La situación
La práctica caritativa de dar de beber al sediento a menudo ha sido considerada en la tradición eclesial de menor rango frente a la necesidad de saciar al hambriento. Ciertamente el alimento resulta imprescindible, pero beber reviste una urgencia todavía mayor: un ser humano puede aguantar más de cuarenta días sin comer, mas difícilmente superará siete sin hidratarse, acarreando la deshidratación un dolor agudo.
A quienes residen en el hemisferio septentrional, surcado por cuencas y fuentes inagotables, les cuesta representarse la angustia de poblaciones asoladas por la sed. Sin embargo, más de mil millones de almas carecen de acceso a fuentes potables y cinco millones mueren cada año por aguas corrompidas, figurando entre ellos 1,6 millones de niños.
El agua en la Biblia
El tema del agua abarca la totalidad del devenir humano a lo largo de las páginas sagradas. Las tradiciones bíblicas y su entorno circundante conciben el agua como principio constitutivo del cosmos (Gén 1,6: «haya separación entre aguas y aguas»).
Más allá de sus más de 1500 alusiones textuales, la noción del agua ostenta un denso simbolismo que enlaza los orígenes del mundo, la existencia diaria y la vocación de fe.
El agua como fuente de vida para el ser humano y la naturaleza
Las enseñanzas bíblicas sobre el agua encarnan el recorrido del pueblo hebreo en el contexto geográfico de Canaán, condicionado por la escasez hídrica y los afanes pastoriles.
La sed y la búsqueda desesperada de manantiales atraviesan la memoria colectiva. Basta evocar el grito en el desierto: «¡Danos agua para beber!» (Éx 17,2), o la sequía contemplada como castigo del cielo: «Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por mi palabra» (1 Re 17,1).
Jeremías describe con maestría este drama recurrente: «Los señores enviaron a sus criados por agua: llegaron a las cisternas y no hallaron agua; volvieron con sus vasijas vacías. Avergonzados y confusos, se cubrieron la cabeza. Por la tierra agrietada, al no haber caído lluvia en el país, los labradores están confusos y cubren su cabeza. Hasta la cierva en el campo pare y abandona su cría, porque no hay hierba. Los asnos monteses se paran en los cerros pelados, aspiran el viento como chacales; languidecen sus ojos por falta de pastos» (Jer 14,3-6).
Por ello, la llegada de nubes y lluvias se vivía como bendición gratuita, tal como expone el Deuteronomio: «El Señor te abrirá su rico tesoro, el cielo, para dar a su tiempo lluvia a tu tierra y para bendecir toda la obra de tus manos» (Dt 28,12). No obstante, el Creador provee a todos con paterna generosidad: «Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). En primavera, el Salmista describe al Señor bendiciendo los sembrados, allanando terrones y transformando las estepas en praderas rebosantes de júbilo (Sal 65,10-14).
El pan y el agua constituyen el sustento primordial amparado por Dios (Éx 23,25), presente en las narraciones de David (1 Sam 30,11-12), Elías (1 Re 18,4.13; 22,27), Eliseo (2 Re 6,21) y Ezequiel (Ez 4,11-16). Los pozos (Gén 26,18; 37,20), el riego agrícola (Dt 11,10; 2 Re 18,17) y los abrevaderos (Gén 30,38) acompañan la travesía del pueblo.
Frente a la debilidad e incredulidad comunitaria (Núm 20,24; 27,14; Sal 81,8; 106,32), Dios responde haciendo brotar agua viva de la roca (Éx 17,2-7; Núm 20,7-11).
El agua como medio de purificación
El agua posee asimismo una función ritual indispensable. En los preceptos de acogida, se brinda para el lavatorio de los pies (Gén 18,4; 19,2; 2 Sam 11,8; Jn 13,1-17). Unida al óleo, la sangre y el fuego, es preceptiva en las normas de purificación levítica (Lev 11-15).
Dicho simbolismo trasciende hacia la reconciliación con Dios (Sal 51,9) y la aspersión profética que renueva al pueblo (Ez 36,25; Is 1,16; Jer 33,8), desembocando en el bautismo sacramental del Nuevo Testamento (Mt 3,1-17; 28,19-20).
Los horizontes espirituales
La figura del agua adquiere un cariz escatológico de redención tras el destierro babilónico. De igual forma que Yahvé sació la sed en el desierto (Núm 20,1-13; Sal 78,16; Is 48,21), el Dios de la Alianza colmará las tierras secas de torrentes imperecederos (Is 41,17-20; Is 35,6-7).
Ezequiel contempla el manantial que mana del Templo de Jerusalén fertilizando las riberas con vegetación frondosa (Ez 47,1-12).
En san Juan, la esperanza alcanza su cénit durante la fiesta de las Tiendas (Jn 7,39) y en el Calvario, con la lanzada que atraviesa el costado de Cristo (Jn 19,34), manando sangre y agua como símbolo del don del Espíritu Santo.
El agua representa la Palabra sin la cual el hombre se seca (Am 8,11; Is 55,10-11) y la Sabiduría de lo alto (Sir 24,23-29). Es imagen misma del Señor: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2-3; Sal 63,2).
En el cuarto Evangelio, Jesús entra en el Jordán (Jn 1), muda el agua de purificación en vino nuevo (Jn 2), enseña a Nicodemo el renacer del agua y del Espíritu (Jn 3) y ofrece a la samaritana el agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4).
El derecho al agua
El agua, valorada hoy como «oro azul», sufre constantes presiones especulativas con vistas a su privatización y lucro mercantil.
El magisterio de la Iglesia insiste en que el derecho al agua está intrínsecamente ligado al disfrute de un entorno saludable. San Juan Pablo II advirtió en 2003 sobre la creciente brecha entre las demandas accesorias de las sociedades opulentas y la desatención de los derechos elementales en las zonas desfavorecidas.
El «Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia» (2004) decreta taxativamente que «el derecho al agua, como todos los derechos del hombre, se basa en la dignidad humana y no en valoraciones de tipo meramente cuantitativo», ratificándolo como derecho universal e inalienable. Benedicto XVI, en 2009, enfatizó que este bien salvaguarda de forma directa el derecho primario a la existencia.
El agua no admite ser reducida a un objeto comercial. En su encíclica «Laudato si’» (2015), el Papa Francisco señala: «El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos» (n. 30).
Garantizar a cada ser humano el acceso al agua constituye un imperativo cristiano, a la luz de las palabras del Señor: «Cualquiera que os dé de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa» (Mc 9,41).
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