Migrantes, refugiados, migrantes económicos, asilados
El fenómeno ante el cual nos encontramos es semejante a una ola imprevisible e ingobernable, que parte del sur y del este del Mediterráneo para romper contra las costas europeas. Hay quienes defienden la necesidad de levantar muros y alambradas, escudándose tras alarmismos de índole económica y temores infundados. Otros, en cambio, consagran sus fuerzas a acoger a otros seres humanos. La clase dirigente, salta a la vista, muestra escasa cohesión ante este desafío. La ciudadanía, a grandes rasgos, se escinde en dos posturas encontradas.
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Este drama abarcará cuanto nos resta de existencia. Ha de ser afrontado con singular esmero y urgencia, sin abrigar la quimera de zanjarlo por la fuerza. Si pretendiéramos tal vía, lo haríamos del todo inmanejable. No lograríamos sino multiplicar las víctimas en lugar de atenuarlas. No caben atajos de cariz militar: bloqueos por mar, aire o tierra (Lucio Caracciolo).
El drama de los refugiados
«La situación dramática de los refugiados, marcada por el miedo, las dificultades y la incertidumbre, es una triste realidad. Los refugiados huyen cada día del hambre y de la guerra en busca de una vida digna para ellos y para sus familias. Van a tierras lejanas y, cuando encuentran trabajo, no siempre hallan una auténtica acogida, respeto y valoración de los valores que portan. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que a veces parecen insuperables; por ello, pensemos en el drama de los refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación, víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo» (Papa Francisco).
El desvalido, el indigente, el caminante, el extranjero, el marginado, aquel cuya dignidad se halla abatida bajo el peso de las carencias, del desamparo, del olvido y de la ajenidad, comienza a sentirse acogido solo cuando empiezo a sentir su humillación como mía, su vergüenza como propia, cuando comprendo que la herida infligida a su humanidad constituye mi propio quebranto.
Solo entonces, despojada la conciencia de culpas vanas y de sentimentalismos vacíos, brota la relación de hospitalidad que me impulsa a realizar cuanto esté a mi alcance en bien del prójimo.
Mas debe quedar patente que la hospitalidad humaniza prioritariamente a quien la prodiga, pues según sentenció Pierangelo Sequeri: “no ha comenzado a ser cabalmente hombre quien jamás conoció la piedad ante la humanidad herida y envilecida en el otro” (Trento Lungaretti).
No hace falta profesar fe religiosa ni comulgar con el catolicismo para conmoverse ante un hombre que se arrodilla ante sus semejantes para lavarles los pies.
El papa Francisco dispuso, nuevamente este año, hacer frente al triste “espíritu de los tiempos” acudiendo al centro de acogida para solicitantes de asilo de Castelnuovo di Porto, en Roma. Allí se encuentran “alojadas” más de 900 personas huidas de conflictos armados, del terrorismo y de la tortura.
Muchos de ellos tienen otro color de piel, rezan a otro Dios y en su mayoría pertenecen a la comunidad islámica. Aquellos pies que lavar encarnan la geografía del desconsuelo, de la marginación social y del arrebato de derechos y esperanzas. La “radicalidad” de Francisco radica justamente en escoger este enclave y estos pies, haciéndolo en medio de los vendavales de conflicto, pavor y xenofobia que arrecian a su alrededor (Beppe Giulietti).
En Jesús, Dios vino a pedir hospitalidad a los hombres
Por tal razón erige en virtud esencial del creyente la disposición a abrazar al semejante en el amor. Dispuso nacer en el seno de un hogar que no halló posada en Belén (cf. Lc 2, 7) y conoció los rigores del destierro en Egipto (cf. Mt 2, 14).
Jesús, que “no tenía dónde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20), solicitó amparo a quienes salían a su paso. Al enviar a sus discípulos en misión, transformó la acogida de la que serían objeto en una deferencia dirigida a su propia persona: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me envió” (Mt 10, 40).
La Iglesia recuerda con firmeza que la acogida solidaria al desvalido representa una seña inconfundible de la vivencia de la fe. (Juan Pablo II 1999)
Nos hemos transformado, desde hace tiempo, en una sociedad multicultural. Surgen, inevitablemente, fricciones en el entendimiento mutuo y en la integración del forastero, además de los límites propios de cualquier comunidad para brindar amparo.
Con todo, como cristianos debemos cuestionarnos hasta qué punto secundamos hoy el llamamiento de Jesús sobre la hospitalidad y qué palabras nos dirigiría Cristo en el presente. La Palabra de Jesús continúa siendo un acicate vivo que la pura racionalidad no puede desechar con ligereza. Ha de figurar en el centro de cuantas reflexiones mantengamos en torno a la integración y acogida del extranjero en nuestra sociedad.
No podemos aguardar pasivamente a que la política asuma en solitario el peso de la integración. (P. Adolfo Antonelli)
La parábola por antonomasia que nos propone la cumbre del socorro y la acogida es la del Buen Samaritano (Lc 10,29-37): un forastero, socialmente postergado, auxilia a un hombre herido tras un asalto –potencialmente un adversario–, venda sus heridas y lo traslada al amparo de una posada para que reciba alivio y cuidado.
Acoger comporta reservar un espacio al otro en la propia tierra, en el existir diario, en el pensamiento y en el corazón; entraña otorgarle «derecho de asilo», velar por su dignidad y por su anhelo de sentirse vivo, amado y resguardado. En última instancia, una persona desprovista de techo es alguien en busca de «familia».
Jesús no solo se hace prójimo de los tenidos por distantes y extraños, sino que es el Huésped de nuestra propia historia: de nuestra vida. Su periplo terrenal se presenta como un camino continuo: parte del seno del Padre (Lc 1,34-38) y, a través de las encrucijadas terrenas, nos señala a todos la patria definitiva a la que estamos convocados.
Por eso nos insta a seguir sus huellas. Y al asegurar que los suyos están en el mundo sin pertenecer al mundo (Jn 17), restituye al hombre su vocación más honda: ser peregrino en este mundo.
Peregrino es el ser humano a lo largo de su travesía por la vida y la muerte, orientado hacia el Otro y hacia sí mismo para reencontrar su humanidad más limpia. (+ Bruno Forte)
Oración
(de Mons. Bruno Forte, Arzobispo de Chieti-Vasto)
Dios, Padre misericordioso, que nos revelaste tu amor infinito en tu Hijo Jesucristo, hecho hombre por nosotros,
concédenos experimentar tan profundamente tu misericordia que nos convirtamos nosotros mismos en testigos y artífices de misericordia para todos aquellos a quienes nos envías y nos confías.
Y que María, madre de misericordia, interceda por nosotros para ayudarnos a vivir con fe y generosidad de corazón las obras de misericordia, dóciles a la acción del Espíritu Santo, soplo del eterno Amor.
Amén.
Ilustración de la hermana Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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