La obra de misericordia espiritual «dar buen consejo al que lo necesita» contemplada a través de las obras de tres pintores.
¿Cuántas veces hemos dado consejos, oportunos o desacertados, con ligereza, y cuántas veces hemos recibido palabras vacías?
Los buenos consejos brotan de la misericordia hacia los demás y nacen de una fe sincera que engendra sabiduría; solo así el orientar se convierte en una verdadera obra de misericordia.
Aquella inquietud profunda embargaba al joven que acudió a Jesús: «Maestro, ¿qué de bueno debo hacer para obtener la vida eterna?». Jesús escucha, responde y concluye: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme».
La pintura de Heinrich Hofmann: «Cristo y el joven rico»
Heinrich Hofmann (1824-1911), pintor alemán influenciado por los maestros renacentistas alemanes, flamencos e italianos, ofrece una interpretación lúcida de este pasaje evangélico en un óleo de 1889, conservado en la Riverside de Nueva York.
Mientras ambas figuras permanecen casi en penumbra en el interior de un edificio, hacia la izquierda se abre un paisaje bañado por una luz radiante, presagio del «tesoro en el cielo».
Jesús mira de frente a su interlocutor, quien desvía la mirada, mientras señala a los necesitados congregados fuera de la ciudad. La indumentaria noble del joven, la sencillez de Cristo y la desnudez del pobre contrastan mediante un admirable juego de luces y sombras que resalta la actitud del Maestro al aconsejar y convocar a la plenitud.
La pintura de Rutilio Manetti: «Santa Catalina de Siena escribiendo»

Siena, noble ciudad italiana que guarda el Milagro de las Formas de 1730, vio nacer a santa Catalina el 23 de marzo de 1347.
Vigesimotercera hija de un tintorero, desde temprana edad dio muestras de una fe arraigada y de un amor entrañable a Jesús, a la Virgen María y a la Santa Iglesia. Esta devoción la condujo pronto a aconsejar con vigor espiritual no solo a los humildes, sino incluso a los pontífices de su tiempo.
A los dieciséis años experimentó una visión de santo Domingo e ingresó como terciaria dominica. Muy pronto, la humilde habitación de su casa se convirtió en punto de encuentro para letrados, sacerdotes y ciudadanos ilustres. Deseaba ardientemente ofrecer santos consejos, pero no sabía leer; suplicó al Señor la gracia de instruirse para comprender las Sagradas Escrituras y orar las Horas litúrgicas, don que le fue concedido de manera pronta y milagrosa.
El pintor sienés Rutilio Manetti (1571-1639), al realizar este lienzo en 1630 en Figline Valdarno, plasmó a la santa sentada a su mesa escribiendo, si bien solía dictar sus mensajes para conservar su mente y corazón atentos a la voluntad divina y a los consejos que debía transmitir.
Aquí, el velo blanco que contornea su rostro inclinado y atento resalta sobre el fondo oscuro de la estancia, mientras una suave luminosidad emana de su frente y realza la serenidad de una sonrisa apenas esbozada.
La pintura de Jan Vermeer: «Cristo en casa de Marta y María»

Uno de los momentos de intimidad cotidiana recogidos en el Evangelio de Lucas describe la estancia de Jesús en casa de las hermanas de Lázaro. Jan Vermeer (1632-1675), referente del barroco holandés, plasma en este óleo de 1656, expuesto en la National Gallery de Edimburgo, el instante en que Marta, afanada en los quehaceres, se dirige a Jesús mientras María permanece sentada a sus pies escuchando su palabra.
Jesús atiende con afecto las sinceras palabras de Marta, quien lo mira anhelante, al tiempo que señala a su hermana, feliz de acoger su enseñanza.
La respuesta del Señor ofrece un consejo para ambas hermanas que ilumina a todo cristiano: invita a escoger siempre la mejor parte en cada obra y a desempeñarla sin angustia ni agitación. Como afirma el Papa Francisco, la contemplación sostiene la fecundidad de la labor realizada para Dios; María actúa con valentía y fidelidad al permanecer junto a su Maestro.
En esta composición, el espectador se siente integrado en la estancia con naturalidad. El manejo de la luz, la refinada armonía tonal y el estudio de los volúmenes convierten esta obra en un modelo para la admiración y la oración sosegada.
Santa Catalina oraba y meditaba constantemente, pero al igual que Marta y María realizó innumerables obras de misericordia en favor de personas de toda condición.
Entre los testimonios epistolares que la historia conserva con admiración destaca su célebre carta al Papa Urbano VI.
En ella manifiesta: «Yo Catalina, sierva y esclava de Jesucristo, os escribo en su preciosísima Sangre, deseando veros cimentado en la verdadera luz… Esta luz lleva consigo el cuchillo del odio al vicio y del amor a la virtud, el cual cuchillo es lazo que une el alma a Dios y al bien del prójimo. ¡Oh Santísimo y dulce Padre!, este es el cuchillo que os suplico empuñéis. Ha llegado vuestra hora de desenvainarlo, odiando el vicio en vos mismo, en vuestros súbditos y en los ministros de la Santa Iglesia. En vos primero, pues en esta vida nadie está libre de pecado; y la caridad debe brotar en uno mismo, ejercitándose con las virtudes, para luego derramarse en el prójimo… Tenga a bien Vuestra Santidad conducirse según lo pide la Divina Bondad, cada cual en su ministerio».
Con palabras decididas y profunda ternura materna, santa Catalina nos enseña que aconsejar exige claridad, valentía y amor verdadero: una exigente obra de misericordia que resulta posible con el auxilio de Dios.
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