Padre Ferdinando Colombo: Dar de beber a los sedientos

7 de July de 2024

The Works of Mercy_don Ferdinando Colombo

Ochocientos millones de personas carecen de agua corriente en sus hogares y, según estimaciones de la OMS (Organización Mundial de la Salud), más de 200 millones de niños fallecen anualmente debido a la ingesta de agua contaminada y a la precariedad de las condiciones sanitarias.

Se calcula que el 80% de las dolencias en las naciones del Sur global se derivan de la mala salubridad del agua. A nivel planetario, 1.400 millones de personas carecen de acceso a fuentes de agua potable segura.

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Un ciudadano en América del Norte consume 1.700 metros cúbicos de agua al año; en África, la media se reduce a apenas 250 metros cúbicos anuales.

La Comisión Mundial del Agua establece en 40 litros diarios por persona el caudal indispensable para atender las necesidades básicas. Con esos 40 litros, en Italia tomamos una ducha; para muchos seres humanos, significa el sustento hídrico de semanas enteras.

Italia figura a la cabeza de Europa en consumo de agua y se sitúa en el tercer lugar del mundo con 1.200 metros cúbicos por habitante al año, superada únicamente por Estados Unidos y Canadá.

Frente al promedio europeo, el país evidencia una notable falta de contención: se utiliza casi ocho veces el volumen de agua de Gran Bretaña, diez veces el de Dinamarca y el triple del registrado en Irlanda o Suecia.

El agua se ha convertido en el oro azul

Si bien la crisis hídrica responde a múltiples variables (crecimiento demográfico, mayor demanda para la industria, las ciudades y el campo, degradación de ríos y acuíferos, variaciones del clima…), su resolución reclama criterios sustentados en la justicia y la dignidad humana, superando los intereses comerciales. Considerar el agua un simple producto y no un bien universal básico constituye una de las mayores fuentes de desigualdad.

Papa Francisco

«Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes las enfermedades ligadas al agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas. La disentería y el cólera, debidos a servicios higiénicos y reservas de agua inadecuados, son un factor significativo de sufrimiento y de mortalidad infantil» (Laudato si’, 29)

«El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos». (Laudato si’, 30)

«Es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se transforme en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo». (Laudato si’, 31)

El agua es existencia viva. Del mismo modo que el reino vegetal depende de ella para germinar, el hombre la requiere con urgencia vital. ¡Perecer de sed es un trance más doloroso aún que morir de hambre! Desde el origen de la vida, toda criatura necesita nutrición continua.

El recién nacido acude de inmediato al seno maternal; no obstante, antes de dar a luz, la madre ya provee los nutrientes necesarios para que la nueva vida crezca y adquiera autonomía. En la experiencia humana, comer y beber representan exigencias imperiosas: no actos esporádicos, sino una necesidad diaria que acompaña desde el nacimiento hasta la muerte.

Ya en 1994, San Juan Pablo II subrayaba en la Jornada Mundial de la Alimentación la obligación de «considerar la importancia del agua para la subsistencia de las comunidades. Puesto que toda persona debe disponer de agua pura, los pueblos están llamados a proteger este recurso de usos destructivos y consumos desmedidos. Sin criterios éticos firmes en las conciencias, la preservación internacional de este bien básico difícilmente podrá sostenerse».

Todo esto exige despertar la responsabilidad política y comunitaria frente al desamparo de quienes sufren sed. De lo contrario, las palabras evangélicas «tuve sed y no me disteis de beber» (Mt 25,42) se alzarán como reproche inexcusable.

Una samaritana se acercó al pozo para extraer agua. Jesús le pidió: «Dame de beber». Comienza así un coloquio en el cual la mujer no extrae agua ni el Maestro la toma; ambos revelan que el manantial que sacia el alma es el don del encuentro sincero y el anhelo de reconciliación.

Al anunciar el agua del Espíritu y la verdad, Jesús ofrece el refrigerio que perdura para la vida definitiva: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).

San Juan conserva esta solemne invitación del Maestro: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, el que cree en mí; como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él» (Jn 7,37-39).

Dice el Señor: «Cualquiera que dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fresca solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa» (Mt 10,42).

No olvidemos la conmovedora súplica de Jesús crucificado: «¡Tengo sed!», expresión que recoge las angustias de todos los que sufren y manifiesta, sobre todo, la sed divina ante las almas que se apartan del bien. Como expresan los santos, el Salvador tiene sed de nosotros; su voz en la Cruz convoca discípulos que le ayuden a mitigarla, llevando al encuentro de su gracia al mayor número posible de hermanos (Luciano Manicardi).

Oración

Bendito seas, Señor y Padre nuestro,

que en nuestra Hermana Agua, criatura tuya, nos abriste el cauce de la vida;

gracias por el rocío que fecunda la tierra, por el baño que renueva,

por la fuente límpida de salvación que es Cristo, tu Hijo.

Haz posible, Dios de misericordia, que nadie carezca de este don

y que, cuidando con esmero tu creación,

descubramos en ella la hermosura de tu benevolencia

y una constante invitación a la pureza del alma y del corazón.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén

Ilustración de la hermana Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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