La inmensidad de las estepas mongolas refleja una historia milenaria de armonía profunda y frágil equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Hoy, sin embargo, este vínculo ancestral corre peligro de quebrarse ante el avance inexorable de la aridez y el deterioro ambiental. En el marco de la COP17 en Ulán Bator, la voz de alerta de la comunidad internacional y misionera resuena con fuerza: la degradación del suelo y la desertificación golpean ya a casi el 77% del territorio nacional, amenazando directamente la subsistencia de más de un tercio de la población dedicada al pastoreo tradicional.
Una crisis ambiental que golpea a las familias rurales
«La desertificación en Mongolia se ve a simple vista», afirma la hermana Sandra Garay, misionera de la Consolata y directora ejecutiva de Cáritas Mongolia. Al recorrer las zonas rurales fuera de la capital, los signos del declive ecológico resultan evidentes: los manantiales desaparecen, la vegetación retrocede y las tormentas de arena se han triplicado respecto a los años sesenta.
A este panorama se suma el dzud, un fenómeno climático extremo marcado por inviernos implacables que suceden a veranos de sequía extrema. Tan solo en el bienio 2023-2024, casi ocho millones de animales perecieron por las heladas y la falta de forraje. Para los pastores nómadas, perder el ganado equivale a perder todo su sustento y caer de inmediato en la pobreza absoluta.
Dar de beber al sediento: custodiar la vida y la dignidad
En medio de una tierra sedienta y comunidades vulnerables, la solidaridad encarna de manera concreta la obra de misericordia corporal de dar de beber al sediento. En la estepa mongola, este mandato evangélico supera la ayuda de emergencia: constituye una acción fundamental de justicia ecológica para proteger los acuíferos, rehabilitar pozos comunitarios y optimizar el uso de las escasas reservas de agua.
Saciar la sed de las personas y de los suelos significa defender la dignidad humana, frenar la migración forzada hacia las periferias urbanas y asegurar el porvenir de la vida comunitaria y la biodiversidad.
Metodologías sostenibles y esperanza para el porvenir
La respuesta a esta emergencia se materializa en proyectos de restauración ecológica. Sobresale la técnica de las «medialunas», zanjas semicirculares de recolección que capturan el agua de lluvia, incrementan la humedad del suelo y revitalizan los pastos degradados.
Asimismo, la construcción de invernaderos solares pasivos y la formación en agricultura orgánica permiten a los pequeños productores diversificar sus ingresos familiares, fortaleciendo la resiliencia frente a los impactos del cambio climático.
«Cuidar la tierra significa cuidar a las personas», concluye con convicción la hermana Garay. Responder a la sed de la estepa mediante el compromiso fraterno es un testimonio vivo de misericordia, fraternidad universal y custodia de la Creación.
Imagen creada digitalmente por spazio + spadoni
Fuente: Agenzia Fides

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