Salmo XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

20 de agosto de 2026

salmo

El Salmo 137 puede ser definido “el canto de la llamada universal” a causa de la expresión: “Todos los reyes de la tierra alabarán al Señor, cuando oigan las palabras de su boca” (v. 4). Es un himno de agradecimiento, el primero de un fascículo de ocho Salmos que la antigua tradición judía había atribuido a David (138-145). En realidad, un análisis más preciso de estos cantos hace pensar en una época posterior, tal vez postexílica. El poema se desarrolla en tres momentos.

  1. Se comienza con un agradecimiento del orante (vv. 1-3) que está invocando a su Señor en el marco del santuario de Sión: “Me postro hacia tu santo templo” (v. 2). El salmista está seguro de que el “nombre” (“doy gracias a tu nombre”), es decir, la persona de Dios, y su amor fiel, no permanecen indiferentes ante la invocación del justo. En el día del peligro la súplica dirigida al Señor no termina contra un cielo sordo y mudo, sino que recibe atención: “El día en que te invoqué, me respondiste, acrecentaste en mí la fuerza” (v. 3). La imagen es sugerente: Dios entra en la vida de una persona con una irrupción vehemente que hace fecundo y vigoroso todo el ser del fiel.
  2. Ante este himno de gratitud, el salmista en la segunda parte de su canto imagina una especie de reacción planetaria: todos los reyes de la tierra se asocian a él en una alabanza universal en honor de la grandeza y potencia soberana de YHWH (vv. 4-6). Ahora bien, esta dimensión universalista es una característica de la profecía postexílica, presente en el Segundo Isaías (Is 40-55), el profeta del regreso de Israel del exilio babilónico (siglo VI a. C.). Pero el Señor es, sí, “excelso”, pero “mira hacia el humilde” con ternura, mientras que “desde lejos dirige la mirada al soberbio”, es decir, de arriba a abajo y con desprecio (v. 6).
  3. Tras esta apertura sobre el horizonte universal, el orante implora una ayuda constante también para las nuevas angustias que embestirán su existencia del mañana. El Salmo se cierra con una última profesión de confianza con respecto a Dios: “El Señor completará para mí su obra… Él no abandonará la obra de sus manos” (v. 8), es decir, su criatura, obra maestra de su amorosa bondad y de su acción salvífica.

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