Desde la web del Secretariado Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI, comentario a la sexta Obra de Misericordia espiritual
(del Dr. Michele Loiudice, Responsable de Acreditación, Control y Gestión – ARES 118)
La sexta Obra de Misericordia espiritual impulsa a prestar atención a la calidad de los vínculos (Scaraffia, 2014) que entablamos con quienes nos rodean, con los enfermos, con los compañeros de trabajo o incluso con quienes encontramos fortuitamente. Se edifica sobre la contraposición entre el sentido de misericordia y el de molestia: la primera es «Sentimiento de compasión por la infelicidad ajena, que empuja a actuar para aliviarla (Treccani, Diccionario Treccani, 2015)», mientras que la segunda se define como «Sensación desagradable de pena, tormento, molestia, incomodidad o irritación provocada por personas o cosas y, en general, por todo lo que produce una perturbación del bienestar físico o de la tranquilidad espiritual (Treccani, Diccionario Treccani, 2015)». Por consiguiente, el tema de estas páginas no es el acoso de índole penal ni las ofensas graves que exigen la heroicidad del perdón, sino aquellas personas que, de forma consciente o involuntaria, aumentan la carga de nuestra existencia, cuya presencia nos resulta inoportuna, pesada o inaguantable, pareciendo casi posarse sobre nosotros con todo su peso, «molestándonos» (Pasquale, 2014).
En los evangelios hallamos múltiples pasajes en los que se narran situaciones de incomodidad ligadas a la enfermedad. Recordamos (Mc 10,46-48) al hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, quien al oír que pasaba Jesús Nazareno se puso a clamar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!», siendo reprendido para imponerle silencio. Dicha actitud perturbadora encarna una llamada de salvación y de salud que los discípulos pretendían ocultar. El ciego Bartimeo pone de relieve todavía hoy nuestra ceguera individual y comunitaria a la hora de advertir las necesidades sanitarias, el empeño por negarlas o por confinarlas en esquemas que resulten más manejables y menos conflictivos a nivel social.
Otro personaje “molesto” del Evangelio es la hemorroísa descrita por san Marcos (Mc 5,25-34). La molestia no radicaba únicamente en retrasar a Jesús en su marcha hacia la casa de Jairo, sino en una conducta socialmente inadmisible para la época. De acuerdo con las costumbres del momento, el flujo sanguíneo volvía impura a la persona, contagiando dicha impureza a quien la tocase. La determinación de quebrar esa norma manifiesta el anhelo de vivir de aquella mujer, quien al tocar el manto no solo busca la curación física, sino la restitución de su dignidad personal. Cuántas veces el enfermo acaba eclipsado por su enfermedad, cuántas veces el estigma desdibuja el rostro y el alejamiento suprime la caricia y el encuentro.
Un pasaje igualmente revelador es la curación del muchacho epiléptico (Mc 9,14-29), en el que un padre manifiesta su frustración por la incapacidad de los discípulos para expulsar el espíritu mudo que atenaza a su hijo. Los discípulos discuten entre sí al verse cuestionados en el núcleo mismo de su misión. A menudo, la molestia aflora cuando se ponen en entredicho las funciones y competencias. En nuestros días, los fallos y negligencias asistenciales han quebrado la confianza indispensable entre el sanitario y el paciente, entre el centro médico y la familia, vínculo que en ocasiones se forja albergando desde su inicio el germen de la discordia.
La muerte, en última instancia, suscita una conmoción honda en las personas y en el cuerpo social. Ante el sepulcro de Lázaro, Jesús rompió a llorar. Llora por comunión fraterna, por su entrañable cariño hacia Lázaro, María y Marta, y por su ternura infinita ante la fragilidad humana, encarnando la misericordia entrañable de Dios (Pollano, 2015). Para nosotros, en cambio, la persona en fase terminal se vuelve no pocas veces molesta porque nos encara con nuestra propia mortalidad y nos despoja ante nuestros límites y angustias.
En estos relatos evangélicos, el encuentro con Jesús suscita la salud, la salvación o el retorno a la vida como en Lázaro. ¿Cuál es, por tanto, la ganancia espiritual de soportar pacientemente a las personas difíciles junto a la cama del convaleciente, en una consulta médica, en el centro de escucha parroquial o en nuestros entornos ordinarios de familia, trabajo y convivencia?
El concepto de “obras de misericordia espirituales”, en paralelo a las corporales, tiene su origen en la tradición eclesial a partir de la interpretación alegórica de Mateo 25, asociando las carencias materiales con las indigencias espirituales: no solo existen personas pobres de bienes, sedientas o enfermas en su carne, sino que abundan los desvalidos espiritualmente, faltos del alimento de la justicia, del agua del conocimiento de Dios y del manto de Cristo (Manicardi, 2010). Sin embargo, aun recurriendo a este simbolismo, la fecundidad de sobrellevar con paciencia a los importunos dista de ser evidente a primera vista.
Ahondando en la cuestión, el término «“Misericordia” no define; da nombre no a una realidad, sino a una relación: se hace o se recibe misericordia, es decir, se está en una relación de misericordia. Dicho en otras palabras, la misericordia no es una cosa, sino que se concreta en cosas, en gestos, en acciones –incluso en un simple vaso de agua (cfr. Mc 9,41). No es una res, sino el nombre de una relación y de su calidad… “Hacer misericordia” y “recibir misericordia” son ambos enunciados performativos del mismo nivel. El objeto de un acto de misericordia puede convertirse en el sujeto del movimiento especular, y así sucesivamente. Funciona con la misma fuerza en todas las direcciones sin necesidad de cambiar la palabra: no tiene preferencia por un uso activo o pasivo». (Morra, 2015)
A partir de esta verdad, la paciencia perseverante resulta fecunda y determinante para salvaguardar la armonía en el seno del hogar, de la comunidad o del hospital. Si bien admitimos fácilmente que cualquiera de nosotros puede trocarse en persona molesta, resulta mucho más exigente ponerse en el lugar de quien nos causa fastidio, desentrañar sus motivos íntimos, acoger su desasosiego y contemplarlo como a un hermano en humanidad (Tiberi & Leoni, 2014). El creyente (Pasquale, 2014) está llamado, imitando a Dios (Ef 5,1), a cargar sobre sus hombros con las fragilidades ajenas: «Os exhorto […] a soportaros mutuamente con amor, procurando mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Ef 4,1-3), «soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguien tiene queja contra otro» (Col 3,13). El termómetro de esta tolerancia cristiana vuelve a ser la caridad, que «todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Cor 13,7).
Una segunda reflexión sobre los frutos de la sexta Obra de Misericordia nos conduce al testimonio de san Francisco de Asís. En las parábolas evangélicas acerca de la oración perseverante, se retrata a figuras insistentes que obtienen respuesta gracias a su obstinación: la viuda inoportuna que logra justicia frente al juez inicuo (Lc 18, 1-8) y el amigo intempestivo que consigue los tres panes para el caminante (Lc 11, 5-9). En dicha interacción, también el juez y el amigo “recibieron” un beneficio: se vieron forzados a recapacitar y a transformar su conducta. Si bien estas parábolas buscan alumbrar la constancia en la oración, la biografía de Francisco nos revela, según confiesa en su Testamento, que el trato con la presencia “amarga” de los leprosos marcó el nacimiento de su conversión:
«El Señor me dio de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: cuando yo estaba en pecados, me parecía una cosa muy amarga ver a los leprosos, y el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos la misericordia. Y al alejarme de ellos, lo que me parecía amargo se me transformó en dulzura de alma y de cuerpo. Y después de esto, permanecí un poco y salí del siglo.» (Texto de noviembre de 2016)
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Fuente: Secretariado Nacional para la Pastoral de la Salud de la CEI
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