«Estando detrás de él, a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, los secaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume» (Lucas 7, 38).
El testimonio de la hermana Anna: de la discoteca a la alabanza de Dios
Hace unos años conocí a la hermana Anna. Estábamos en un monasterio cerca de Milán, en Italia, y como grupo juvenil parroquial habíamos organizado pasar un fin de semana de oración y retiro. La comunidad de la hermana Anna nos acogió; nos unimos a ellas para una cena especial el viernes por la noche, cuando celebraban el Shabat, como hacen los judíos piadosos para el día de descanso. Luego, tras la cena, nos invitó a bailar con ella. ¡Nos quedamos maravillados! Sabíamos que la comunidad era joven y llena de vida, pero nunca hubiéramos imaginado vernos todos juntos bailando para el Señor. ¡Fue grandioso!
Al día siguiente, la hermana Anna nos compartió su historia. Trabajaba como bailarina en una discoteca, ese era su oficio, hasta que fue a Asís, la ciudad de san Francisco, con el grupo juvenil de su parroquia, y vivió «un encuentro sobrecogedor con la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios», como ella misma nos relató.
Lloró intensamente y su vida cambió por completo. Comenzó a discernir qué quería el Señor de ella y, tras algunos años, se consagró como religiosa. Su congregación le pidió que enseñara danza y fundó la compañía Holy Dance, con la que recorre Italia, motivando a muchos jóvenes a alabar a Jesús a través de la danza.
El encuentro en la casa de Simón entre juicio y acogida
Su historia nos ayuda a comprender a la mujer que se acerca a Jesús en la casa de Simón el fariseo (Lucas 7, 36-50). Este fariseo que invita al Señor es el primero en mostrar una actitud favorable hacia él, pero Lucas dirige su atención hacia una mujer, señalada de modo sorprendente como una pecadora de aquella ciudad (Lc 7, 37).
Reaparecen los mismos personajes que encontramos en la casa de Leví (Lc 5, 27-39), donde se ponían de manifiesto la cercanía de Jesús con los pecadores, los reproches de los fariseos y las palabras con las que Jesús les respondía.
En la escena coinciden un fariseo y una pecadora: no son dos figuras accidentales, sino dos modelos humanos antitéticos. Los fariseos guardaban una postura de hostilidad hacia Jesús (6, 7.11). Aquí, el soliloquio del fariseo que lo invitó («Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando…», Lc 7, 39) desencadena la acción, revela los esquemas farisaicos del personaje y va destinado exclusivamente al lector.
El tipo del pecador ya se había hecho visible en la vocación de Simón Pedro (Lc 5, 8); en la acusación contra Jesús tachándolo de «un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Lc 5, 30; 7, 34); y sobre todo en el Sermón de la llanura, donde Jesús pidió trascender la simple correspondencia, fundamentando esta exigencia tres veces con la expresión: «también los pecadores hacen lo mismo» (Lc 6, 32-34).
El silencio de Jesús y la reacción del fariseo
En este pasaje, la mujer se sitúa junto a Jesús, donde en principio no tenía cabida, pues los banquetes eran exclusivos para los varones; permanece a sus pies sin dejar de llorar: es la primera vez en el tercer Evangelio que una mujer pecadora acude a Jesús por propia determinación.
Los gestos de la mujer podrían interpretarse como un reto o una transgresión indebida: lo que desconcierta al fariseo es la serenidad de Jesús, su silencio que consiente la actitud de la mujer; de ahí que concluya de inmediato en su pensamiento que este hombre no puede ser un profeta.
Un dictamen asentado en el principio de que el profeta conoce las realidades ocultas; por ende, Jesús no debería ignorar la condición de la mujer. Se advierte que el fariseo atribuye al profeta la clarividencia y una estricta fidelidad a la Ley, que demandaba separarse de los pecadores. No obstante, el pueblo ya había reconocido a Jesús como profeta tras devolverle la vida al hijo de la viuda de Naín (Lc 7, 16).
El relator menciona dos veces la casa mediante los vocablos OIKOS (casa) y OIKIA (morada, familia, ámbito doméstico), para indicar que Jesús entra en la del fariseo (OIKOS) al igual que la mujer (OIKIA). Expresiones que acompañan con frecuencia los relatos de sobremesa.
Resulta reveladora la evolución de los personajes: Jesús, el comensal, es juzgado como un falso profeta por su anfitrión, quien sin embargo le llama maestro y le escucha; al mismo tiempo, Jesús confirma su condición profética por su palabra y muestra su divinidad perdonando los pecados.
La pecadora de la ciudad se revela simplemente como una mujer, pero una mujer admirable porque demuestra un amor entrañable. El narrador enseña cómo Jesús trasciende los convencionalismos con ambos. Lo esencial no radica en el rótulo exterior, sino en sus obras.
La parábola de los dos deudores y la medida del amor
En la parábola narrada por Jesús («Dos personas debían dinero a un prestamista. Una le debía quinientos denarios y la otra cincuenta…», Lc 7, 41-42), el énfasis recae en el contraste de las cantidades, lo que permite trasladar la enseñanza al conjunto de la escena presenciada (recurso conocido en exégesis como mise en abyme).
Lucas contrapone esa disparidad entre las dos deudas de la parábola con las actitudes de Simón y de la mujer al recibir al Maestro. Él fue esquivo en atenciones; ella desbordó hospitalidad y cariño. Esta antítesis sitúa a la mujer en el centro y hace que Jesús se vuelva hacia ella (Lc 7, 44), realizando su único desplazamiento físico en todo el relato.
Jesús reorganiza el orden establecido mediante esa inversión evangélica que caracteriza su mensaje: otorga la primacía al amor, un amor audaz que se convierte en la verdadera carta de identidad de la mujer. Ella es quien ha amado mucho.
El amor es el signo determinante que separa a la mujer de Simón: ambos expresan dos posturas posibles ante la persona de Jesús.
La fe que salva y conduce a la paz
En la conclusión (Lc 7, 50), el amor a Jesús y el perdón reciben los nombres de fe y salvación, términos equivalentes en la teología lucana. La audacia de la fe asumida por la mujer la impulsa a manifestar su entrega en obras visibles, abriéndole las puertas al perdón que Cristo le otorga.
El perdón es un don de Dios orientado a la plenitud, que permite a la mujer emprender su camino en paz.
Jesús es el huésped, el profeta puesto en duda por Simón, el destinatario del amor de la mujer, aquel que penetra los corazones y conduce los acontecimientos hacia la manifestación de su gloria.
¡Él es el Señor a quien la hermana Anna proclama cada vez que danza!
Foto del padre Piero Masolo

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