ASUNCIÓN DE LA BEATA VIRGEN MARÍA

10 de agosto de 2026

matteo

Creo en la resurrección de la carne

Lecturas: Ap 11,19; 12,1-6.10; 1 Cor 15,20-26; Lc 1,39-56

En la cultura actual, el nuevo tabú es la muerte: al no encontrarle sentido, se la elimina, y se llega así a la propia muerte con una trágica carga de consternación y de angustia. A menudo también los creyentes brillan por su ausencia ante este tema. Escribía el cardenal Poletto: “Hay muchas personas, incluso entre los bautizados, que tienen muchas dudas o incluso no creen en absoluto en la posibilidad de que haya una vida después de la muerte” (Domingo sin atardecer, 2005, n. 1).

Pero hoy estamos invitados a reflexionar sobre esa “resurrección de la carne”, que es uno de los irrenunciables enunciados de nuestra fe proclamados en el “Credo”, contemplando en María nuestra suerte bienaventurada. Si la descomposición corporal es signo tangible de nuestro pecado (Gén 3,19), la Iglesia, que proclamó como dogma con Pío IX en 1854 la Inmaculada Concepción de María, coherentemente afirmó con Pío XII en 1950 su Asunción al cielo también con el cuerpo. La liturgia nos presenta hoy a María, “mujer vestida del sol”, por la que “se cumple la salvación y el reino de nuestro Dios” (primera lectura: Ap 11,19; 12,1-6.10), como figura y anticipación del nuevo Israel, de la Iglesia, de todos nosotros.

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En los textos del Antiguo Testamento está presente solo alguna intuición de una vida más allá de la muerte (Job 19,23-27; Sab 2,22-3,10…). Así en los tiempos de Jesús solo los Fariseos la admitían (Mt 22,23-28). Pero para los cristianos la resurrección de Jesús es el acontecimiento central de la fe, el “kerygma”. Pablo proclama: “Si Cristo no ha resucitado…, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15,3-22). Y de la resurrección de Jesús se deriva nuestra resurrección: “Respecto a los que han muerto…, no sigáis afligiéndoos como los demás que no tienen esperanza. Nosotros creemos en efecto que Jesús murió y resucitó; así también a los que han muerto, Dios los reunirá por medio de Jesús junto con él” (1 Tes 4,13-14). “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto…. Todos recibirán la vida en Cristo” (segunda lectura: 1 Cor 15,12-23).

Pablo anuncia la resurrección no como exigida por una presunta inmortalidad del alma (la división “cuerpo-alma” es ajena a la Escritura, y es solo de derivación filosófica), sino por el amor de Dios por el hombre: “El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Cor 6,13). Es un concepto que nos da escalofríos: Dios mismo ama y santifica nuestro cuerpo, llamado a la inmortalidad, miembro del cuerpo mismo de Cristo, “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6,13-19).

Necesitamos proclamar con fuerza la resurrección de la carne en esta época no solo abrumada por el terror de la muerte, sino en la que el cuerpo es a menudo instrumentalizado y ensuciado en una sexualidad mercantilizada y reducida a puro placer, en la que la vida es despreciada en las manipulaciones genéticas o en la supresión de su nacer o de su fase terminal, en la que todavía se practican la tortura y la pena de muerte, y en la que se permite que los cuerpos de tantos hermanos sufran destrozados por el hambre, las guerras, o por tantas enfermedades que no se curan porque los ricos no comparten sus bienes…

Mirar a María asunta al cielo también con el cuerpo cambia nuestra visión de la muerte y por tanto de toda la vida, y nuestro enfoque de toda la realidad material.

“Con la Eucaristía se asimila el «secreto» de la resurrección. Por eso con razón Ignacio de Antioquía definía el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte»” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 18). También escribía el cardenal Poletto: “Hagamos que cada Eucaristía nuestra se convierta en un sincero acto de fe y de amor hacia el Señor…, para vivir comprometidos en nuestro deber diario, pero también para saber estar «a la espera de su venida»” (Domingo sin atardecer, 2005, n. 6).

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