Rezar a Dios. El mensaje del Papa Francisco para la celebración de la jornada mundial de la paz 2016 abre con tres afirmaciones muy significativas: «¡Dios no es indiferente! A Dios le importa la humanidad, ¡Dios no la abandona!».
Dios es el sabio arquitecto de mi vida. No puedo hacer mis propios planes, actuar en consecuencia y luego pretender que Dios venga a hacer de peón en la construcción.
La construcción la hacemos juntos, en «colaboración». Es necesario tomar conciencia del cambio radical de perspectiva que el cristianismo opera con respecto a la oración pagana: el pagano reza para conquistar a los dioses, para ganarse su favor, para atraerlos a su lado.
Para el cristiano es lo contrario: no tengo que convencer a Dios, porque Él ya está de mi lado, del lado de mi bien. Soy yo quien necesita convencerse y ponerse del lado de Dios; no rezo para convertir a Dios, sino para convertir a los demás, y a mí mismo con ellos.
Por los vivos
La obra de misericordia que estamos profundizando se refiere en particular a la oración de intercesión, la oración por los demás. Interceder significa «dar un paso entre», «interponerse», situarse entre dos partes para intentar tender un puente, una comunicación entre ellas.
«Caminar en medio», dispuestos a ayudar a cada una de las dos partes. En la intercesión asumimos sobre nosotros las cargas de aquellos por quienes rezamos: es una oración que remite al proyecto de Dios y permite participar en su obra de salvación.
Retomando una imagen del Libro de Job, podemos decir que el intercesor es aquel que pone una mano sobre Dios y otra sobre el hombre, sobre el hombro de Dios y sobre el hombro del hombre, convirtiéndose él mismo en un puente entre ambos: «No hay entre nosotros un árbitro que ponga su mano sobre entrambos» (Job 9,33).
Todo cristiano está llamado a interceder y a desempeñar un papel especial frente a toda la humanidad: quien sigue a Jesús comparte la responsabilidad de la salvación del mundo entero. Por lo tanto, la presencia de muchos intercesores es un medio para hacer realidad una comunidad que responda al plan de Dios y para promover la reconciliación entre individuos, pueblos, culturas y religiones, y entre el hombre y su Dios.
Este gran río de intercesión confluye en el océano de la intercesión de Cristo.
Jesús intercesor
Pensemos en su postura en la cruz, cuando su estar entre el cielo y la tierra, con los brazos abiertos para llevar a todos los hombres a Dios, se convierte en la narración del desenlace supremo de la intercesión: la entrega de la vida por los pecadores por parte de Aquel que es santo, el «morir por» los injustos por parte de Aquel que es justo.
La oración de Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34) sintetiza toda una vida consagrada ante Dios por los demás y muestra a un Jesús convertido en intercesión misma con su vida y su muerte. El Resucitado continúa intercediendo por todos los hombres desde lo alto de los cielos; San Pablo escribe a los Romanos: «¡Resucitó, está a la diestra de Dios e intercede por nosotros!» (Rm 8,34).
Por los muertos
La Iglesia siempre ha invitado a rezar por los difuntos, en particular ofreciendo por ellos la Celebración Eucarística: es la mayor ayuda espiritual que podemos brindar a sus almas, especialmente a las más abandonadas.
En la Lumen Gentium leemos que la Iglesia: «desde los primeros tiempos de la religión cristiana ha cultivado con gran piedad la memoria de los difuntos» (LG 50). Rezando por los muertos, la Iglesia se inserta en el plan de salvación de Dios que tiene como fin el Reino, la resurrección final y la vida eterna.
En el fundamento de esta oración existe, por tanto, un lazo de solidaridad en el amor mutuo: rezamos por los muertos porque los amamos. Y ellos también continúan amándonos, con un amor todavía mayor que el que nos tenían en su vida terrenal, pues ya no están limitados por la fragilidad de la naturaleza humana; ahora aman con el mismo poder del amor de Dios.
En la oración experimentamos la comunión con ellos, al tiempo que les pedimos que nos acompañen desde el cielo y hablen de nosotros a Dios; expresamos asimismo la convicción de que el amor es más fuerte que la muerte. Porque la muerte física no puede quebrar los lazos del amor y de la caridad, que nos unen a todos en un solo cuerpo.
Cuando rezamos por los difuntos, nos basta saber que su amor a Dios sigue creciendo y que necesitan de nuestro apoyo, así como nosotros del suyo.
(Andrea Brandolini Colegiata de San Giovanni in Persiceto 17 de enero de 2016 Catequesis de adultos)
Oración del Papa Francisco
Dios de infinita misericordia, confiamos a tu inmensa bondad
a cuantos han dejado este mundo hacia la eternidad,
donde tú esperas a la humanidad entera,
redimida por la sangre preciosa de Cristo, tu Hijo, muerto en rescate por nuestros pecados.
No mires, Señor, nuestras tantas pobrezas, miserias y flaquezas humanas cuando nos presentemos ante tu tribunal,
para ser juzgados hacia la dicha o la condena.
Vuelve hacia nosotros tu mirada compasiva, brotada de la ternura de tu corazón,
y ayúdanos a caminar por la senda de una purificación completa.
Que ninguno de tus hijos se pierda en el fuego eterno del infierno, donde ya no puede haber arrepentimiento.
Te confiamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos,
de las personas que murieron sin el consuelo sacramental,
o no tuvieron ocasión de arrepentirse ni aun al final de su vida.
Que nadie tema encontrarse contigo,
tras la peregrinación terrena,
con la esperanza de ser acogido en los brazos de tu infinita misericordia.
Que la hermana muerte corporal nos encuentre vigilantes en la oración
y colmados de todo el bien obrado a lo largo de nuestra breve o larga existencia.
Señor, nada nos aparte de Ti en esta tierra,
sino que todo y todos nos sostengan en el ardiente deseo de descansar serena y eternamente en Ti.
Amén.
(Ángelus – 2 de noviembre de 2014)
Ilustración de la Hermana Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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