XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

5 de August de 2026

matteo

¡Ánimo, soy Yo, no temáis!

Lecturas: 1 Re 19,9.11-13; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

«Ánimo, soy Yo, no temáis»: esta estupenda reafirmación del Evangelio de hoy (Mt 14,22-33) desgarra nuestras tinieblas, ahuyenta nuestros temores, borra nuestras ansiedades. Estamos en una sociedad marcada por el miedo y por la agitación: temor del presente, de los desórdenes sociales, de la delincuencia, de las guerras, de las enfermedades, del envejecimiento y sobre todo de la muerte, este trágico acontecimiento que resume en sí todas nuestras angustias; frenesí de una vida siempre a la carrera, aplastados por el trabajo y por las mil preocupaciones cotidianas, incapaces de pausas y de contemplación. En este contexto de estrés existencial, la liturgia de hoy nos presenta al Dios de la Paz y de la Serenidad. En la primera lectura (1 Re 19,9.11-13), al profeta Elías, que está huyendo de Jezabel que quiere su muerte (1 Re 19,1-3), Dios se le revela en el monte que había sido escenario de la teofanía a Moisés (Éx 32-33): y como Moisés había experimentado a Dios en el signo dulce y delicado de la nube (Éx 34,5), así ahora Elías no encuentra a Dios en el “viento impetuoso y fuerte que hendía las montañas y quebraba las peñas”, ni en el “terremoto”, ni en el “fuego”, sino en el “susurro de una brisa suave”. ¡Qué imagen de delicadeza, de suavidad, de tranquilidad!

En el Evangelio, a una Iglesia “agitada por las olas, a causa del viento contrario” (Mt 14,24), en la “noche” (Mt 14,25), “turbada”, que “grita por el miedo” (Mt 14,26) y que “comienza a hundirse” (Mt 14,30), Cristo se aparece en un contexto pascual de nuevo Éxodo. El terror de los discípulos recuerda al de Israel frente al faraón y a su ejército (Éx 14,13), el fuerte viento del lago de Genesaret al que abre el mar Rojo (Éx 14,21), el caminar de Jesús sobre las aguas recuerda al Señor que pasa sobre las aguas con huellas invisibles (Sal 77,20; Is 43,11), la “cuarta vela de la noche” (Mt 14,25) remite a la “vela de la mañana” cuando el Señor pone en fuga caballos y jinetes egipcios (Éx 14,24), y finalmente el “Yo soy” con el que Jesús se presenta es proclamación del Nombre divino como en el Sinaí (Éx 3,14).

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La paz y la alegría siempre, en lo íntimo del creyente, nacen de la conciencia y de la certeza de la victoria pascual de Cristo sobre el pecado, sobre la enfermedad y sobre la muerte. Jesús nos llama a vivir en la serenidad y en la paz: “No temáis” (Mt 14,27) es la exhortación que acompaña cada manifestación del Señor (Tob 12,17; Is 35,4; 44,8; 17,7; 28,20; Lc 1,13.30; 5,10; 8,50; 12,13; 12,4.7; Hch 27,24; Ap 1,17…).

En el “discurso de la montaña”, tres veces Jesús repite “no afanarse” (Mt 6,25.28.34): “merimnein” es un verbo que expresa un estrés psicológico, la preocupación, la idea fija, la inquietud, la ansiedad. ¡Tal vez podríamos traducir mejor la invitación de Jesús por: “¡No estéis ansiosos!”! Jesús viene a librarnos de nuestros miedos, anunciándonos el amor de Dios que vence todo sufrimiento nuestro, y del cual podemos captar algún pequeño signo en la Providencia que cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo: “¿No valéis vosotros mucho más que ellos?” (Mt 6,26; 10,29-31).

Francisco de Sales afirmaba que, después del pecado, la ansiedad es el peor mal que pueda sobrevenir. Creer de verdad en el amor de Dios significa expulsar de nosotros la ansiedad: “En el amor no hay temor, al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor…, y el que teme no es perfecto en el amor” (1 Jn 4,18); “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso… la angustia?” (Rm 8,35.37).

Pero la segunda lectura (Rm 9,1-5) nos impide reducir nuestra fe a un intimista quietismo interior: Pablo, el enamorado de Cristo, preferiría incluso ser “anatema”, excomulgado por él, con tal de que sus hermanos judíos puedan salvarse. La paz y la serenidad de Cristo no encierran al discípulo en sí mismo, sino que lo lanzan hacia todos los hombres, haciéndolo estar dispuesto a perderse por los hermanos.

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