- La primera parte del Salmo 94 es una invitación a alabar al Señor, Rey y dueño de la tierra creada por él, y a adorar a Dios que es pastor del pueblo de Israel (vv. 1-7). ¡Qué hermoso y verdadero sería si cuando la asamblea oye proclamar: “¡Venid, aplaudamos al Señor!” (v. 1) estallara un vibrante aplauso que involucrara en la oración también a nuestra corporeidad!
- En la segunda parte Dios habla a su pueblo. El oráculo de Dios, que peregrinos y fieles son exhortados a escuchar, es presentado tal vez por un sacerdote o por un profeta: “Si escuchaseis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como en el día de Masá en el desierto, donde me tentaron vuestros padres: me pusieron a prueba aun habiendo visto mis obras” (vv. 8-11). En la tradición bíblica (Éx 17), Masá significa “tentación” o “poner a prueba”, y Meribá significa “pleito” o “contestación”. Los dos términos indican el lugar (conocido también como Refidim) donde los israelitas, sedientos en el desierto, dudaron de la presencia de Dios y protestaron contra Moisés y Dios. En Masá el pueblo puso a prueba (“tentó”) a Dios haciendo la pregunta: “¿Está el Señor en medio de nosotros, sí o no?”, es decir, dudando de su presencia con el pueblo a pesar de los tantos milagros experimentados. En Meribá los israelitas entraron en pleito y protestaron contra Moisés y Dios a causa de la falta de agua: en vez de rezar, pretendieron que Dios respondiera a su juicio. Los desterrados son comparados con los padres: también ellos por sus propias culpas están lejos de Jerusalén.
- El Salmo 94 forma parte de una colección (94-99) de Salmos que se abre y se cierra con una certeza: “El Señor es el único Dios, él nos hizo y nosotros somos suyos, su pueblo, su rebaño, rebaño de su mano” (Sal 94,6-7; 99,3). También en los momentos de la prueba, del sufrimiento, del dolor, el creyente mantiene la certeza de pertenecer a Dios, rodeado de su amor y de su ternura, de su cuidado continuo y de su providencia misericordiosa.
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