La obra de misericordia corporal «dar de beber al sediento» a través de la mirada de grandes maestros de la pintura.
Jacopo Robusti, el Tintoretto, y el agua que brota de la peña
Jacopo Robusti (Venecia 1518-1594), conocido como Tintoretto, genial creador italiano, prefirió desde su juventud concebir composiciones grandiosas donde multitudes de figuras se desplegaban en escenarios y arquitecturas audaces.
Merced a su pericia técnica, recibió el encargo de decorar la Scuola Grande di San Rocco en Venecia. Uno de los cometidos fundamentales de la cofradía consistía en saciar la sed de los desfavorecidos; por ello, en el techo de una de sus estancias pintó, hacia 1577, el milagro de Moisés haciendo brotar agua de la roca.
En el corazón de la escena, Moisés alza su vara y golpea la roca, de donde surge un torrente impetuoso de agua cristalina. Abajo, gentes y bestias sedientas se congregan con recipientes para apagar su sed. Moisés, de fisonomía vigorosa que denota fortaleza interior, mira confiado hacia las alturas donde Dios concede el milagro y permite al pueblo errante aplacar la sed. El auténtico protagonista es el Señor, que olvida los reproches, acoge con misericordia y atiende las súplicas de Moisés. Los intensos claroscuros, la gama tonal encendida y la atmósfera imponente acentúan el dramatismo bíblico. Frente a esta visión inquieta se yergue la serenidad de otro insigne pintor.
Paolo Veronese y el encuentro con la samaritana en el pozo
Corresponde al maestro veneciano Paolo Caliari (1528-1588), apodado el Veronés, una de las recreaciones pictóricas más célebres del pasaje evangélico entre Jesús y la samaritana (1585).
Custodiado en un célebre museo de Viena, el lienzo plasma el núcleo vital del relato: el diálogo fraterno y salvador.
Jesús acaba de sentarse junto al brocal y la mujer, vestida con ricos atuendos, arriba al mismo tiempo. Al fondo resalta un paisaje fértil, donde a lo lejos regresan los apóstoles con vituallas.
Resulta conmovedor el gesto de Cristo fatigado pidiendo de beber, mientras ella se dispone a llenar el cántaro. Comienza así una conversación íntima entre el Salvador y una mujer excluida por su entorno debido a sus faltas.
Con infinita bondad brotada de la misericordia, el Señor la ayuda a examinar su vida afectiva, sus sombras y sus falsos ídolos, revelándole la Verdad redentora: «sé que va a venir el Mesías. Yo soy el Mesías». El testimonio de la mujer suscitó la fe en muchos habitantes de aquella comarca. La tierna faz de Cristo y la receptividad de la mujer se armonizan en un cromatismo refinado que ensalza el misterio del amor misericordioso.
Giotto di Bondone y el milagro del manantial en Asís
En el siglo XIV el arte poseía una honda vocación catequética; por ello esta obra de misericordia fue inmortalizada por Giotto di Bondone (1267-1337), maestro florentino, en «el milagro del manantial», uno de los veintiocho frescos de la basílica superior de Asís.
Tras formarse con Cimabue, el joven artista se trasladó a Asís, donde trató con pintores romanos y trabó estrecha amistad con los frailes menores, profundizando en el carisma de san Francisco.
Giotto supo plasmar los pilares franciscanos: pobreza, oración y misericordia entrañable. Por esta razón, pocas décadas después de la partida del santo, la comunidad le encomendó la magna decoración de la basílica.
El sediento no recibe el agua de manos directas del santo, sino que se ubica abajo a la derecha para concentrar la atención en la acción primordial: ¡san Francisco está orando!
La figura central es san Francisco, quien, compadecido por el agotamiento del joven acompañante, se arrodilla sobre el peñasco para implorar auxilio a Dios. Dos montes descarnados y escasa arboleda evidencian la sequedad del terreno, haciendo resaltar el portento del agua viva.
A la izquierda, dos frailes y su asno se miran con asombro; a la derecha, el muchacho sediento se abalanza sobre el manantial para calmar su ardor, sin percatarse del milagro divino que se opera a sus espaldas.
Giotto exalta el cuidado por la creación —la tierra, el agua, los animales y los hombres— donde se vislumbra el rostro de Dios.
El azul triangular del firmamento señala la cabeza del intercesor franciscano, y la línea precisa resalta las actitudes interiores: la serenidad del santo, la sorpresa de los frailes y el anhelo del joven. Dios corona la plegaria, refresca al exhausto y aviva la fe de los sencillos.
Una invitación a la caridad activa
Estos testimonios estéticos no solo invitan a la contemplación pasiva, sino al compromiso generoso. En nuestro tiempo no se requiere que brote agua de la roca viva, mas resulta indispensable socorrer a quienes extienden su mano, especialmente en los lugares más postergados de la tierra.
Imagen de portada: El milagro de la fuente 14, de Giotto (Wikipedia)

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