¿Cómo puedes decir a tu hermano: Déjame quitar la brizna de tu ojo, cuando hay una viga en tu propio ojo? (Mt 7,4)
Corregir al que yerra, una acción sumamente delicada que requiere mucha humildad y mucho amor para no transformarse en un inadmisible acto de injerencia en la vida ajena.
Corregir a los pecadores debe hacerse como cuando vestimos a un pobre porque lo vemos en su desnudez y sentimos verdadera compasión por él. Entonces lo vestimos en el Nombre de Cristo, con amor, sin preguntarle por qué estaba desnudo…
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Esa pregunta le corresponde a Dios, como cuando le preguntó a Adán: “¿y quién te ha dicho que estabas desnudo?”.
Cuando Adán comete el primer pecado, se da cuenta por primera vez de que está desnudo.
Dios le preguntó: «¿Dónde estás?»
Respondió: «Oí tu voz en el jardín, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí». Él continuó: «¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? … » (Gn 3,1-22).
Corregir al pecador es ponerlo en guardia frente a los pecados que comete y, por tanto, frente a su desnudez. (Lucetta Scaraffia)
“Pecadores” y “corregir”, son dos palabras duras para nuestros oídos. El papa Francisco dice a menudo que es un pecador. Todos nosotros somos pecadores. Sin embargo, muchísimos hombres de nuestro tiempo no comparten esta afirmación; no se consideran pecadores, sino más bien justos, con algún pequeño defecto “humano”.
El pecado como algo privado
El sentido del pecado ha desaparecido en muchos corazones. Esto es una consecuencia lógica de la desaparición del sentido de Dios. Pío XII ya decía en los años 50 que “el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”. ¿Qué diría hoy?
A esto se suma otro problema: hoy en día todo lo que concierne a Dios, a la religión y al pecado se considera “algo privado”, y entrar en ese ámbito es visto como una interferencia en la vida privada de otra persona, como una falta de respeto hacia su conciencia y su libertad.
Esto se consideraría contrario a la necesaria tolerancia y a la paz, y por tanto un comportamiento antisocial. Pero esta postura es inaceptable, porque reduce la religión a una “cosa privada”, mientras que en realidad abarca toda la vida: nuestra relación con Dios, con el prójimo, con el mundo y con nosotros mismos.
Es importante, por tanto, despertar las conciencias, hablando de Dios y de su verdad y llamando por su nombre a los pecados graves que destruyen a los seres humanos, a las familias y a la sociedad: superstición, idolatría, blasfemia, odio, aborto, adulterio, divorcio, fraude fiscal, juegos de azar, maledicencia, etc.
Tratar, con dulzura, de hacer comprender a las personas que cometen tales pecados que no van por el camino de la vida no es una ofensa hacia ellas, sino –por el contrario– una auténtica Obra de Misericordia.
Reconocer el mal del propio pecado
Reconocer el mal del propio pecado es la primera condición para que, con la ayuda de la misericordia divina, la persona pueda abandonar el sendero que conduce a la muerte, a fin de que pueda sanar y reencontrar la vida.
Escribe Santiago apóstol: “Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad y otro lo hace volver, sepa que quien hace volver a un pecador de su extravío salvará su alma de la muerte” (Sant 5,19-20). Podríamos ser “médicos espirituales” los unos para los otros (Hermann Geissler F.S.O.).
La Misericordia es el modo en que el Dios-Trinidad se relaciona con el pecador. En el instante en que el mal, el pecado, ha entrado en la vida de una persona, el comportamiento de Dios es intensificar su amor hacia ella. El objetivo de Dios es “hacer justa” a la persona que ha obrado mal: liberarla del mal, reinsertarla en la “relación justa” consigo mismo, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
«No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». La intervención de Dios es “un añadido de amor”, una inversión más intensa de amor gratuito, con la esperanza de que el pecador se dé cuenta de que es amado y regrese a Él.
La justicia del Dios-Trinidad-Misericordia desea que el pecador, acogiendo Su Amor gratuito, vuelva a Él; esta es la conversión por amor.
Le ayuda a reconocer su pecado y a decidir abandonarlo, porque el pecado destruye Su proyecto de amor que da sentido a la vida de cada persona.
Así el Dios-Trinidad-Misericordia reanuda su diálogo de amor para que la persona «pueda vivir».
Esta secuencia puede definirse como un “superdón”, el per-dón. Esto es Misericordia.
La acción de Dios no consiste en borrar el pecado o en olvidar los pecados, sino que se dirige a la persona del pecador: una intervención reconstructiva.
El Dios-Trinidad-Misericordia JUSTIFICA, hace justo, es decir, capaz de reanudar el diálogo con Él. La cumbre de la Misericordia es esta Justicia de Dios: creadora, reparadora, justificadora, que devuelve al hombre su dignidad de «hijo de Dios». (F.C.)
«… es necesario reconocer que somos pecadores, para fortalecer en nosotros la certeza de la misericordia divina. “Señor, soy un pecador; Señor, soy una pecadora: ven con tu misericordia”. Esta es una oración hermosísima. Es una oración fácil de rezar todos los días: “Señor, soy un pecador; Señor, soy una pecadora: ven con tu misericordia”». (Papa Francisco)
Oración por la conversión de los pecadores
Jesús dijo a sor M. Faustina Kowalska: “La oración por la conversión de los pecadores es la más agradable para Mí. Siempre la escucho”.
Jesús, verdad eterna y nuestra vida,
como un mendigo imploro tu Misericordia para los pecadores.
Corazón dulcísimo de mi Señor, lleno de compasión y de misericordia,
te suplico por ellos.
Oh Corazón, fuente de Misericordia,
de donde brotan sobre toda la humanidad rayos de gracias incomparables, te pido luz para aquellos que están en el pecado.
Jesús, recuerda tu amarga pasión
y no permitas que se pierdan
almas rescatadas a tan alto precio con tu sangre.
Oh Jesús, cuando medito en el gran valor de tu sangre, me alegro de tanta grandeza,
porque, aunque el pecado sea un abismo de ingratitud y maldad, el precio que se pagó por él
es infinitamente mayor que el pecado.
Una inmensa alegría se enciende en mi corazón admirando esta inconcebible bondad tuya.
Oh Jesús mío, deseo llevar a tus pies a todos los pecadores, para que glorifiquen tu Misericordia, que es infinita. Amén.
Ilustración de sor Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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