- El Salmo 24 que la liturgia del XXVI Domingo del tiempo ordinario nos propone es un Salmo de carácter didáctico y en estilo alfabético, es decir, cada estrofa comienza con una letra progresiva del alfabeto hebreo. En la primera parte, la que rezamos en este domingo (vv. 1-7), el salmista se dirige a Dios manifestando su confianza, y pide perdón por sus propios pecados, apelando al amor misericordioso de Dios. La parte central del Salmo (vv. 8-15) es una meditación sobre la bondad de Dios hacia los pecadores, hacia los pobres y hacia los que temen al Señor. El Salmo termina (vv. 16-22) con una súplica en la que el orante renueva sus invocaciones para ser liberado de sus aflicciones.
- San Agustín decía que Cristo habla y ora en este Salmo “in persona Ecclesiae suae”, es decir, pide perdón por la Iglesia y por la humanidad tras haber tomado sobre sí los pecados de todos. Cristo se ha convertido en uno de nosotros hasta tal punto que se dirige al Padre con expresiones que solo de nuestros labios de pobres hijos podían brotar. En los labios de Cristo, la palabra humana se convierte en Palabra de Dios. También nosotros, uniéndonos a la oración de Cristo, transformamos nuestra palabra humana en Palabra de Dios.
- La oración de los Salmos obra en nosotros los sentimientos que agradan a Dios: a través de ellos, Dios plasma en nosotros una verdadera espiritualidad. Por medio de los Salmos no solo nosotros expresamos nuestro verdadero rostro, sino que es Dios quien se revela a nosotros como bondad y ternura infinita. Los Salmos son la manifestación de la pedagogía divina: Dios nos llama y se inclina sobre nosotros, nos enseña a orar y a hablar con él.
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