XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

11 de agosto de 2026

matteo

La universalidad de la Salvación

Lecturas: Is 56,1.6-7; Rm 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28

Hacia finales del siglo IV a. C., al regreso del exilio, en Israel prevalecen visiones duramente étnico-nacionalistas, que excluyen a los extranjeros de la reconstrucción del Templo, situándolos fuera de la lógica de la Promesa y de la salvación (Esd 4,1-3; Ne 13,3). El texto profético citado en la primera lectura (Is 56,1.6-7), junto con los libros de Rut y de Jonás, afirma en cambio que todos los hombres están llamados a pertenecer al Pueblo de Dios.

Jesús concibe la propia misión terrenal como esencialmente limitada a las ovejas perdidas de la casa de Israel, para cumplir la Promesa de la elección de Israel (Evangelio de hoy: Mt 15,24), y cuando envía a los suyos en misión recomienda: “No vayáis entre los paganos” (Mt 10,5). Pero al mismo tiempo proclama la universalidad de la salvación: cuando habla del Reino de Dios como del árbol en el que se posan “todos” los pájaros del cielo, del banquete con “todo tipo” de invitados (Lc 13,29: “Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”), del Espíritu que sopla “donde quiere” (Jn 3,8), del Reino reservado a todos los pobres (Lc 6,20-21) y a aquellos que los socorren (Mt 25), de su cuerpo y de su sangre derramados por “la multitud” en remisión de los pecados (Mt 26,28; Mc 14,24). Signo de esta llamada de todos a la salvación son la mujer cananea elogiada por el Evangelio de hoy por su fe (Mt 15,21-28), así como el funcionario real (Jn 4,46-54), y la samaritana de Sicar, símbolo de todos aquellos que buscan a Dios (Jn 4).

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Terminado el tiempo de Jesús comienza el tiempo de la Iglesia. Y la misión de los cristianos es claramente para todas las gentes: “Id pues y haced discípulos míos a todas las naciones” (Mt 28,18-20); “Vosotros me seréis testigos… hasta los confines más remotos de la tierra” (Hch 1,8). Los Hechos de los Apóstoles son la historia de la progresión de la evangelización a todos los hombres de todas las culturas (piénsese en el milagro de las lenguas el día de Pentecostés: Hch 2,7-12). Pablo, el gran misionero, está llamado a ser “el apóstol de los Gentiles” (segunda lectura: Rm 11,12; cfr Gál 1,16), y afirma: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4); Dios en efecto es “el Salvador de todos los hombres” (1 Tm 4,10). El Apocalipsis presentará la visión de la multitud de los salvados “que nadie puede contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7,1-9).

La salvación brota de la infinita misericordia de Dios que nos redime por pura gracia mientras estamos en la desobediencia del pecado (segunda lectura: Rm 11,30-32); pero requiere nuestra fe, como nos enseña hoy la Cananea (Mt 15,28), es decir, “la adhesión al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor, y para ser sus siervos…, permaneciendo firmes en la Alianza” (primera lectura: Is 56,6).

Pablo en la segunda lectura nos recuerda que también Israel participará finalmente en la salvación, explicitando el “misterio” (Rm 11,25) del pueblo elegido: el rechazo de una parte de los judíos ha coincido con la redención de los paganos (Rm 11,11), pero el Israel entero, cuando se hayan convertido todas las gentes, al final reconocerá a Jesús como Mesías (Rm 11,25), y su conversión coincidirá con el fin de los tiempos y con la resurrección final (Rm 11,15). Por lo tanto, la actitud de la Iglesia hacia Israel no puede ser más que de veneración (Rm 11,17-18: ellos son “la raíz”, “el olivo bueno”, y nosotros solo “el acebuche injertado en ellos”), de humildad (Rm 11,21: “¡Si Dios no ha perdonado a las que eran ramas naturales, tampoco te perdonará a ti!”), de confiada espera. ¡Esto no quita que podamos y debamos condenar a aquellos políticos en Israel que se manchan de masacres y genocidio!

Concluye el Apóstol: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios…! Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por los siglos. Amén” (Rm 11,33.36).

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