La obra de misericordia corporal «dar de comer al hambriento» vista a través de los cuadros de varios artistas
Muchos artistas se han consagrado a plasmar la belleza de las obras de Misericordia, bien consideradas de forma individual, bien como punto de partida de un milagro o acontecimiento extraordinario.
Dar de comer al hambriento es una necesidad inherente al ser humano a la que Dios quiso atender en primer lugar. En el Antiguo Testamento encontramos continuos pasajes que dan fe del amparo compasivo del Señor hacia su pueblo.

Guido Reni (1572-1642), maestro boloñés, trabajó en la catedral de Rávena entre 1614 y 1616, donde plasmó el pasaje de Moisés y la recogida del maná: «Al atardecer comeréis carne, y por la mañana os saciaréis de pan; y sabréis que Yo soy el Señor vuestro Dios».
En este gran lienzo, Moisés, cubierto por su amplio manto rojo y secundado por Aarón, proclama el designio divino y alza la mano para inaugurar el milagro. En la parte inferior, los hebreos preparan sus vasijas para recoger el maná que dos ángeles dejan caer desde una nube oscura, mientras otros dirigen sus brazos al cielo.
La muchedumbre representada al fondo exhibe tonos claros y etéreos, similares a la luz del alba que disipa la noche para brindar alivio y consuelo a los corazones.
De este modo, durante cuarenta años se alimentaron de carne y pan con sabor a tortas de miel: un prodigio con el que Dios, en su infinita misericordia, respondió a las quejas de su pueblo.
Atender a los necesitados fue asimismo la encomienda que Jesús planteó a Felipe al contemplar a la multitud congregada. El apóstol expresó la inviabilidad práctica del encargo, pero Andrés se atrevió con lo insólito: «aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces…». Eran alrededor de cinco mil hombres. ¡Jesús provee!
Giovanni Lanfranco (1582-1647) recreó este pasaje del Evangelio en 1624-1625, alumbrando una obra de arte albergada en la National Gallery of Ireland.
En la pintura, Jesús preside la escena situándose en el centro de la composición. El Mesías, sereno y a la vez dinámico, abre los brazos y ofrece el pan con sus propias manos. Los apóstoles, conmovidos por el prodigio, reparten el alimento, mientras la multitud se dispone a saciarse.
Mientras en primer término un niño abre la boca para recibir el alimento que le brinda su madre, un joven sentado a los pies de Jesús contempla al Salvador con admiración.
Llama la atención la actitud de este joven, quien señalando con el índice hacia lo alto manifiesta ante un apóstol la grandeza y la clemencia divinas.
El colorido cumple una función determinante: el tono rojizo de la vestidura de Cristo cautiva la mirada y la conduce reiteradamente al protagonista. Todo ensalza el misterio, desde la cesta rebosante de panes hasta la apacible claridad que baña los árboles, praderas y nubes.
La compasión de Dios superó la perplejidad de los discípulos, quienes obedecieron de inmediato para alimentar a todos los presentes.
La tradición del pan de San Antonio tiene su origen en un milagro acaecido tras la construcción de la basílica de Padua (1310), recogido al fresco por Girolamo Tessari en 1524 en la sala de audiencias del recinto.
La madre de un niño ahogado por un descuido imploró a San Antonio la salvación de su hijo, prometiendo donar a los necesitados tanto pan como el peso del pequeño. El milagro se obró, y desde entonces los devotos mantienen la costumbre de ofrecer caridad a las madres vulnerables.
En 1662, el pintor flamenco Willem Van Herp (1614-1677) plasmó esta devoción en una obra custodiada en la National Gallery de Londres, en la que frailes entregan limosna y hogazas a los pobres siguiendo el mandato franciscano.
Las figuras se caracterizan por una gran riqueza gestual y ropajes diversos, resaltados por contrastes lumínicos que enaltecen la vivencia espiritual.
Dios obra aquí a través de la intercesión de San Antonio, capaz de movilizar las voluntades ante la penuria comunitaria.
Sin distinciones entre ricos o desposeídos, sanos o enfermos, este testimonio nos instruye en el ejercicio sincero de la caridad.
No se nos pide nada fuera de nuestro alcance; sin embargo, estas escenas nos exhortan a tomar conciencia del hambre y del desperdicio, impulsándonos a vivir la misericordia con obras tangibles.
Imagen de portada: Wikipedia

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