La obra de misericordia corporal “visitar a los presos” vista a través de las pinturas de algunos artistas
Podemos imaginar qué pasa por la mente de un recluso: remordimientos, odio, culpa, afectos; pero lo que cruzó la mente y el corazón de San Pedro mientras estaba en prisión, jamás podríamos imaginarlo.
Con certeza su fe en el auxilio divino, por mediación de su amigo y maestro Jesús, nunca lo había abandonado, pero recibir la visita de un ángel debió de haber sido maravillosamente inesperado.
Esta obra de misericordia nos fue relatada, si bien con diferentes propósitos, por Rafael Sanzio en las Estancias Vaticanas. La obra lleva por título “La liberación de San Pedro” y fue realizada para la Estancia de Heliodoro entre 1513 y 1514 por Rafael, a quien los críticos de su tiempo ya consideraban “el Pintor”, es decir, aquel que pinta por gracia de Dios, por don natural y alcanza la perfección.
A pocos metros de distancia, en la Capilla Sixtina, trabajaba Miguel Ángel, a quien Rafael admiraba sinceramente. Sin embargo, frente al tormento, la duda y la angustia de Miguel Ángel, Rafael antepuso la armonía del conjunto nacida de su visión de un mundo ordenado por la gracia divina, a la que atribuía cada triunfo y ante la cual siempre permanecería serenamente agradecido.
El espacio disponible para el maestro en la sala era reducido por hallarse interrumpido por una ventana, mas logró disponer los elementos con tal maestría arquitectónica que solo permite percibir la belleza del pasaje evangélico (Hechos 12, 5-12).
En el centro de la escena, tras los barrotes, la intensa luz del ángel, manifestación de la intervención divina, hace relucir las corazas metálicas de los soldados dormidos. A la derecha, custodiado por el ángel, Pedro, con rostro resignado y marcado por la dureza de la prueba, contempla cómo caen sus cadenas, pasa junto a los guardianes sumidos en un sueño sobrenatural y avanza hacia la libertad: es la certeza del milagro consumado.
Lo que dota de magnificencia a esta obra es la luz multiplicada en sus distintas zonas: la fría claridad blanca de la luna creciente entre las nubes, el horizonte enrojecido del alba y el destello de las antorchas. Esas luces que rasgan la oscuridad de la celda, el resplandor del ángel que hace patente la misericordia de Dios y cada pormenor minuciosamente concebido hacen que el pasaje resulte realista, natural y ante todo profundamente conmovedor.
De un matiz enteramente distinto es el presidio de Portoferraio de Telemaco Signorini (1835-1901), pintor macchiaiolo toscano, quien muestra a otros presidiarios formados para rendir honores a un grupo de visitantes, obra realizada entre 1893 y 1894, hoy expuesta en el Palacio Pitti.
Los presos se encuentran alineados en dos filas paralelas y opuestas, abriendo paso a un reducido grupo de guardias y autoridades orgullosos de su cargo. Los grilletes en las muñecas, los uniformes raídos y los rostros que reflejan una forzada sumisión evidencian el profundo abatimiento psicológico de su condición.
Para plasmar con autenticidad y realismo la visita a los reclusos de Portoferraio, Signorini situó en primera línea al conocido bandolero lucano Carmine Crocco. La iluminación acentúa el sentido dramático al dirigir la mirada al centro del recinto desierto, hacia hombres dispuestos en perspectiva, desvalidos e igualados por la condena. Prescinde así de todo detalle accesorio para acentuar el peso inexorable del castigo que la sociedad, a veces injustamente, ha impuesto al ser humano.
La situación de grave penuria social, moral y física soportada durante siglos por los condenados en presidios penales —abolidos por la comisión Ricasoli en 1862 y en 1891 por el ministro Zanardelli— ya desde el siglo XVI había sido objeto de preocupación de los pontífices.
A finales del siglo XVI, el papa dispuso la creación de un comisario defensor de los derechos de los reclusos, ordenando garantizar una atención espiritual mínima: “Haya imágenes de N. S. Jesucristo, de la Gloriosísima Virgen María y de los santos … procurando que se confiesen y comulguen … entregándoles un rosario bendito” (V. Paglia 1980).
El lienzo de Signorini ya no se corresponde con la realidad penitenciaria contemporánea, más moderna y permisiva; sin embargo, el sufrimiento del encarcelado sigue siendo profundo. Timothy Schmalz, escultor contemporáneo, conmueve con soluciones plásticas que constituyen una llamada de atención en todo el mundo. De hecho, resumió la obra de misericordia de visitar a los presos en una escultura que prescinde de la figura humana completa.
Los dos brazos que parecen debatirse hacia el exterior, constreñidos por recios barrotes, expresan más que un rostro sumido en el dolor. Son las manos llagadas de Cristo que reclaman Misericordia; constituyen una petición de auxilio más elocuente que las palabras, orientada a conmover los corazones endurecidos.
Los reclusos, expuestos con frecuencia al desprecio, buscan repetidamente el perdón, tal como refleja la oración compuesta en 1958 por un interno de la prisión de Regina Coeli en Roma, recogida al inicio de “La Iglesia en prisión”, libro de Antonio Parente: “Haz que la justicia de los hombres dependa de Tu divina justicia y que la pena que padecemos sea expiación de aquellas culpas que solo Tú conoces y de las cuales solo Tú redimes … Devuélvenos el honor, anuda de nuevo los lazos de amor, consuela a los nuestros, apresura el día de nuestra liberación”.
Esta obra de misericordia que la Iglesia nos encomienda resulta sin duda una de las más exigentes, mas siendo inagotables los caminos del Señor, es posible hallar una vía hacia los centros penitenciarios, en particular con la guía del capellán, para llevar asistencia moral y espiritual a estos hermanos afligidos.
Imagen de portada: Wikipedia

Italia



