1. En el Domingo en que en el Evangelio contemplamos a Jesús que multiplica los panes y los peces, la Iglesia nos invita a recitar algunos versículos del Salmo 144, un admirable canto alfabético, en el que la primera palabra de cada versículo empieza con una letra del alfabeto hebreo en sucesión. El Salmo es una festiva alabanza al Señor, celebrado como soberano amoroso y tierno, preocupado por todas sus criaturas.
2. En el primer movimiento (vv. 3-12) Dios no solo no es indiferente con respecto a la historia, sino que, más bien, tiene un proyecto sobre ella, un diseño de armonía y de paz, a cuya realización el Señor convoca también a la humanidad fiel con su colaboración activa. ¡Cuánto necesitamos este anuncio, nosotros que nos vemos rodeados por las guerras, las opresiones, las violencias que parecen condicionar el camino de la humanidad!
3. En el segundo movimiento (vv. 13-20) Dios manifiesta su fidelidad amorosa sobre todo con respecto al hombre, y en particular del pobre. Él se inclina como un padre sobre sus criaturas, provee el alimento a todos los vivientes, sostiene a los que vacilan, levanta a los que están postrados en el polvo. Por eso la última palabra del salmista es una invitación a la alabanza universal y cósmica: “Cante mi boca la alabanza del Señor y bendiga todo ser viviente su santo nombre, por siempre y para siempre.” (v. 21).

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