La Obra de misericordia espiritual «corregir al que yerra» a través de algunas obras maestras
Domenico Fetti (1589-1623), pintor italiano del primer barroco, realizó en 1619 esta obra conservada en el Metropolitan Museum, centrada en «corregir al que yerra» conforme al relato evangélico.
La corrección fraterna requiere un equilibrio humano, una labor interior enriquecida por un hondo sentido de fe y misericordia. El papa Francisco, en una homilía en Santa Marta dedicada a la corrección fraterna, enseña: si no eres capaz de hacerla con amor, con caridad en la verdad y con humildad, ofenderás… como dice Jesús: «Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo»; reconoce que eres más pecador que el prójimo, ¡pero tú, como hermano, debes ayudar a corregirlo!
La corrección a menudo debe ejercerse con firmeza y entereza por quien ostenta una autoridad particular, como la demostrada por Jesús al expulsar a los mercaderes del templo con santa indignación, restableciendo la sacralidad del recinto y ratificando la primacía de la voluntad de Dios.
En el cuadro de 1872 de C. H. Bloch, dentro de la agitación propia de un mercado, entre vendedores de ropas coloridas, asombrados pero no sublevados, Jesús alza su brazo para advertir sin lastimar a nadie, señalando la salida y volcando las mesas. El Maestro de quien aprender a afrontar toda encrucijada vital, incluso la más adversa, es Jesús, de quien aprendieron tantos santos insignes. El Evangelio abunda en pasajes sobre el pecado y los pecadores.
Jesús proclama: «Es imposible que no vengan escándalos, pero ¡ay de aquel por quien vienen!… Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Advierte y orienta hacia el sendero de la conversión.
Domenico Piola, en el lienzo del siglo XVII custodiado en el Palazzo Spinola de Génova, sitúa al Maestro en el centro de la escena, sentado en medio de un auditorio; señala a un niño ante los presentes quienes, gesticulando abiertamente, lo rodean atentos a sus palabras.
Los rostros de los personajes están concebidos con maestría, desde la diáfana pureza del niño hasta la de los adultos, exteriorizando con sutileza las reacciones provocadas por estas enseñanzas, concebidas para interpelar a todos.
Hermosas resultan las parábolas donde su actitud hacia quien ha errado manifiesta siempre una amonestación colmada de caridad. Uno de los pasajes más elocuentes narrados por los evangelistas, donde aprendemos a proceder con misericordia, es el encuentro de Jesús con la mujer pecadora y sus acusadores.
Pieter Van Lint, pintor del siglo XVII de Amberes, plasmó con exactitud la escena del Evangelio de Juan en la que Jesús, en el templo, se inclina para escribir en el suelo mientras una adúltera va a ser sentenciada a muerte. Los concurrentes exhiben ropajes suntuosos representativos de su posición social, mientras la mujer, guarecida tras él, derrama lágrimas confiando en sus palabras, al tiempo que jóvenes y ancianos deliberan y se retiran discretamente.
No obstante, el artista que mejor expresó la ternura de aquel suceso fue Caliari, apodado el Veronés (1528-1588). En su composición de la National Gallery de Londres, el espectador contempla dos centros de gravedad: el Cristo solemne que se inclina afablemente hacia la mujer, y la pecadora que, postrada y sostenida por sus acompañantes, aguarda la sentencia. El autor inmortaliza el momento en que Jesús pregunta: «¿Ninguno te ha condenado?… Tampoco yo te condeno; anda, y en adelante no peques más».
La iluminación y las tonalidades pastel componen sutiles armonías que ensalzan la trascendencia espiritual de la escena. Cada figura se distingue por su ademán y emoción, exaltando la hermosura de la misericordia divina presente en el rostro bondadoso de Cristo y en el gesto de sus manos abiertas al perdón.
Foto: Wikipedia

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