Los goznes de la vida cristiana
Lecturas: Éx 22,21-27; 1 Ts 1,5-10; Mt 22,34-40
El judaísmo farisaico, en su corriente hillelita, admitía tanto la facultad de una jerarquía de prescripciones, distinguiéndolas en “leves” y en “graves” (Mt 5,19; 23,23), como la posibilidad de resumir toda la Ley en un único “gran precepto” (“kelal gadol”). A Jesús le plantean los fariseos, en el Evangelio de hoy (Mt 22,34-40), la pregunta sobre cuál era según él el “kelal gadol”. Jesús responde citando el mandamiento del “Shemá”, el “Escucha, Israel” de Dt 6,5, que imponía el amor a Dios, únicamente sustituyendo “con todas las fuerzas” de su texto por la frase “con toda la mente” (“dianoia”). Hasta aquí, una postura inatacable para los fariseos. Pero Jesús va enseguida más allá, afirmando que hay “un segundo mandamiento semejante al primero” (22,39), el de amar al prójimo como a uno mismo. De estos dos preceptos están “colgados” (22,40: “krématai” subyace al hebreo “teluyim”) no solo la Torá, sino también todo el profetismo, del mismo modo que dos goznes sostienen una puerta. “La asociación de los dos preceptos del amor… es un dato evangélico sin paralelos en el judaísmo, salvo en los Testamentos de los doce Patriarcas, una obra sospechosa de interpolaciones cristianas” (A. Mello).
El llamamiento de las Lecturas de hoy es sumamente importante en la actual situación religiosa, donde a menudo la fe se vive de manera privatista e intimista, reducida con frecuencia a culto y liturgia, y no se convierte en una ortopraxis que transforme nuestras relaciones sociales, económicas, políticas. Y sin embargo la primera Lectura (Éx 22,20-26) nos recuerda cuánto quiere Dios concretamente ser amado en los hombres: en el “forastero”, diríamos hoy en el “extracomunitario”, en el “inmigrante”, que no debe ser vejado sino acogido; en la “viuda” y en el “huérfano”, símbolos de todos los oprimidos por sistemas políticos que no protegen a los más débiles y a los últimos; en la atención a que nuestra economía no prospere a espaldas de los necesitados, sino que sea con ellos coparticipación solidaria (“al indigente… ¡no le exigiréis interés alguno!”); en la completa condonación de la deuda de los pobres (“si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás a la puesta del sol”), como tantas veces han pedido inútilmente los recientes Pontífices. Solo así seremos, como nos dice la segunda Lectura (1 Ts 1,6), “imitadores del Señor”, de ese Dios que “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por medio de su pobreza” (2 Cor 8,9).
La Eucaristía es la celebración de la existencia del Hijo como entrega total por amor, que nos llama con fuerza a convertirnos también nosotros en amor agápico para los hermanos, servicio, oblación, comunión, coparticipación. Decía Juan Crisóstomo: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo descuides cuando se encuentra desnudo… El mismo que dijo: «Esto es mi cuerpo», es quien dijo: «Me visteis hambriento y no me disteis de comer», y «Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos conmigo lo hicisteis»”. Afirmaba el cardenal Poletto: “Si la Eucaristía fuera comprendida y vivida en su valor fundamental para la vida cristiana…, también el gran desafío de la paz y de la justicia social…, si fuera acogido, llevaría a la humanidad a convertirse en verdadera familia de los hijos de Dios. Este desafío puede ser vencido precisamente con ese «plus» de valentía en el amor hacia los demás que los creyentes reciben de la participación en el misterio eucarístico, porque este introduce a cada uno de nosotros dentro de la dinámica de la Pascua del Señor, el cual nos demostró, muriendo en la cruz, que «nadie tiene amor más grande que este: dar la vida por los propios amigos» (Jn 15,13)”.

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