, aun postrado en cama, que sigue siendo miembro vivo e insustituible de su comunidad de fe.

Presencia cercana y atención en el hogar

Conviene advertir que, cada día más, los enfermos y ancianos dependientes habitan en sus propios hogares y no en centros hospitalarios o residenciales. Por consiguiente, se vuelve inaplazable un despliegue cercano de agentes pastorales cualificados que, además de acudir a los hospitales, frecuenten las casas de quienes pasan sus jornadas en cama, muchas veces en soledad.

Debe considerarse que, si la visita del Ministro extraordinario de la Comunión atiende primordialmente a los creyentes que piden la Eucaristía, la visita a los enfermos se abre fraternalmente a todos los enfermos de la parroquia y de los entornos de salud.

La fecundidad del acompañamiento pastoral de ayuda

Dado que la fecundidad de la relación pastoral de ayuda descansa en gran medida en los dones humanos y espirituales de quien la brinda, conviene subrayar algunas atenciones que el agente pastoral debe atesorar, sin pretensión de agotar la materia.

El visitador pastoral no traslada un objeto, sino que da testimonio de Alguien: mediante la entrega de sí, de su tiempo y de un corazón hospitalario que abraza la biografía del doliente en su vulnerable singularidad (no existen enfermedades abstractas, sino personas concretas que sufren).

En su encuentro con el enfermo, el agente sabe acoger tanto sus instantes de protesta como los de serena aceptación, ambos igualmente dignos. El centro del encuentro que marca los tiempos de la conversación es el propio enfermo, quien posee el pleno derecho de manifestar cuanto experimenta en su interior hasta clamar, como Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34).

Por ello, se requiere del visitador una capacidad de escucha atenta a los signos verbales y corporales del enfermo, brindando una comprensión cordial que le permita sentirse genuinamente escuchado y confortado.

Estas actitudes del acompañante colaboran a que el doliente dote de sentido redentor su vivencia, adquiriendo una hondura «sacramental»; brindadas con gratuidad, ternura y rectitud facilitan, según los tiempos de cada cual, el encuentro con Cristo Médico en la oración, la Palabra de Dios y los sacramentos.

Tengamos siempre presente que, cuando por motivos diversos no sea factible orar junto al enfermo, siempre resultará fecundo, en la quietud de la oración personal, interceder por él.

(Texto de noviembre de 2016)

Imagen creada digitalmente por spazio + spadoni

Fuente: Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud de la CEI

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