(Mons. Corrado Lorefice, Arzobispo de Palermo y Presidente de la Comisión CEI sobre Migraciones)
Lo sucedido en el enclave español en Marruecos, en Ceuta, es ciertamente una trampa de los mercaderes de la muerte y un acontecimiento diseñado y manipulado a sabiendas.
Sin embargo, su valor simbólico es difícil de subestimar. Es la demostración patente de un deseo de libertad y de vida que nos llega desde el Sur del mundo y que no puede ser tratado solo como un problema de seguridad pública.
Dejar la propia tierra, el propio país, no es algo que ninguna mujer ni ningún hombre haga a la ligera.
Partir significa ir hacia lo desconocido, dejar las seguridades, abandonar usos, costumbres y tradiciones que han marcado la propia vida, arriesgar la integridad de uno mismo y de los seres queridos.
¿Cuántas personas han muerto intentando cruzar el mar? Las estamos contando con frialdad, sin darnos cuenta de que son vidas humanas, rostros, sueños y deseos ahogados por la esperanza de una nueva patria.
Más allá de las necesarias evaluaciones políticas y medidas legislativas, eventos como los de Ceuta siguen siendo la prueba del algodón del enorme desequilibrio del mundo, de la distribución inicua de las riquezas, de la reducción de las democracias en todo el planeta (y de los correspondientes derechos sociales, civiles, económicos), de la crisis climática. Todo condensado en esa desesperada esperanza de Europa de los migrantes.
Se repiten así sin fin hechos trágicos, en los que las esperanzas, las sonrisas, los cuerpos de tantos, en un instante, son destruidos por decisiones de otros hombres, que se arrogan el derecho de quitar la vida ajena, borrando como inútiles los muchos amores que los trajeron al mundo. El riesgo es precisamente la anestesia de la conciencia, que vuelve banal el mal.
Crear torpor, crear conciencias adormecidas es el proyecto oculto de Occidente. Prueba de ello es la forma en que Ceuta es contada por los gobiernos y los medios del Viejo Continente (con la habitual e indefinible extensión estadounidense). Una modalidad, a mis ojos y a los nuestros, absolutamente terrible.
Ningún respeto, ninguna participación, ningún dolor, ningún sentido de humanidad, ninguna explicación de las razones profundas.
Solo la alarma, del todo infundada desde el punto de vista jurídico, de una invasión de hecho imposible (está el mar, está Gibraltar entre Ceuta y Europa); solo la descalificación, absurda y en realidad contraintuitiva, de cualquier política de acogida y de inclusión.
Aquí está el pecado original de la Europa de hoy frente a los migrantes: no querer admitir que se trata de un fenómeno mundial, irreversible, que se debe afrontar y gestionar con la política y no con los ejércitos; que estamos ante un éxodo al que no se puede responder con acuerdos ignominiosos con terceros países, como la Libia de Almasri.
Antes de caer en el sueño que –como nos ha enseñado la Historia– no deja percibir la violencia, su escándalo, hasta hacerla aceptar como normal o incluso necesaria.
En Ceuta, Europa demuestra de manera evidente la profunda crisis de su civilización y de sus valores. Se niega a sí misma como patria del derecho y del reconocimiento de cada mujer y de cada hombre como pertenecientes a una humanidad común, a una fraternidad universal que nos supera.
No se da cuenta de que las soluciones de tipo «paños calientes» quitan la molestia de un día pero preparan la tragedia del mañana.
Y sobre todo, al negarse a pensar y actuar según sus propios principios y sus propias capacidades, Europa corre el riesgo de condenarse a muerte.
La historia nos enseña que los llamados bárbaros, tras entrar en el territorio romano, fundaron, junto con los ciudadanos del Imperio, una nueva civilización. No precipitemos en la noche de la razón, del corazón y de la conciencia.
Fuente: Comunicado de prensa de la Oficina de Comunicaciones Sociales de la Archidiócesis de Palermo
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