Llamados a la autenticidad
Lecturas: Ez 18,25-28; Flp 2,1-11; Mt 21,28-32
Las Lecturas de hoy nos invitan a tomar en serio nuestra fe. No basta pertenecer a la Iglesia, frecuentar sus liturgias, participar en sus sacramentos, para sentirse “en regla”. La primera Lectura nos presenta a Ezequiel, el gran profeta de la responsabilidad individual, que nos recuerda que lo que cuenta es nuestra ortopraxis, la personal obediencia concreta al Señor (Ez 18,25-28). El Evangelio anuncia incluso que prostitutas y pecadores precederán en el Reino de los cielos a tantos que se consideraban “justos” por pertenencia social o eclesial (Mt 21,28-31). No basta por tanto una religiosidad exterior, meramente cultual: “Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido en tu presencia y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él declarará: «Os digo que no sé de dónde sois»” (Lc 13,22-30); “No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre… Muchos me dirán en aquel día: «Señor, ¿no profetizamos nosotros… y expulsamos demonios… y realizamos muchos milagros en tu nombre?». Pero yo les declararé: «Nunca os conocí; apartaos de mí, vosotros que obráis la iniquidad»” (Mt 7,12-23).
Pablo en la segunda Lectura afirma que ser cristianos significa tener “los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús”, sabiéndonos como él “despojar”, “hacernos siervos”, “obedientes hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,1-11). Como exhortará Juan: “No amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18). Jesús afirma a propósito de la pecadora: “Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho” (Lc 7,47). De hecho, dirá Pedro, “la caridad cubre una multitud de pecados” (1 P 4,8). Más aún, según la palabra del Señor, tantos se salvarán solo porque habrán ayudado a los pobres incluso sin conocer a Cristo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Así como no tendrán acceso a la salvación muchos que, aun sin conocerlo, no lo habrán servido en los necesitados y en los que sufren (Mt 25,44-46).
También la Eucaristía puede por tanto ser ocasión de hipocresía, ilusión de salvación (1 Cor 11,29). Piénsese en cuántas Misas se celebran por notables de clanes mafiosos, o por ejércitos comprometidos en las guerras, o por responsables de violencias, o por agentes económicos que con sus decisiones determinan la muerte por hambre o por enfermedades curables de tantos pobres en el mundo; o por nosotros que rechazamos convertirnos de verdad… La Eucaristía es siempre algo extremadamente serio y comprometedor: celebrarla no es un mero ritual que descarga la conciencia: es hacerse uno con Cristo, para luego salir al mundo y convertirse como él en don total, dispuestos a sacrificar la vida por amor. “La cena del Señor es el centro, el corazón del gran misterio de la presencia de Cristo en todo tiempo… Si uno se queda en la superficie, al margen de este modo de manifestarse, de estar presente del Hijo de Dios; si se limita a un consumo formal o ritual de lo que la cena del Señor ofrece; si se agota el contacto con esta inmensa realidad en una experiencia intimista y sentimental; si celebrar la Eucaristía no rompe las resistencias personales, las categorías mentales y sociales, no abre a una auténtica experiencia interior y eclesial de convivialidad en torno a Cristo, quiere decir que la fe no identifica, no madura la personalidad según la imagen de Dios en nosotros que debe revelarse, no instaura verdadera universalidad, de misericordia, de ternura, de gracia, de pacificadora gratuidad. Al contrario, la hipocresía nos divide, nos enmascara; no tenemos el vestido adecuado” (D. M. Turoldo).

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