La casa que falta, la casa que permanece

15 de octubre de 2026

Hogares de migrantes
La necesidad de estar conectados; la frugalidad de la cocina; la oración…

Existe una diferencia, sutil pero terminante, entre tener un techo y tener un hogar. Quien trabaja a diario junto a personas migrantes lo aprende con premura, no en los manuales sino en las habitaciones que se recorren por oficio: aquellas viviendas de alquiler, con frecuencia excesivamente caras para lo que brindan, donde la humedad asciende por los muros como una segunda voz, donde la cama representa un turno y no un refugio. Personas depositadas allí, podría decirse, del mismo modo en que se deja una herramienta precisa para la madrugada: listas para ser recogidas con el alba para la faena en los campos, en las obras, en los fogones ajenos. Casas-dormitorio, cocinas engrasadas por el cansancio antes que por el desdén, moho que reaparece cada otoño como una estación inmutable en el calendario de quienes carecen de voz para reclamar algo mejor.

No es una cuestión de mera estética. Es una cuestión de dignidad, y la dignidad, bien se sabe, no es un lujo que se concede cuando sobra lo demás. Es lo primero que se arrebata cuando se reduce a un individuo a mano de obra y no se le reconoce como un ser humano con una existencia por habitar. Una casa húmeda, oscura, abandonada al descuido, le dice a quien la mora: aquí no vales lo suficiente como para merecer un trato mejor. Y lo manifiesta a diario, en silencio, en la manera en que el revoque se desprende o en el hecho de que nadie, jamás, indague si ese espacio hace sentir a uno como en casa.

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Porque habitar, en su auténtico sentido, es un verbo que exige tiempo y libertad de elección. Se habita un hogar cuando se tiene la posibilidad de cuidarlo: colgar un detalle en la pared, disponer la ubicación de una silla, mantenerlo aseado no por imposición sino por cariño hacia el espacio en que se vive. Es el mismo ademán que todos compartimos al retornar a casa: acomodar un cojín, regar una planta, fregar un plato pensando ya en la jornada venidera. Pequeños actos que afirman: este lugar me pertenece y yo pertenezco a él. Quien, por el contrario, sobrevive en un cuarto de paso, compartido hasta el infinito mediante turnos rotativos, carece del tiempo y del respiro para tales gestos. Es entonces cuando la casa deja de ser un hogar y deviene un mero lecho para pernoctar, a la espera de una nueva partida.

Esta herida se torna más honda, para quien llega desde tierras lejanas, con otra ausencia irreparable: la de la casa en la patria. A lo largo de mi labor como mediador intercultural he escuchado incontables veces el relato de aquel hogar perdido, y he comprendido que el recuerdo de un lugar jamás es neutro ni unívoco. Hay quien custodia la imagen de una pieza modesta, colmada sin embargo de voces, aromas de cocina y el reclamo materno para el almuerzo. Hay quienes, por el contrario —y abundan las vivencias provenientes de África o de Asia—, rememoran casas amplias y concurridas, colmadas de familias numerosas con muchos niños, donde el bullicio alegre nunca declinaba y las puertas permanecían francas durante toda la jornada, dentro de una comunidad que se tendía la mano a través de umbrales carentes de cerrojo. Y hay, finalmente, quienes arrastran consigo el recuerdo de hogares marcados por la guerra o la miseria, moradas abandonadas a la carrera para salvar la vida, que en la memoria ya no constituyen un cobijo sino una llaga abierta. Para todas estas personas, desde distintas vivencias, esa memoria se convierte en una medida silenciosa con la que se juzga cada nuevo alojamiento, encontrándolo siempre deficitario: carente de voces familiares, huérfano de puertas abiertas o de cerrojos protectores, desprovisto de esa trama fraterna que un hogar, en otro confín, supo resguardar.

En ambos escenarios, lo que falta es la oportunidad de echar raíces, aunque sean pequeñas, aunque sean temporales. Una raíz no precisa ser eterna para ser genuina: requiere únicamente un poco de tierra fértil. Y la tierra buena, para quien migra, se compone también de paredes secas, de una puerta que se cierra para dar resguardo, de un espacio proyectado para ser vivido y no solo mercantilizado.

Por ello, cuando visito hogares esmerados, aquellos en los que una familia migrante ha logrado, acaso tras años de esfuerzo, forjar su propio micromundo —las cortinas elegidas con esmero, las fotografías en el refrigerador, el aroma de un guiso de su tierra entrelazado con el del nuevo destino—, comprendo que allí ha acontecido algo infinitamente más trascendente que la firma de un contrato de alquiler. Ha sucedido que alguien ha podido reanudar el acto de habitar en su sentido más pleno: no solo permanecer, sino vivir. Y es precisamente allí donde se palpa, mejor que en cualquier discurso, la dignidad que una comunidad está dispuesta a otorgar a quien acoge.

Existe además un protagonista que con excesiva frecuencia queda relegado a la penumbra de esta crónica, pese a ostentar un peso determinante: el empleador. Ocurre, y lo he constatado reiteradamente a lo largo de mi trayectoria, que a quien contrata a una persona migrante le resulta casi indiferente la vivienda en que esta reside: una solución de bajo coste, catalogada a menudo como poco decorosa por el propio patrón, pero considerada admisible por ceñirse estrictamente al lapso del contrato, es decir, al periodo en que el trabajador resulta útil. Concluida la necesidad productiva, concluye el interés por el techo que lo resguarda. No siempre sucede así, afortunadamente: hay empleadores que se convierten, por el contrario, en la primera garantía efectiva para acceder a una vivienda digna y regularizada, respaldando con su propia firma un contrato de arrendamiento que de otro modo nadie habría concedido. No obstante, junto a estos dos extremos se sitúa una anomalía más sutil e igualmente grave: la vivienda ficticia, facilitada por el empleador únicamente en el papel para cumplimentar los requisitos habitacionales exigidos por los trámites de reagrupación familiar. Un domicilio existente en las actas pero ausente de la vida real de quienes debieran ocuparlo: otra modalidad en la que la dignidad del habitar se supedita a una conveniencia burocrática en lugar de ampararse como un derecho inalienable de la persona.

Una vivienda digna no es una prerrogativa que deba conquistarse mediante el agotamiento del trabajo precario. Es un derecho fundamental que antecede al empleo, pues ningún ser humano debería ser tratado como mera fuerza laboral antes de ser reconocido como una persona que necesita, sencillamente, un rincón al que regresar y en el que sentirse en casa.

Foto de Massimo Buccarello

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