Padre Ferdinando Colombo: Visitar a los enfermos

18 de August de 2024

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Entre las siete obras de misericordia corporales, “visitar a los enfermos” adquiere una relevancia muy especial, ya que hacerse prójimo de quien sufre representa un modo profundo y emblemático de acercarse –en palabras del Papa Francisco– a la carne viva y doliente de Cristo Jesús.

Servidor de los que sufren

La referencia evangélica inmediata remite a la parábola del “Buen Samaritano” (Lc 10, 25-37), icono de Jesús, quien cargó con nuestras flaquezas rescatándonos del pecado, de la muerte y de sus secuelas, de las cuales el sufrimiento en todas sus formas es el signo según la lectura bíblica. Icono de Jesús y, a la vez –al igual que las demás obras de misericordia–, signo creíble de encarnación y de discernimiento acerca de la autenticidad de la confesión de fe personal en el Crucificado Resucitado y de caridad hacia Dios y el prójimo, en especial el débil, el pobre y el sufriente (1 Jn 3, 23-24).

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Más aún: visitar a los enfermos conforme al corazón de Cristo Jesús nos asimila a Él y, como Él, con el mandil ceñido para servir a los que padecen. Nos une a Él como “Christus medicus” de los cuerpos y de las almas.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó cuando cayó en manos de unos bandidos. Le despojaron de todo, le propinaron una paliza y se marcharon dejándolo medio muerto. Casualmente pasaba por aquel camino un sacerdote; vio al hombre malherido, dio un rodeo y prosiguió. Igualmente un levita del Templo pasó por allí; al verlo, lo esquivó y siguió de largo.

En cambio, un hombre de Samaría que iba de camino llegó a donde él estaba, lo vio y se conmovió. Se acercó, derramó aceite y vino en sus heridas y las vendó. Luego lo subió a su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos monedas de plata, se las entregó al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso”.

Mi prójimo

En el diálogo entre Jesús y el maestro de la ley, ambos convienen en que el amor a Dios y al prójimo es el requisito imprescindible para heredar la vida eterna.

La cuestión cobra mayor hondura cuando llega el momento de dilucidar “quién es mi prójimo”. Para aclararlo, Jesús relata la parábola. Observa, se detiene y experimenta compasión: se siente comprometido.

Compasión entendida no como mera reacción emocional, sino como acción que engendra desvelo y auxilio por el hermano. Jesús insta de este modo al letrado –y a nosotros hoy– a insertarse en la dinámica del relato evangélico.

A obrar como el samaritano. A no interrogarse tanto sobre “quién es mi prójimo” (como si pudiera escoger a quién auxiliar), sino sobre “de quién debo hacerme prójimo” (y por consiguiente de cualquiera, empezando por quien está a mi lado).

Ese buen Samaritano es Jesús. Es Él quien, al transitar por el sendero de la historia, advirtió el desconsuelo de la condición humana. Se hizo cercano hasta encarnarse como uno de nosotros, Hombre. Cargó sobre sus hombros nuestra existencia herida por el pecado y nos cobijó bajo su amparo.

A imagen de Jesús, cada creyente está llamado a “hacer lo mismo”. Cada comunidad cristiana debe hacer lo propio. En definitiva, porque Él tomó la iniciativa: “Amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). Amar al hermano es amar a Dios mismo (Parroquia S. Maria Assunta – Bibione).

El otro ante mí

La expresión “visitar a los enfermos” cobija al menos tres horizontes de sentido complementarios. En primer término, el verbo “visitar” alude a hacerse presente de manera palpable ante el otro, no con discursos, sino con hechos, muy singularmente cuando demanda sacrificio; téngase presente cómo la Beata Madre Teresa de Calcuta –figura dilecta del Papa Francisco en el Jubileo de la Misericordia– recordaba que cualquier muestra de caridad hacia el semejante que no cueste corre el riesgo de carecer de mérito ante Dios.

En segundo término, “visitar” denota una caridad constante, ajena a la improvisación momentánea, que procura perseverancia, método y estructura, según enseña la parábola.

En efecto, el Buen Samaritano no se limita a realizar una primera cura de urgencia, sino que asume la responsabilidad del herido conduciéndolo al albergue, sufragando los gastos de su bolsillo y asegurando su seguimiento.

Por último, visitar implica creatividad en la entrega: cercanía, caricia, palabra, mirada, plegaria. El término “enfermos” abarca cuando menos dos dimensiones.

La primera: la dolencia no atañe únicamente al organismo corporal, sino que alcanza a la esfera psicológica, espiritual y moral. Dichos planos se entrelazan de continuo y reclaman una visión integradora y un discernimiento certero para responder a las necesidades concretas de quien sufre.

La segunda dimensión: el enfermo es semblante del Christus patiens (Cristo doliente), al margen de su extracción social, capacidad económica, pertenencia nacional, credo o cosmovisión.

En suma, “visitar a los enfermos” se revela como expresión del realismo cristiano, que valora la dignidad humana en su totalidad y proyecta el trance del dolor terrenal hacia su consumación trascendente (Dario Sacchini).

Benedicto XVI, que en “Spe salvi” (nn. 35-40) presenta la acción y el sufrimiento como ámbitos propicios para aprender la esperanza, enseña que el dolor asumido y ofrecido obra el milagro del amor:

“Quisiera añadir una pequeña observación que no es del todo insignificante para la vida ordinaria. Formaba parte de una devoción muy extendida la idea de ‘ofrecer’ los pequeños contratiempos cotidianos que nos asaltan de continuo como punzadas más o menos fastidiosas, otorgándoles así sentido. ¿Qué significaba ‘ofrecer’? Aquellos creyentes estaban persuadidos de poder injertar sus menudas fatigas en la inmensa compasión de Cristo, de modo que entrasen a formar parte del tesoro de gracia que tanta falta hace a la humanidad. Quizás debiéramos preguntarnos si esta actitud no podría volver a constituir una propuesta fecunda para nosotros hoy” (40).

El dolor aceptado y ofrecido, junto con la entrega sincera y desinteresada, ¿no configuran acaso los milagros cotidianos del amor? (Don Gino Oliosi)

Oración

Oh Cristo, médico de los cuerpos y de las almas, custodia a nuestro hermano enfermo y dolorido;

y, a semejanza del buen samaritano, derrama en sus heridas el bálsamo del consuelo y el vino de la esperanza.

Por la gracia salutífera de tu Espíritu,

ilumina la dura prueba del dolor para que, reconfortado en cuerpo y alma,

se una a nuestra plegaria en acción de gracias al Padre de las misericordias.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Ilustración de sor Marie-Anastasia Carré (Communauté des Béatitudes)

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