- El Salmo anterior del Salterio, el 43, era una súplica colectiva, probablemente tras una derrota militar, que concluye con la palabra hesed: “Sálvanos por tu misericordia”. El Salmo 44, que nos hace rezar la liturgia de la Asunción de María al cielo, responde a las súplicas y a los lamentos del Salmo anterior invitando a los creyentes a ver la obra de Dios en lo cotidiano: la presencia del joven rey, descendiente davídico, figura mesiánica, que contrae matrimonio con la amada, con la promesa de una numerosa descendencia que recuerda la alianza abrahámica. El Salmo 44 ya había recibido del targum, la traducción aramea de la Biblia, una interpretación mesiánica y como tal era cantado en las celebraciones litúrgicas de la sinagoga con referencias al Mesías y a su Esposa.
- La tradición rabínica veía en la Esposa del Mesías al pueblo de Israel, “agraciado” (Lc 1,28), hecho “hermosísimo”, como era Eva antes del pecado. María es la nueva Eva, madre de los creyentes, el nuevo Israel, que nace de la obediencia, y es también profecía de la Iglesia, hecha bella por el seguimiento, Esposa de Cristo.
- María “es dada como arquetipo de lo que la Iglesia misma está llamada a ser; en la Madre de Dios la asamblea de los creyentes encuentra su propio símbolo y su propia proyección… En ella, la primera en la «communio sanctorum», la Iglesia celebrante en nombre del cosmos entero ve su propio horizonte último abierto… por Cristo el «resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,20)” (G. Bruni), y por su Madre, que entró inmediatamente en la gloria del Reino también con el cuerpo. El Salmo 44 afirma: “Detrás de ella las vírgenes, sus compañeras, a ti son presentadas; conducidas en alegría y exultación, son presentadas en el palacio del rey” (vv. 15-16): junto a Cristo, María precede a todos los creyentes en el camino de la salvación. “En efecto, como dice san Ireneo, ella, obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí y para todo el género humano” (Lumen gentium, n. 56); “por esto ella fue para nosotros madre en el orden de la gracia” (Lumen gentium, n. 61).
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