El banquete escatológico
Lecturas: Is 25,6-10; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14
El banquete es para la Biblia un signo profundo de compartir y de fraternidad. La familia consolida en la comida común las relaciones recíprocas entre sus miembros (Sal 128,3; 1 Sam 1,1-8; Jue 19,4-8). Pero el banquete es también momento de vínculo profundo con otras personas fuera del núcleo familiar. Comer en la misma mesa es establecer relaciones de comunión: quien comparte la comida, fuente de vida, se compromete a compartir también la vida misma del comensal. El banquete se sitúa por tanto como sello de reconciliaciones, de alianzas oficiales, de pactos de amistad (Gn 26,26-31; 31,43-54; Éx 18,12; Jue 9,26-29).
Cuando Dios quiere expresar el máximo de unión con el hombre, en el Apocalipsis, lo hace con una imagen de banquete: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo vendré a él, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Jesús, para expresar la intimidad con Dios en el Reino, habla del gran banquete nupcial escatológico, al que son admitidos solo aquellos con vestidura blanca (Evangelio: Mt 22,1-14), los que son sabios y vigilantes (Mt 25,1-12), y en el que participan “muchos de oriente y de occidente, que se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt 8,11), aunque sean “pobres, lisiados, ciegos y cojos” (Lc 14,21).
El banquete no expresa solo comunionalidad: es signo de la fiesta, de la alegría. Isaías describe la alegría del “Día del Señor” final como “un banquete de manjares suculentos, de vinos exquisitos” (primera Lectura: Is 25,6). Y cuando Jesús quiera expresar la alegría del Reino, presentará el futuro de los creyentes como un gran banquete (Evangelio: Mt 22,1-14; cfr. 8,11; 25,1-14; Lc 12,35-38; 13,29; Lc 14,15-24): el discípulo será invitado a tomar parte en ese convite que Jesús define «la alegría del Señor»: “¡Bien, siervo bueno y fiel…: entra en el gozo de tu señor!” (Mt 25,21). Banquete estupendo en el que el Señor se hará siervo: “El señor…, en verdad os digo, se ceñirá sus vestidos, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirles” (Lc 12,37).
Cada Eucaristía es preludio y signo del gran banquete escatológico: “La Eucaristía… es siempre realidad intermedia o convocación parcial entre el banquete pascual de Jesús y el festín universal de las naciones al que necesariamente remite y que prepara de vez en cuando… Por esto, desde la primera generación cristiana, participar en la Eucaristía significaba recibir un «germen de inmortalidad», un «antídoto contra la muerte», un «ius ad gloriam» también para nuestro cuerpo, una prenda y una fianza, en definitiva, de la resurrección – transfiguración final… La Eucaristía no es solo un banquete conmemorativo, sino también anticipativo, porque la Pascua del Señor es ya victoria segura sobre la muerte y sobre todos los poderes adversos… Así, cada celebración eucarística es «viático», etapa en el camino de la esperanza hacia la «tierra prometida», pero a la vez nueva fuerza para colmar de la gloria de Cristo toda realidad presente” (P. Visentin). La Eucaristía “forma parte de las realidades que Cristo prepara para aquellos de entre sus fieles que están aquí abajo en camino «hasta que él venga»” (S. Legasse).
Decía Pablo VI: “Es la Misa, esta celebración de nuestra recurrente fortuna de podernos encontrar con Cristo, no solo por vía de memoria, de símbolo, de promesa, sino por vía asimismo y principalmente de verdadera y viva comunión…, nuestra fuerza, nuestro alimento, nuestra felicidad, nuestro éxtasis humilde y bienaventurado que concede a nuestra fatigosa y concreta existencia terrena gustar un inefable preludio de la vida celestial; es nuestro misterioso encuentro diario, en el signo de su cruz, con el Cristo glorioso a la diestra del Padre”. De verdad entonces “todo lo puedo en aquel que me conforta” (segunda Lectura: Flp 4,13).

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