El encuentro internacional e interreligioso «Carta di Leuca» reunió, del 10 al 14 de agosto en Santa Maria di Leuca (Lecce), a jóvenes de distintos países del Mediterráneo en torno al tema «Mediterráneo de Paz para un mundo en Paz». El encuentro concluyó al amanecer del 14 de agosto con la firma de la Carta di Leuca por la paz, en presencia del cardenal Pierbattista Pizzaballa.
Leuca es un confín geográfico, pero también puede convertirse en una imagen capaz de describir nuestro tiempo: frente al Mediterráneo podemos elegir si ver una frontera o un puente.
Santa Maria di Leuca ha sido, una vez más, el escenario donde esta elección se ha hecho experiencia tangible.
La Carta di Leuca 2026, en su undécima edición, ha congregado a jóvenes de diversos lugares de Italia, junto a participantes llegados de Chipre y de Jerusalén, en torno a un anhelo común: construir la paz.
El lema elegido para esta edición ha sido «Mediterráneo de Paz para un mundo en Paz». Un título que, en un Mediterráneo marcado por guerras, divisiones y heridas, resuena a la vez como un desafío y como una promesa.
Un camino de encuentro y formación
Carta di Leuca es una experiencia de encuentro, un esfuerzo por situar a jóvenes de realidades diversas unos junto a otros, para que puedan conocerse, escucharse y descubrir que lo que los une es mucho mayor que lo que los separa.
Los jóvenes han compartido momentos de diálogo y formación, reflexionando sobre las heridas en las relaciones, las diferencias, la acogida y la necesidad de custodiar la memoria para construir un porvenir distinto. El itinerario fue concebido como un camino en el que el encuentro con el prójimo no fuese un detalle secundario, sino el corazón mismo de la vivencia.
El testimonio de Jerusalén y el diálogo con Pizzaballa
La presencia de los jóvenes de Jerusalén y Chipre aportó a las jornadas una intensidad singular. Jerusalén no fue únicamente un lugar evocado en los discursos; se hizo presente en Leuca a través de los rostros y relatos de quienes habitan esa tierra, transmitiendo las esperanzas y heridas de un territorio donde la palabra paz adquiere una urgencia absoluta.
En este recorrido destacó la participación del cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, quien se reunió con los jóvenes no solo como representante de la Iglesia de Jerusalén, sino como un testigo que convive a diario con la complejidad y el dolor de Tierra Santa.
Su encuentro con los jóvenes dotó de concreción a las reflexiones maduradas en los días previos.
La reflexión sobre la paz no podía quedarse en el plano teórico: se planteó ante la mirada de quien experimenta día a día el esfuerzo del diálogo y la convivencia. Por ello, el encuentro con Pizzaballa representó uno de los momentos más hondos de la Carta di Leuca.
De Alessano a Leuca: la huella de don Tonino Bello
En Leuca, todo camino hacia la paz conduce de forma natural a Alessano, ante la tumba de don Tonino Bello; su legado recorre la Carta di Leuca como una interpelación viva para el presente. Don Tonino enseñó a concebir la paz como una responsabilidad que comienza en los vínculos personales y en la capacidad de acoger al otro.
En la noche del 13 al 14 de agosto, los jóvenes retomaron la marcha desde Alessano en dirección a Leuca. Caminar juntos en la noche, tras haber reflexionado durante jornadas previas sobre la paz, adquiere un gran valor simbólico: la paz es un camino.
No se alcanza desde la inmovilidad ni se edifica en solitario: se emprende el viaje juntos.
La experiencia culminó al alba del 14 de agosto, cuando la marcha llegó a la basílica de Santa Maria di Leuca y los jóvenes proclamaron la Carta di Leuca.
Una responsabilidad para el futuro
«La Carta di Leuca no se firma. Se cuenta»: porque narrar implica asumir la responsabilidad de lo vivido.
El Mediterráneo puede describirse como un mar de conflictos, migraciones dramáticas, barreras y miedos, pero también debe ser reconocido por lo que ha sido a lo largo de su historia: un punto de encuentro, intercambio y enriquecimiento mutuo entre culturas y pueblos.
La paz no consiste en borrar las diferencias, sino en aprender a habitarlas sin levantar muros. Es precisamente aquí donde la vivencia de estos jóvenes cobra un valor decisivo. Durante esos días, experimentaron de forma directa lo que significa convivir, compartir camino y escuchar una historia distinta de la propia.
La Carta di Leuca concluye con un interrogante abierto: ¿qué haremos, al volver a casa, con todo lo que hemos vivido?
La respuesta no atañe solo a los gobernantes; la paz necesita a los jóvenes. Requiere personas capaces de transitar las diferencias sin temor y de edificar relaciones constructivas.
Por esta razón, Carta di Leuca resulta fundamental: no entrega a los jóvenes un simple mensaje, sino que les encomienda una responsabilidad. Y mientras amanece sobre el Mediterráneo, los jóvenes nos recuerdan que este mar todavía puede ser un puente. Un Mediterráneo de paz para un mundo en paz.
Foto de grupo «Carta di Leuca»

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