Del sitio web de la Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI, el comentario a la séptima Obra de Misericordia espiritual
(de padre Filippo Urso, exdirector de la oficina diocesana y regional para la pastoral de la salud en Apulia).
Rezar a Dios
La oración es el desbordamiento de nuestro corazón en el corazón de Dios. Es bendición, adoración, alabanza, acción de gracias, petición e intercesión, pero sobre todo es comunión con Dios. En efecto, cualquiera que sea el carácter de la oración, su objeto y su respuesta, el primer fruto que realiza es la unión con Dios: el creyente se sitúa ante Él en relación filial y lo invoca como Padre (cf. la oración del Padre Nuestro); en un clima familiar de confianza y, al mismo tempo, de respeto, con un anhelo de comunión universal, se abre a las necesidades del prójimo (cf. «nuestro»), superando sus propios intereses (cf. Flp 2, 4) e, incluso, rezando por sus enemigos, dócil a la acción del Espíritu Santo que «intercede por los santos según Dios» (Rm 8, 27).
Rezar a Dios por los vivos y por los muertos
Es la última – o más bien la cumbre – de las Obras de Misericordia espirituales. Es una «obra» que compromete la vida del creyente en un acto de intercesión por los demás, que es petición, invocación, clamor, súplica e, incluso, combate: «Os ruego, hermanos – escribía el apóstol Pablo a los Colosenses –, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí» (cf. 4, 12).
La Iglesia peregrina y la Iglesia celeste en oración
La oración por los vivos
La oración de intercesión «se sitúa siempre bajo el denominador común de la comunión mutua y del amor fraterno» y se caracteriza por la relación con Dios y los hermanos, porque mediante la oración «el hombre manifiesta la unión inseparable entre la relación con Dios y la responsabilidad hacia los hombres, la confesión de fe y el compromiso histórico, el amor al Señor y la solidaridad con los hermanos».
El creyente que intercede ante Dios en favor de otra persona se sitúa entre Dios, santo y misericordioso, y el hombre, pecador, necesitado y doliente, que necesita ser salvado. Rezando así, se compromete por el pueblo pecador y asume la responsabilidad de sus actos, como Jesús que fue «contado entre los rebeldes, llevó el pecado de muchos e intercedió por los transgresores» (Is 53, 12).
En la oración de intercesión, el creyente se une a la oración de Jesús, «el único intercesor cerca del Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (cf. Rm 8, 34; 1Tm 2, 5-8; 1Jn 2, 1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2634). Él, en efecto, «es capaz de salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, pues vive siempre para interceder a su favor» (Hb 7, 25).
En la oración por los vivos están presentes todas sus alegrías y penas, sus necesidades y anhelos: el apóstol Pablo escribía a los Efesios: «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Ef 6, 18). Rezando así, recordamos a las personas que amamos, oramos por los perseguidores y amamos a los enemigos (Mt 5, 44).
La oración por los muertos
Mediante el Bautismo, cada creyente forma en un solo Espíritu un solo cuerpo (cf. 1Cor 12, 13), el Cuerpo Místico de Cristo, formado por la Iglesia celeste y la Iglesia peregrina. Al incorporarse a Cristo, todos los bautizados están unidos entre sí (cf. Ef 4, 16) en el amor a Dios y al prójimo, mediante un vínculo de comunión de caridad que ni siquiera la muerte destruye. A este respecto, la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 49, afirma: «La unión de los que están todavía en camino con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo no se rompe en modo alguno; antes bien, según la fe constante de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales».
Uno de estos bienes espirituales es la oración de los vivos por los difuntos: «La Iglesia de los que caminan sobre la tierra, reconociendo muy bien esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y, ‘porque es un pensamiento santo y saludable rezar por los difuntos para que sean libres del pecado’ (2Mac 12, 45), ofreció sufragios por ellos» (Ibídem, 50).
El texto citado de 2Mac pertenece al pasaje 12, 38-45, testimonio inaugural de esta fe (siglo II a.C.) sobre el valor de las oraciones y del sacrificio expiatorio para el perdón de los pecados de los difuntos. Narra que, tras la batalla de Jamnia, Judas Macabeo y sus compañeros fueron a recoger los cadáveres de los caídos para darles sepultura.
Al cumplir esta Obra de Misericordia, descubrieron que los caídos – por codicia – llevaban objetos consagrados a los ídolos que debían haber sido quemados. Por ello, Judas Macabeo y sus compañeros «se pusieron a rezar, suplicando que el pecado cometido fuese totalmente perdonado» (12, 42) y se promovió una colecta «para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy bien y noblemente, inspirados por el pensamiento de la resurrección. Pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, habría sido superfluo e inútil orar por ellos… Por eso mandó hacer el sacrificio expiatorio por los muertos, para que quedaran libres de pecado» (12, 43-45). En esta oración de sufragio por las almas de los difuntos se expresa el amor y la solidaridad de los vivos con quienes han muerto, pero viven ante Dios.
Desde los primeros siglos, la Iglesia peregrina ha honrado la memoria de los difuntos con el sacrificio eucarístico y ha ofrecido sufragios por ellos, con el fin de que, purificados, alcancen la visión beatífica de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1032). Además de la oración, «la Iglesia recomienda también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos» (Ibídem). Asimismo, «nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor» (Ibídem 958).
La oración de los muertos por los vivos
La Sagrada Escritura da testimonio en 2Mac 15, 12-16 de la oración de los difuntos por los vivos; Judas relata una visión en la que se le aparecieron dos justos: Onías y Jeremías. El sumo sacerdote Onías, hombre virtuoso, «noble y bueno», «con las manos extendidas oraba por todo el pueblo judío. De igual manera se le apareció un hombre venerable por su edad y dignidad, rodeado de una gloria admirable. Tomando la palabra, Onías dijo: ‘Este es el amigo de sus hermanos, el que reza mucho por el pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios’» (15, 12-14). Por la oración de Onías y Jeremías, Judas Macabeo triunfó en la batalla contra Nicanor al día siguiente y restauró el culto en el templo de Jerusalén.
Respecto a la intercesión y solicitud fraterna de la Iglesia celeste por los vivos, la Lumen Gentium, 49, subraya: «Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más extensa edificación (cf. 1Cor 12, 12-27). Pues recibidos en la patria y presentes ante el Señor (cf. 2Cor 5, 8), por Él, con Él y en Él no cesan de interceder por nosotros ante el Padre, ofreciendo los méritos que adquirieron en la tierra mediante Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres (cf. 1Tm 2, 5)… Así, con su fraterna solicitud, nuestra debilidad recibe una gran ayuda».
(Texto de noviembre de 2016)
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Fuente: Oficina Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI
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