Como misionera, en nuestras comunidades de Villaregia en Puerto Rico y en la República Dominicana, acogemos con frecuencia a jóvenes deseosos de vivir una breve experiencia misionera. Comparto con ustedes el testimonio de Gabriela M. Morales Reyes, puertorriqueña, que estuvo en San Juan de la Maguana, en la República Dominicana.
El relato de Gabriela M. Morales Reyes
Deseo compartir lo vivido durante esta misión, siendo esta mi segunda experiencia tras haber realizado la primera en el verano de 2024.
El resumen que mejor describe todo en detalle es la palabra amor, porque eso fue exactamente lo que viví. No hubo un solo día en que no me sintiera amada.
Cada día fue una respuesta de amor de parte de Jesús: en el detalle de cada acogida, en la fraternidad comunitaria, en la compañía de cada persona del grupo e incluso en el dolor, fui profundamente amada.
Todos los días tuve encuentros personales con Jesús: desde su sagrario en la casa de acogida, en la sonrisa de cada niño, al mirarme al espejo, en los abrazos cálidos, en la celebración diaria de la misa, en la reflexión, en su propia Palabra, durante los traslados, en su creación y, de manera especial, en cada persona visitada.
Durante esta misión, viví también la partida física de mi abuelo paterno. De ese duelo comparto la paz que experimenté por haber aprovechado el tiempo a su lado y cómo el mismo Jesús me permitió sanar esa herida.
También experimenté dudas, incertidumbres y temor. Dicho temor surgió, entre otras cosas, al tener que guiar por completo una celebración de la Palabra, tarea para la cual no me consideraba digna ante tan gran privilegio concedido por Jesús.
De esta vivencia me llevo una profunda gratitud, no solo por la libertad recibida, sino también por la gracia y la bendición de acogerlo y conocerlo más cada día.
El encuentro con Materma
Entre tantos encuentros, hubo uno que me marcó especialmente. Una señora llamada Materma nos recibió en el balcón de su casa, en su silla de ruedas, y nos compartió su realidad: desde hace seis años, a causa de una caída, no puede alimentarse por sí misma y depende de lo que sus vecinos o visitantes le acercan para comer.
Su historia dejó una huella profunda en mí, una invitación a seguir agradeciendo y a vivir con intencionalidad, teniendo presente que hay personas que jamás deben ser olvidadas en nuestra conciencia.
Un tiempo de gracia y despertar
Fue también un tiempo para reflexionar y desconectar, a pesar del servicio, la entrega y el cansancio, pues aprendí a vivir y a dar vida mediante la simple presencia y la escucha atenta.
Fue asimismo una oportunidad para valorar a quienes no tenía cerca, como mi familia.
Fue un viaje de revelación y despertar que quitó la venda de mis ojos y de mi corazón, permitiéndome reconocer lo bendecida que soy al contar con todos los recursos esenciales, además de todas las gracias con las que Papá Dios ha colmado mi vida.
En resumen, ha sido un tiempo de gracia, profundización y encuentro personal.
Foto de Gabriela M. Morales Reyes

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