El hombre nace desnudo, como recuerda con realismo Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21), pero necesita no solo comida y agua, sino también ropas. Afirma el Libro del Génesis que “Dios el Señor hizo túnicas de pieles para el hombre y para su mujer, y los vistió” (Gn 3, 21), ya que Adán y Eva, tras el pecado original, “se dieron cuenta de que estaban desnudos”. Dios es el primer sastre que se ocupa de vestir a los desnudos.
En toda la Biblia existe una verdadera “teología del vestido”. El ropaje adquiere con frecuencia profundos valores simbólicos: baste pensar en las vestiduras blancas propias de la esfera celestial (Mt 28, 3; Mc 9, 3; 16, 15; Ap 6, 11) o en el hondo significado de Jesús despojado de su túnica antes de ser crucificado (Mc 15, 17.20.24). De este modo, la desnudez del Resucitado evoca la condición paradisíaca inicial de Adán en comunión con Dios (Gn 3, 10-11): Jesús es el nuevo Adán (1 Cor 15, 45; Rom 5, 14). Jesús resucitado ya no necesita vestimentas humanas porque “Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere” (Rom 6, 9), a diferencia de Lázaro, quien sale del sepulcro envuelto en vendas mortuorias (Jn 11, 44), pues debía morir otra vez.
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El vestido se presenta también como símbolo visible de salvación: “Os habéis despojado del hombre viejo con sus obras y os habéis revestido del nuevo, que se va renovando en el conocimiento a imagen de su Creador” (Col 3, 10); “Revestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 24); “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo” (Gál 3, 27). Y a los bienaventurados, Dios entregará “una vestidura blanca a cada uno” (Ap 6, 11).
Vestir al desnudo
Las Sagradas Escrituras nos invitan a compartir nuestras prendas abrigando a quienes, especialmente en los inviernos crudos, carecen del abrigo necesario ante la intemperie o deambulan descalzos arriesgando su salud. En el mundo, en particular en África y en diversas regiones de América Latina y Asia, pero también hoy en nuestras ciudades y cárceles, millones de personas carecen de ropa adecuada.
En el Antiguo Testamento Dios nos exhorta: “Da de tus vestidos a los desnudos” (Tob 4, 16); “¿No es más bien este el ayuno que yo escogí…? ¿No es que partas tu pan con el hambriento y que al ver al desnudo lo cubras?” (Is 58, 6-7.10); “Si cubre de vestidura al desnudo… este es justo, ciertamente vivirá, dice el Señor Dios” (Ez 18, 7.16).
En el Nuevo Testamento, Juan el Bautista afirmaba con sencillez: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene, y el que tiene comida, haga lo mismo” (Lc 3, 11). Y Jesús instruyó a los apóstoles para que no llevasen dos túnicas (Mt 10, 10) y no viviesen con desasosiego por el porvenir: “¿Y por el vestido, por qué os preocupáis?” (Mt 6, 28), rematando con una hermosa enseñanza: “Observad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). El Señor Jesús en persona, antes de ser crucificado, fue despojado como un malhechor; ultraje y afrenta infligidos al Hijo de Dios y a la dignidad misma del ser humano.
San Santiago amonesta asimismo: “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (Sant 2, 15-16).
Juan Crisóstomo señala con agudeza: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus miembros, es decir, en los pobres que no tienen con qué cubrirse. No lo honres aquí en el templo con ricos lienzos de seda si afuera lo abandonas cuando tirita de frío y desnudez.”
Y San Basilio: “¿Quién es el ladrón? Quien toma lo ajeno. ¿Y no eres tú acaso un ladrón cuando consideras propio lo que se te ha confiado en administración? A quien despoja a un hombre vestido se le llama ladrón; quien pudiendo vestir al desnudo no lo socorre, ¿merece otro nombre? El pan que guardas pertenece al hambriento; el manto en tu guardarropa pertenece al desnudo; el calzado que se deteriora en tu casa pertenece al descalzo; la plata escondida pertenece al indigente. Haces injusticia a cuantos pudiste haber ayudado… ¡Qué justas te parecerán las palabras en el día del juicio…! (Mt 25, 41-43). No solo se condena al ladrón, sino a quien se niega a compartir sus bienes.”
“La tradición nos brinda el ejemplo elocuente de san Martín de Tours dividiendo su capa con un pobre desprotegido del invierno gélido; Cristo se le apareció esa misma noche en sueños para agradecerle su entrega. El santo, aun sin erradicar el origen del mal, es decir la pobreza, abrigó a ese desamparado y mitigó su dolor. Del mismo modo, donar una prenda no elimina el desamparo de la tierra, pero alivia verdaderamente el sufrimiento de un prójimo” (G. Comolli).
Como Pier Giorgio Frassati, quien desde niño rompía en llanto ante un mendigo despedido en el zaguán diciendo que “tal vez lo había mandado Jesús”, y se descalzaba a escondidas para dar calcetines y zapatos a la madre de un niño que llamaba a la puerta. Más adelante, siendo ya un joven atlético, regresaba a menudo a su casa descalzo y aterido de frío tras haber repartido sus prendas a los pobres encontrados por el camino.
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