Ni siquiera esta última Obra de misericordia corporal es tan sencilla y evidente como se tendería a pensar. Víctimas de los odios y las guerras, innumerables seres humanos quedan sobre la tierra como cuerpos abandonados. Con frecuencia, ni siquiera nos conmovemos. Las acciones suelen responder más a inquietudes sanitarias o administrativas que a genuinos impulsos de piedad.
Tengo la impresión de que el acontecimiento más seguro de nuestra existencia, su conclusión terrena, atraviesa un tiempo sombrío, despojado del misterio y del respeto que merece. De hecho, la actitud hacia «nuestra hermana la muerte corporal» –como la llamaba San Francisco– se ha transformado en un miedo profundo y reprimido. Se evita hablar de ella; se afirma de modo impersonal que «se muere», sin considerar con seriedad que nosotros también transitaremos ese umbral. Se percibe siempre como una circunstancia ajena, tal como señalaba Valentino Salvoldi.
Continúa un drama silencioso en el Mediterráneo
Es la dolorosa realidad advertida con firmeza por el Director General de la Fundación Migrantes, Monseñor Gian Carlo Perego. Una herida abierta que interpela nuestras conciencias sobre el valor infinito de cada existencia humana.
¿Quién es el responsable? ¡Todos y nadie!
En su emblemática homilía en Lampedusa el 8 de julio de 2013, el Papa Francisco dirigió preguntas esenciales al corazón de la humanidad: frente al dolor y las vidas perdidas en las aguas, surge la tentación constante de evadir compromisos, alegando que la culpa atañe siempre a otros.
Permanece resonando el clamor bíblico dirigido a Caín acerca del destino de su hermano. Muchas veces se imita el comportamiento de quienes pasan de largo frente al hermano herido, apaciguando la mente bajo el pretexto de que auxiliar no forma parte del propio deber. La preocupación exclusiva por la comodidad individual encierra a las personas en burbujas protectoras pero efímeras, propiciando lo que el Pontífice denominó la «globalización de la indiferencia». Se termina aceptando el dolor del prójimo con frialdad, perdiendo la capacidad de llorar junto al afligido. Al igual que Herodes, se tolera la tragedia para salvaguardar el bienestar egoísta; resulta imprescindible solicitar la gracia del llanto para superar la insensibilidad de nuestras decisiones.
No tendréis mi odio
El amor es más fuerte que el rencor y la vida prevalece sobre la muerte. Esta certeza quedó plasmada con conmovedora entereza en las palabras de Antoine Leiris tras perder a su esposa en el atentado del Bataclán en París: dirigiéndose a los causantes del horror, se negó categóricamente a otorgarles el triunfo del odio o del temor, afirmando que responder con ira significaría someterse a la misma ceguera moral que alimentó la tragedia.
Aun quebrado por el dolor, expresó que el cariño y los recuerdos compartidos quedan a salvo de cualquier violencia. Junto a su pequeño hijo Melvil, su determinación cotidiana es cultivar la libertad, la alegría y la dignidad, anteponiendo a la barbarie la fuerza insuperable del amor pacífico.
Esta séptima meditación concluye las Obras de misericordia corporal
Podemos resumirlas afirmando que constituyen los caminos vivos de la caridad, cuyo primer paso radica en purificar el afecto para amar con autenticidad. El verdadero amor se traduce en gestos visibles: estamos llamados a recordar que somos fruto del amor y que, entregándonos, nos convertimos en Amor.
Por esta razón, la muerte no tendrá la última palabra sobre nuestra existencia. Un sepulcro es demasiado estrecho para retener el amor que nos habita. Resucitaremos.
Oración
Señor Jesús, quédate con nosotros a lo largo del camino para que nuestros pasos no tropiecen en la oscuridad de la noche. Guíanos por las sendas de una esperanza firme y aliméntanos con la fuerza renovadora de tu Palabra. Permanece a nuestro lado hasta el último atardecer, cuando nuestros ojos contemplen tu rostro transfigurado en la gloria y seamos recibidos en el abrazo eterno del Padre. Amén.
(Inspirada en una meditación de la Hermana Anna Maria Cànopi)
Ilustración de la hermana Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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